De poblaciones a pueblo: formas de armar el pueblo colombiano

De poblaciones a pueblo: formas de armar el pueblo colombiano

Representado como un objeto maleable, las poblaciones colombianas son aún hoy un pueblo en disputa.

31 de julio 2019 , 11:13 a.m.

En la cola de un supermercado de Bogotá me entretuve hojeando revistas y periódicos. Me topé así con ‘Semana’ y con el primer número de su serie especial ‘Colombia: la historia contada desde las regiones’. En la portadilla contemplé el salto del Tequendama y en sus páginas interiores, acuarelas de Edward Walhouse Mark, de la Comisión Corográfica y grabados de viajeros franceses; en fin, piezas del género “nacional-popular” (Gramsci) —el llamado costumbrismo— con el que usualmente nos narramos como nación. Estas imágenes componen las primeras representaciones visuales de Colombia y también las últimas. ¿Qué dice sobre nosotros su permanencia y su invitación a coleccionarlas en un ‘álbum familiar’?

Desde las primeras representaciones visuales de la llamada Gran Colombia —con la ‘Histoire de la Colombie’ (1826) del francés Guillaume Lallement— hasta el especial de ‘Semana’, nuestro país se nos ha presentado como un modelo para armar. Lallement lo hizo con un mosaico en cuyo centro vemos un mapa y en su contorno, grabados de los sitios emblemáticos del país (el salto del Tequendama entre ellos), tipos (indígena muisca, mujer del altiplano) y notabilidades (el cura, el burgués). ‘Semana’ escoge “escribir con tijeras” (Gruber Garvey) otra nación: una dividida en 32 departamentos, uno por fascículo, que privilegia, tras 200 años, paisajes similares. Aunque Lallement imagina una república centralista —Bolívar ocupa el centro de su mosaico en los años en que los federalistas amenazaban su poder— y ‘Semana’ quiere contar una “historia desde las regiones”, ambas usan imágenes similares. Por ejemplo, a pesar de convocar escritores de diferentes partes del país, ‘Semana’ escoge para la portada de su “rompecabezas” nacional una imagen de los Andes —lugar además en donde se imprimen los fascículos—. Con ella, reedita viejas representaciones de una república andina, en la cual la civilización baja de las frías alturas a las tierras cálidas.

En un país poscolonial, con poblaciones heterogéneas y territorios diversos, los primeros republicanos se preguntaron por los principios que conformaron estos mosaicos. Sin saberlo, ya era suya la pregunta que el historiador François-Xavier Guerra haría mucho tiempo después: “¿sobre qué identidades colectivas apoyarse para fundar la nación?”. En el Congreso de Angostura (1819), la pregunta por el origen de las poblaciones de la Gran Colombia angustiaba a Bolívar: “Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América que una emanación de la Europa; (…). Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos”.

El reto de hoy, en el bicentenario, es preguntarnos —ante las urnas, en los periódicos, en los espacios públicos, en los hogares— a quién le conviene tal o cual representación del pueblo y por qué

Las siguientes generaciones de republicanos se enfrentaron —guerras civiles, constituciones, comisiones científicas— no solo por la organización, el nombre o la historia del país, sino por imaginar un pueblo a partir de sus poblaciones. Para patricios conservadores, como Sergio Arboleda en 1869, los colombianos eran un producto del Imperio español: “La Colonia nos legó pueblos constituidos sobre firmísimas bases, y bien organizados en lo moral, lo social y lo civil”. Por el contrario, para liberales reformistas, luego convertidos al conservadurismo, como José María Samper, en 1864: “[en los Estados Unidos de Colombia] no hay todavía pueblos, sino poblaciones”. Por su parte, insatisfecho con la respuesta de los sectores populares a las reformas educativas de los liberales, tras la guerra de las Escuelas (1876-1877), Enrique Cortés escribió: “Si tomamos el tipo de un boga del Magdalena o un indio de Cundinamarca, y lo comparamos con un ciudadano educado de Boston, tendremos el punto de donde partimos y aquel a que queremos llegar”. En la contienda política, cada bando imaginó el pueblo que anhelaba. Así, para Arboleda era un pueblo hispano-católico en el cual él pudiera reconocer su historia como criollo con una larga genealogía española. Para Samper, era la activa masa trabajadora compuesta de peones que trabajarían en sus haciendas de tabaco tras el desestanco de esta planta. Por último, tras las desengañadas reflexiones de Cortés, se deja intuir un deseo por ‘reemplazar al pueblo’ a través de planes inmigratorios —ideados por Alcántara Herrán en 1848 o por el general Reyes en la primera década del siglo XX— para repoblar con europeos el territorio. Las guerras, el pobre erario público y el trópico mismo harían imposible este ‘recambio de pueblo’. En su lugar emergería una fantasía supletoria: la idea de que el mestizaje blanquearía la población borrando todo origen afro o indígena.

Representado como un objeto maleable —armable, preservable, regenerable, educable—, las poblaciones colombianas son aún hoy un pueblo en disputa, tanto en la representación política como en la histórica, literaria o pictórica. “El pueblo de emprendedores” del uribismo o “las ciudadanías libres” de las que habla Petro, por ejemplo, tratan de concretar el que es, para Ernesto Laclau, el acto político por excelencia: la invención de un pueblo. Desde su indumentaria —sombrero aguadeño, ruana terciada—, Uribe surge de su invención de pueblo, alternativamente, como un benévolo padre de díscolos hijos o un inflexible patrón de revoltosos trabajadores. Petro, por su parte, grandilocuente y con aspiraciones redentoras, pretende ser ese oráculo para convocar un futuro diferente para Colombia; un futuro, sin embargo, que lo produce como heredero de una larga línea de carismáticos líderes malogrados, desde el general Uribe Uribe, pasando por Gaitán, hasta llegar a él.

Apoyados en el suyo, estos y otros líderes quieren representar al pueblo en la Casa de Nariño, luchando, en el ámbito de la representación, por encarnarlo. El reto de hoy, en el bicentenario, es preguntarnos —ante las urnas, en los periódicos, en los espacios públicos, en los hogares— a quién le conviene tal o cual representación del pueblo y por qué. Con qué imagen del ‘nosotros’ quieren interpelarnos y a quién le sirve. A 200 años de la batalla de Boyacá, esta es una de las preguntas más republicanas que podemos hacernos.

Felipe Martínez Pinzón. Ph. D. en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Nueva York (NYU). Profesor asistente en la Universidad de Brown (EE. UU.).

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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