Del miedo al parricidio

Del miedo al parricidio

Bolívar optó por construir una autoridad tan fuerte que ahogaba la libertad.

26 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Alguien que acompañó a Bolívar en su viaje al norte de la Nueva Granada en 1819 escribió el 2 de noviembre: “Hasta Tunja los pueblos tributaron al General honores divinos; en la provincia del Socorro lo han deificado”. No exageraba, puesto que en Santafé y las poblaciones de su recorrido le habían prodigado agasajos, arcos de triunfo, poesías, brindis y todo tipo de señales de gratitud y admiración. Después de la batalla de Boyacá, Bolívar había entrado en estado de gracia con los neogranadinos, pero este fue un breve paréntesis de una relación generalmente tormentosa.

Los neogranadinos tomaron contacto directo con Bolívar en 1812, cuando aquel coronel formaba parte del grupo de venezolanos refugiados en Cartagena tras la hecatombe de su primera república. No era un militar colmado de hazañas, pero lo admiraron tal vez por su verbo, por su simpatía y por su decisión. Esto seguramente persuadió al congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada de entregarle recursos y soldados para que recuperara Venezuela, lo cual logró tan rápidamente como tardó en dejarla perder a manos de los realistas.

Para nuestras tradiciones políticas resultó saludable tanto el intento de eliminar a Bolívar como su fracaso.

Exiliado una vez más en Cartagena, las autoridades confederadas de la Nueva Granada le asignaron una nueva misión: someter a la rebelde provincia de Cundinamarca para incorporarla en la Unión. Bolívar doblegó fácilmente a Santafé, pero debió hacer un esfuerzo no menor para vencer el temor que provocaban él y los venezolanos por su ejercicio de la guerra a muerte contra sus enemigos y contra la población, estrategia que no fue vista con buenos ojos por los neogranadinos, a quienes les resultaba odiosa e inhumana. Bolívar, por lo demás, fue un actor político muy secundario de las primeras repúblicas neogranadinas, pese a que impulsó la primer tentativa de unión neogranadino-venezolana, en 1813.

Los triunfos militares de mediados de 1819 le dieron un lugar preponderante en la vida política de Colombia y muchos neogranadinos pensaron que entre los dos arquetipos de liderazgo político revolucionario disponibles en la época, Bonaparte y George Washington, Bolívar escogería al segundo, con lo cual se afianzaría definitivamente la república. Pese a sus alegatos en sentido contrario, Bolívar optó por construir una autoridad tan fuerte que ahogaba la libertad, pensando que ese era el único camino para darles gloria a la nación y a sí mismo. Fue considerado, por lo tanto, como el líder de un partido y como tal se le intentó asesinar en 1828; primero, físicamente y dos años más tarde, en su retrato, simbólicamente.

Muchos intelectuales han pensado que la soledad de Bolívar al final de sus días es un síntoma o un vislumbre de nuestro fracaso como nación. En el caso de la Nueva Granada resulta todo lo contrario. En Venezuela aquel ostracismo pudo también haber sido la expresión de la opción por la libertad, en lugar de la tutela de hombres providenciales, pero desde la década de 1840 se obstinaron en redimirse de aquel ‘parricidio’, en hacerse perdonar su ingratitud.

Para nuestras tradiciones políticas resultó saludable tanto el intento de eliminar a Bolívar como su fracaso. Se explicitó el repudio a los tiranos sin haber iniciado una tradición de eliminación de los rivales políticos. Una vez más, el mal trabajando para un buen fin.

Isidro Vanegas Useche. Profesor de la UPTC-Tunja.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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