El pretendido relato canónico de nuestra revolución

El pretendido relato canónico de nuestra revolución

No hubo, pues, un panteón unificado de los héroes patrios, ni siquiera en el siglo XX.

11 de febrero 2020 , 07:24 p.m.

Muchos, incluso historiadores serios, continúan pensando que existe un relato canónico, inclusive oficial, del proceso independentista de la nación que terminó llamándose Colombia. Tal versión la habría elaborado en la década de 1820 el político e historiador antioqueño José Manuel Restrepo, que habría llenado su relato de héroes inmaculados obrando en perfecta armonía. Y ese pretendido relato habría terminado imponiéndose inobjetablemente y bloqueando la posibilidad de construir versiones menos esquemáticas de aquellos acontecimientos.

En realidad, la revolución de independencia no se compendió en ningún tipo de versión oficial a la que se hubieran subordinado los intelectuales. En el siglo XIX se publicó una gran cantidad de libros, ensayos y artículos de prensa sobre los personajes, las jornadas y las ideas del periodo de lucha contra la corona española. Pero fueron pocos los acuerdos sobre ello: que había constituido una gesta laudable y que la separación de la antigua metrópoli había sido algo necesario. También coincidieron en que algunos hombres habían hecho una contribución particularmente encomiable. A partir de ahí comenzaban agudas discrepancias. Sobre todo tratándose de los dos individuos que habrían liderado la conquista de la independencia y que sintetizaban sus máximos logros.

Bolívar y Santander fueron muy pronto convertidos en símbolos de los dos partidos políticos en que vino a quedar articulada la escena política. Los liberales vieron en Santander el adalid de la libertad conquistada y un estímulo para ampliar esa libertad, mientras que los conservadores consideraron a Bolívar como emblema del orden y de una nación cohesionada y poderosa frente al exterior.

Los dos caudillos fueron convertidos en banderas de partidos cuyas metas chocaban en puntos esenciales, como la concepción de la ciudadanía, los alcances de la secularización o las atribuciones de la autoridad, entre otros.

No hubo, pues, un panteón unificado de los héroes patrios, ni siquiera en el siglo XX, cuando se desarrolló un intenso esfuerzo por reconciliar a los líderes independentistas borrando sus querellas, tentativa que lideró la Academia Colombiana de Historia.

En Venezuela fue distinto, porque el relato patriótico, celosamente manejado por el Estado, les dio a los libertadores, y particularmente a Bolívar, un rol demiúrgico. Como una especie de dios, él había soplado y todo había comenzado. Además, él era el modelo de todas las virtudes políticas y civiles, que los caudillos de ese país pretendieron poseer o imitar.

En ese país hubiera resultado extremadamente difícil, por lo tanto, elaborar un relato que les diera centralidad a otros actores o que mostrara las tensiones, los errores o las traiciones de aquel héroe sobrehumano. De hecho, entre los intelectuales se desarrolló una fuerte tendencia a ceñirse al guion historiográfico predominante, por lo que su Academia de Historia es “Academia de la Historia”, en singular. La tarea de los historiadores consistía, antes que en crear nuevos relatos, en adornar el relato canónico con nuevos documentos, nuevas anécdotas y renovadas alabanzas.

Afortunadamente, Colombia sigue careciendo de algo así como un relato paradigmático de sus propios orígenes. Eso le da vitalidad al trabajo de los historiadores al tiempo que revela cuán plurales han sido las voces y los actores de la construcción de nuestra memoria como nación.

Isidro Vanegas
Profesor en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en la sede de Tunja.

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