El imaginario arbóreo de la independencia

El imaginario arbóreo de la independencia

Por su estructura, la imagen del árbol se presta para reflexionar sobre genealogías y evoluciones.

13 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

El 29 de abril de 1813, el presidente de Cundinamarca, Antonio Nariño, mandó plantar en la Plaza Mayor de Santafé de Bogotá un arrayán nativo de los Andes colombianos (Myrcianthes leucoxila). Representaba la “absoluta y entera independencia de la corona y gobierno de España” que el Estado había “solemnemente proclamado” trece días antes. El árbol de Nariño no fue el único que entonces se plantó en la Nueva Granada: en la ciudad de Cali y la villa de Sogamoso, por ejemplo, también se sembraron árboles de la libertad entre 1814 y 1815, perpetuando una comprensión metafórica de lo arbóreo que venía sedimentándose, de manera acumulativa, desde el pensamiento mítico de la Antigüedad, la iconografía alegórica cristiana –en que cruz y árbol están íntimamente ligados– y las revoluciones atlánticas. Según Mircea Eliade, al árbol se le ha asociado desde siempre con todo aquello que nace y está abocado a crecer: con la vida, la juventud, la inmortalidad y la sabiduría. No se trata de una casualidad: por su estructura, consistente en raíces, tronco y follaje, la imagen del árbol se presta a la perfección para reflexionar sobre genealogías, procesos, desarrollos y evoluciones; sobre lo sembrado y lo cosechado, lo invertido y lo recaudado, lo recibido y lo legado, lo cuidado y lo cultivado. El “pensamiento arborescente” tiene el poder de evaluar y juzgar históricamente cualquier fenómeno, como en nuestro caso la independencia y sus consecuencias.

Estas ceremonias estructuradas en torno al vínculo entre la independencia y lo arbóreo en tanto símbolo de la libertad renovaban toda una tradición atlántica revolucionaria. Thomas Jefferson, en los recientemente emancipados Estados Unidos, había recurrido a la imagen en 1787 para subrayar que “el árbol de la libertad” debía “ser vigorizado de vez en cuando” con su fertilizante natural, es decir “con la sangre de patriotas y tiranos”. Siguiendo el ejemplo americano, los revolucionarios franceses plantaron múltiples árboles entre 1789 y 1791, práctica que alcanzó su punto más álgido en 1792. En América del Sur, Simón Rodríguez, el polémico maestro de Simón Bolívar, retomaría más tarde esta idea sacrificial para concordar en que “es un concepto verdadero” que “ ‘el árbol de la libertad se ha de regar con sangre’… si por Libertad se entiende la independencia”. De ahí en adelante el árbol se consolidó como locus discursivo para reflexionar sobre esta última, su sentido y verdadero alcance.

En tanto el imaginario arbóreo concretaba visualmente lo pensado desde distintas posiciones ideológicas, se convirtió desde el comienzo en un espacio contencioso y de disputa en la Hispanoamérica decimonónica. Al arrayán de Nariño, por ejemplo, no le faltaron críticos. En 1816, el cura de Tabio José Antonio de Torres y Peña declaró en un libelo versificado (Santa Fé Cautiva) su oposición a la “funesta revolución que trastornó el legítimo gobierno”, denigrando de paso el árbol que sancionaba su novedad como “funesto, en maldición fecundo”, así como sus frutos, que eran no solo la “falsa libertad, horror y lutos”, sino el “borrar del monarca la memoria”. La oposición prosódica de Torres tuvo su reflejo en la realidad: una noche el arrayán, coronado, según algunos, por un rojo gorro jacobino, fue talado. Se plantó entonces otro, que fue arrancado de raíz, por lo que se decidió remplazarlo por un olivo debidamente cercado. Hubo también quienes, en lugar de arrancar árboles, prefirieron plantar los suyos: así Pablo Morillo no bien se tomó Cartagena de Indias. Antes de sitiar la ciudad amurallada, el comandante del Ejército Pacificador había suscrito un mensaje a los “habitantes de la Nueva Granada” en que aseguraba que venía a sacarlos de la “esclavitud” en que estos yacían. Su acto “libertador” quedó sancionado en el árbol que se dispuso a sembrar, contrario en su sentido al de Nariño. Para entonces, lo arbóreo circunscribía un discurso apropiable por todo el espectro político, un discurso compartido en que se cifraba el significado mismo de la independencia.

Hacia mediados del siglo XIX, el árbol quedó estrechamente ligado a proyectos refundacionales hispanoamericanos. En la Confederación Argentina, Bartolomé Mitre ensalzó en los 1850 la figura martirológica de José Rivera Indarte, un furibundo publicista opuesto a la dictadura de Rosas. Para Mitre, el árbol de la libertad que seguiría a la caída del tirano había sido regado por “la sangre de los mártires”, entre los cuales contaba a Rivera Indarte. Pero lo arbóreo, de nuevo, no era privativo de un bando o una facción: el intelectual rosista Pedro de Angelis también consideraba que “las sociedades políticas son como los árboles, cuyo principio de vitalidad no reside en las ramas, sino en la raíz”, que “es la independencia”. De modo similar sucedió en México, donde los liberales que fusilaron al emperador Maximiliano en 1867 recurrieron al árbol para enfatizar lo mismo la restauración republicana que el renacimiento cultural y la realidad de haber llevado a buen término una “segunda independencia”. El general Vicente Riva Palacio, en efecto, comparaba la revolución liberal con un “germen que debe convertirse en un árbol gigantesco”, “que cubre con sus ramas a cien generaciones, cuyas raíces están en el pasado, cuya fronda crece siempre con el porvenir”. Veinte años antes, el conservador Lucas Alamán se lamentaba de la decadencia nacional, el derrumbe político y la falta de continuidad cultural hispánica ante un México mutilado por los invasores estadounidenses. Y advertía que el árbol que simbolizaba a España, su tradición y su invaluable legado, no podía talarse sin echar por tierra lo demás, como en efecto había sucedido en la “primera independencia”, cuando “semejante a aquel antiguo roble de que habla Virgilio”, “vencido por fin, arrastra en su caída a los mismos que lo derribaron”.

En la Nueva Granada hubo quienes pensaron de modo similar a Alamán al juzgar los resultados de la independencia en el medio siglo. En 1861 José María Samper comentaba, afín a los desencantados discursos de otros hispanoamericanos, que la seguidilla de árboles de la libertad, las más de las veces ignorados, podados o destrozados, no habían producido sino despóticos tiranuelos, cuando no se habían secado por el constante riego de sangre, ya despojado de atributos renovadores. En 1869, sin embargo, el historiador José Manuel Groot le dio un interesante giro a la discusión, al sugerir que el siglo XIX podía visualizarse como una lucha entre dos tipos antagónicos de árbol: el primero, plantado antes de la independencia, “antes del 20 de julio”, “produjo una gran cosecha de hombres verdaderamente sabios como no se han vuelto a producir”. El segundo, por el contrario, “tiene más de medio siglo de plantado, y mientras más estiércol se le arrima para abonarlo, menos produce; y si algo produce, el fruto es amargo”. El individualismo, el “filosofismo” y las doctrinas francesas de la libertad, pensaba Groot, trasplantadas a suelo extraño, no podían dar buen fruto. Así reformulaba la imagen arbórea del liberalismo popular que desde 1849 planteaba la disyuntiva entre un redivivo “árbol de la libertad” y un rancio pero tenaz “árbol de la aristocracia”, que se resistía a ser arrancado.

El momento de sopesar una vez más los resultados de la independencia llegó con su primer centenario. Carlos Arturo Torres, pensador de comienzos de siglo, recomendaba hacia 1907 la erección de una estatua a Nariño, “patriotismo obliga”. Tras La guerra de los Mil Días y la separación de Panamá, parecía necesario “levantar el espíritu de las generaciones presentes”, “creer en la patria”, “en la alteza de sus destinos”. Por eso había que otorgarle “la sanción en bronce” a aquel que “plantó el árbol cuyos áureos frutos”, lamentablemente, “no nos han permitido recoger todavía las turbulencias de nuestra vida pública”. Cien años después de la aparición de las primeras juntas revolucionarias, la independencia y sus consecuencias seguían concibiéndose arbóreamente, prueba de la efectividad, continuidad y resiliencia de una metáfora a la cual se volvía una y otra vez. Para Torres, el árbol significaba tanto un modelo para evaluar críticamente el presente como una esperanza susceptible de ser infinitamente postergada, pues no se duda de que tarde o temprano, si el camino se endereza, sus frutos llegarán. Ya fueran plantados en lo real o especulados en el discurso, los árboles permitieron a las naciones pensarse a sí mismas y desarrollar una conciencia histórica.

Alejandro Quintero Mächler es historiador, filósofo y estudiante de doctorado de la Universidad de Columbia.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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