Guerra de independencia: entre la viruela y la crisis fiscal

Guerra de independencia: entre la viruela y la crisis fiscal

El virus necesitaba caos y un suministro constante de víctimas susceptibles. La guerra ofreció eso.

20 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

El 15 de mayo de 1787, desde Carolina del Darién, en los confines del Imperio español, Gerónimo de Segovia le comunicaba por escrito al virrey Caballero y Góngora que las lluvias tropicales habían entrado “con bastante fuerza”, por lo que aumentaba “considerablemente el número de enfermos”. De este modo establecía una relación entre las lluvias y la reproducción del mosquito ‘Aedes aegypti’, responsable de una de las enfermedades que azotaron a los ejércitos en el trópico: la fiebre amarilla.

La situación de los enfermos no podía ser peor, pues había que trasladarlos a la ciudad de Cartagena para atenderlos, mientras esperaban en “hospitales mal cubiertos”, por ser “la palma de coco causa que hace se lluevan enteramente, anegándose al mismo tiempo por lo bajo de sus pisos”. En otras zonas de frontera del virreinato como La Guajira, el pie de fuerza militar apenas sobrevivía a la bravura de los indígenas wayús y a la fiebre amarilla. En otras palabras, a los ejércitos los persiguieron no solo las bayonetas y las lanzas, sino también enemigos más mortíferos como la viruela, la mencionada fiebre amarilla, la disentería y la tuberculosis.

Con mucha razón, el historiador John R. McNeill revela en su libro ‘El imperio del mosquito’ algunas evidencias acerca del fatal encuentro entre la tropa y el mosquito: en mayo de 1655, un ejército de siete mil ingleses conquistó la isla de Jamaica, pero en noviembre de ese mismo año el 47 por ciento había muerto. De manera semejante, en 1697, el barón de Pointis perdió el 24 por ciento de sus hombres por enfermedades frente a las costas de Cartagena.

La malaria y la fiebre amarilla afectan de manera diferencial a los individuos. Aquellos grupos humanos que no han estado expuestos a zonas palúdicas son presa fácil de las infecciones. Justamente esto fue lo que pudo haber sucedido cuando las tropas del ejército expedicionario pisaron las costas de la Capitanía General de Venezuela en 1815 para reestablecer la monarquía hispánica y luego marchar a las costas del revolucionado Nuevo Reino de Granada.

El comercio y los desplazamientos de los distintos ejércitos contribuyeron a la expansión de la malaria, la fiebre amarilla y la devastadora viruela. Según James L. A. Webb, autor de ‘Una historia universal de la malaria’, la larga exposición a la infección incrementa la posibilidad de contraerla, de modo que, cuando los soldados se movían “de una zona epidemiológica a otra, se agravaban los efectos perniciosos de las infecciones”. Considera Webb que seguramente esto fue lo que sucedió durante las guerras napoleónicas, cuando la tropa de las zonas de infecciones por vivax era enviada a la zona mediterránea de infecciones mixtas. Webb recuerda el caso de la invasión británica de la isla neerlandesa Walcheren en 1809, que se saldó con la devastación de las tropas británicas por la malaria. En el caso de las colonias angloamericanas en la guerra de independencia, John Adams escribió el 13 de abril de 1777 que “por cada soldado muerto en batalla, la enfermedad mataba a diez”. McNeill calcula que en tiempos de paz, las tropas francesas en la isla La Española perdían anualmente el 6 por ciento de sus tropas por enfermedades.

¿Cuántos soldados perdían las tropas de las milicias asentadas en Cartagena o el Darién? ¿Cuál fue el porcentaje de bajas del ejército expedicionario desde su llegada a la Capitanía General de Venezuela hasta agosto de 1819? Si bien el uso de las estadísticas era común en los informes militares durante el siglo XVIII, aún carecemos de datos completos acerca del desarrollo de las enfermedades durante la contienda independentista en el Nuevo Reino y, particularmente, de la viruela tanto en las costas como en el interior.

En cualquier caso, se comprende por qué muchos individuos de la Nueva Granada y de la Capitanía General de Venezuela desertaban de los ejércitos: no solo los atemorizaban las balas, sino también la viruela. Como afirma Elizabeth Fenn, “el virus necesitaba caos, conexiones y un suministro constante de víctimas susceptibles. La guerra… ofreció todo esto en abundancia”. En Panamá, en 1812 hubo un estallido de viruela; en Santa Marta, en 1817, y en Santa Fe y en muchos pueblos en la época de la independencia se escondían brotes de esta enfermedad que laceraba el cuerpo de sus víctimas.

El médico mulato cartagenero que atendió a las tropas del rey luego del asedio a la ciudad en 1815 manifestó que los soldados sufrían de disentería y que con ellos había llegado al virreinato la terrible viruela. Pero no solo la malaria y la fiebre amarilla agobiaban a los ejércitos. En Paya, el 10 de enero de 1818, 66 individuos de la sexta Compañía del Regimiento de Infantería de Numancia del ejército expedicionario fueron internados en el hospital-convento San Juan de Dios de Santa Fe, víctimas de “coto”, por lo que comenzaron a adelgazar aceleradamente, a sentir el cuello hinchado y a perder la capacidad de movimiento. Aquella dolencia, ocasionada por falta de yodo, era muy común en los Andes neogranadinos porque la sal de Zipaquirá, Nemocón y Tausa carecía de aquel elemento. Y aunque el yodo podía adquirirse mediante el consumo de vegetales verdes, granos y pescados, la dieta de los soldados era muy pobre. Otros militares padecieron en el virreinato del “pujo”, una enfermedad relacionada con una infección intestinal, producto, probablemente, del consumo de agua contaminada.

Como si fuese poco, los reclutas que se libraban de la enfermedad, marchaban por climas ardientes o páramos sin recibir puntualmente sus pagas. El mismo general Pablo Morillo no fue ajeno a esta situación, por lo que en su correspondencia no es difícil encontrar referencias al respecto. Más aún, el ejército expedicionario trajo desde la Capitanía General de Venezuela, además de la viruela, las monedas llamadas macuquinas, que eran de bajo valor en comparación con las de cordoncillo y, por tanto, repudiadas por los comerciantes. En fin, esta fue una época de epidemias, crisis fiscal y duro disciplinamiento de los hombres que pelearon en la guerra.

La historia de las enfermedades en este período es otra ventana al pasado y nos permite observar, como escribe Daniel A. Bell, que “pocos temas son más peligrosos que la guerra como para ser discutidos de una manera abstracta, olvidando sus costos humanos y permaneciendo sordos frente a los gritos, ciegos ante los cuerpos de las víctimas e impasibles ante el olor de la pólvora y la sangre”.

Vladimir Daza Villar es doctor en Historia por la Universidade Federal de Juiz de Fora, Minas Gerais, Brasil, y profesor de la Universidad de Caldas.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario) en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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