Guayana: nuestro lejano oriente

Guayana: nuestro lejano oriente

En tiempos de Bolívar, los viejos lazos de Guayana con Santafé se reactivaron.

14 de enero 2020 , 07:02 p.m.

La gente sabe por lo general que Guayana fue importante en los sucesos de 1819. El Congreso Constituyente de Venezuela reunido en su capital provincial, Angostura (actual Ciudad Bolívar), apoyó la campaña de la Nueva Granada y determinó la creación de la República de Colombia. Pero ¿de qué hablamos al referirnos a este territorio? Guayana fue una de las cunas del mito del Dorado durante la conquista, con su mágica –e inexistente– laguna Parime (prima mitológica de Guatavita) y por la fantástica ciudad de Manoa, también fabulosa, que se suponía oculta en sus selvas. Fue el área del norte de Suramérica representada en los mapas del siglo XVI como una tierra de terribles antropófagos, de hombres con ojos en el pecho o como el hogar de las amazonas. Pero sobre la Guayana prima la mitología sobre la historia, desde la conquista hasta la independencia.

Mapa de Guayana

Mapa de Guayana. Theodor de Bry. 1599

Foto:

Theodor de Bry. 1599

La historia de Guayana comenzó con la expedición de Diego de Ordás, que navegó por el Orinoco en 1531 en un penoso viaje hasta la desembocadura del Meta. Allí nació el rumor de que tras este río habría enormes riquezas. Indica Demetrio Ramos que esta sospecha llevó en 1536 a Gonzalo Jiménez de Quesada a desviar su expedición, que en principio se dirigía al nacimiento del Magdalena, hacia el altiplano muisca, a cuyas espaldas se encontraba precisamente el Orinoco. De hecho, Quesada capituló posteriormente para conquistar la llamada ‘provincia de El Dorado’ y traspasó este privilegio a su heredero, Antonio de Berrío. Este exploró por diez años (1581-1591) el área oriental de Santafé, entre Chita, Tunja, y el Orinoco, desentrañando el camino que comunicaba con el Atlántico, a través de la desembocadura del Orinoco, frente a Trinidad. Fue por las capitulaciones de Berrío que el área ya denominada Guayana se sujetó a la autoridad del Nuevo Reino de Granada. Desde entonces, el territorio guayanés extendido al Amazonas perteneció a la Audiencia santafereña: fue su frontera más suroriental, atendida y desatendida por presidentes y virreyes, nada menos que hasta 1777.

A finales del siglo XVl, Guayana era entonces una enorme provincia del imperio español, de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados, que se extendía entre el Orinoco y el Amazonas a través del territorio fronterizo en el que confluyen las actuales Colombia, Venezuela, la República Cooperativa de Guyana (antigua Guayana Inglesa), Brasil, Surinam y la Guayana Francesa, comprendiendo, además, la isla de Trinidad. Estaba poblada por indígenas arawak y caribe, aliados de España los primeros y enemigos los segundos hasta la independencia. Durante la conquista, los españoles fundaron la ciudad de Santo Tomé de Guayana (después Angostura), que se convirtió en la capital del Gobierno, aun cuando los principales asuntos administrativos se encomendaron a diferentes órdenes misioneras: a los capuchinos catalanes, en los llanos venezolanos, desde el siglo XVII, y a los jesuitas, en el Orinoco, desde el siglo XVIII. Tras la expulsión de esta orden por Carlos III (1767), su red misional y sus haciendas fueron cedidas a los capuchinos. En tiempos de la independencia, estos religiosos, dueños de enormes hatos, se hicieron acérrimos realistas. En consecuencia, los independentistas los persiguieron y maltrataron, decomisando sus ganados para financiar la guerra.

La sujeción de Guayana al imperio fue resbalosa: en el sector más oriental de la provincia (sobre el río Esequibo), los holandeses instalaron con éxito en el siglo XVII factorías azucareras. También en el siglo XVII se arraigaron los asentamientos franceses de Cayena. En el siglo siguiente, los portugueses sostuvieron un rentable comercio de indios esclavizados en el sur de la Guayana, sobre el Amazonas y el río Negro, logrando apropiarse de cerca de 700 leguas del territorio español (llegando casi hasta el Casiquiare).

La asociación sostenida por los holandeses con los caribes, a quienes daban armas a cambio de indios esclavizados para sus plantaciones, fomentó la creación de verdaderas guerrillas nativas, que atacaron constantemente las misiones de jesuitas y capuchinos. Otros enemigos del imperio, útiles después a los independentistas, fueron las rutas del contrabando. El Orinoco era un camino desguarnecido. Sus afluentes (Pauto, Casanare, Cravo, Meta y Arauca) comunicaban los territorios neogranadinos con el mundo exterior a través de áreas con escasa presencia española por donde se movieron con entera libertad extranjeros, armas y mercancías.

Un último punto merece destacarse con respecto a la inmensa provincia de Guayana. Esta fue, junto con el Río de la Plata (actuales Argentina y Uruguay), otro espacio americano codiciado por las potencias, y el núcleo de los experimentos más importantes que sostuvo España en la medición de sus posesiones suramericanas antes de la Real Expedición Botánica. Por los problemas limítrofes entre España y Portugal, en Guayana se adelantaron dos expediciones científico-militares a mediados y finales del siglo XVIII. Con ellas el imperio perfeccionó su posesión. La primera, entre 1754 y 1761, fue atendida directamente por los virreyes en Santafé y puso a Guayana en el centro de las agendas investigativas de las academias europeas (los curiosos pueden remitirse a los estudios de Manuel Lucena Giraldo). Es impresionante el corpus documental derivado de las expediciones compuesto por mapas y relaciones geográficas de Guayana que reposan en el Museo Naval y en el Archivo General Militar de Madrid. Esta información circuló parcialmente entre los ilustrados neogranadinos, como se ve en la correspondencia de Francisco José de Caldas. La crisis imperial, no obstante, y con ella la guerra de la independencia y, más aún, sus relatos borraron la historia española y su intensa actividad científica, y amputaron de nuestra conciencia las muchas décadas en que la provincia de Guayana hizo parte del virreinato de Santa Fe.

En tiempos de Bolívar, no obstante, los viejos lazos de Guayana con Santafé se reactivaron. La provincia proporcionó hombres para los contingentes libertadores, ganados que sostuvieron sus tropas, relaciones fluidas con Europa y el Caribe, y el saber acumulado de las rutas hacia el páramo de Sumapaz, que permitieron el trasiego libertador por los llanos y a través de los Andes hasta su victoria en Boyacá.

Acaso para el tricentenario tengamos ya ‘guayanólogos’ expertos que nos cuenten esa parte de la historia.

María José Montoya Durana, estudiante del doctorado en Historia de la Universidad de los Andes.

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