De disfraces y telenovelas históricas

De disfraces y telenovelas históricas

Necesitamos imaginación histórica para dejar de repetir sus viejas letanías.

03 de marzo 2020 , 07:35 p.m.

Esta última oleada de producciones televisivas dedicadas al bicentenario dejó un sabor a añejo remozado. Había tramoya, decorado y producción; había gala, esfuerzo e interés genuino. Y, sin embargo, las historias terminaron siendo planas y los libretos predefinidos: buenos (patriotas) y malos (españoles), amores pretendidamente imposibles, diálogos acartonados, sazonados con lugares comunes históricos que, en últimas, terminaron generando escasas tensiones dramáticas.

El problema, se dice, tiene que ver especialmente con la veracidad de los hechos, con que estos no se ‘ajustan’ a la realidad de lo que pasó. Y, claro, las lagunas y los descuidos pueden llegar a ser molestos para entusiastas y entendidos. Pero mi problema no es tanto con la adecuación entre lo representado y lo acaecido, sino con la profunda ahistoricidad de esta Historia, todavía magnánima y patriótica, que nos cuentan las producciones del año anterior.

No lo niego. Las series, telenovelas y películas denominadas ‘históricas’ (me pregunto cuál de estos formatos no cuenta, siempre, una historia) tienen un propósito interesante: iluminar, por la vía del entretenimiento, facetas de lo humano que hemos olvidado. Tienen también el potencial de contarnos nuevas historias que aún desconocemos. De ahí su potencial dramático, desaprovechado en las producciones que mal se limitan a resaltar la importancia de aquellos eventos bicentenarios, de tal personaje, de tal ser humano reducido al papel de héroe o heroína.

Pero estos relatos televisivos más bien reproducen una historia que, con tablados y trajes, es una y otra vez la misma. Y ahí radica uno de los problemas centrales de estas producciones que olvidan lo dramático, e histórico, de la coyuntura de las primeras décadas del XIX: las pulperas y pulperías como espacios privilegiados de comunicación y socialización política, los renegados y apasionados realistas en contra de las tropas independentista, las intrigas de las tertulias patrióticas, las ambigüedades entre restauración monárquica e independencia, las intrigas imperiales, las pasiones locales y los extraordinarios e intercontinentales trayectos biográficos de buena parte de los involucrados en estos procesos. Al decir de Marc Ferro, recordado por mi colega Daniel Gutiérrez, el cine acierta cuando reconstruye y no cuando reconstituye. Más que en la ambientación, el cineasta necesita ampararse en su imaginación para descubrir verdades que escapan a los historiadores y que tienen el potencial de contar una ‘contra-verdad’.

Con cada esfuerzo cinematográfico, con cada intento de la industria televisiva —con notables y contadas excepciones como aquella maravillosa película de Bolívar soy yo— que pretende volver sobre nuestra historia, lo que aparece es lo viejo con ropajes de novedad, en palabras de Margarita Garrido “obras de disfraces”: escenas que quieren representar algo que nunca terminan de entender, como muecas y caricaturas de los libros de historia que alguna vez leímos.

Así, buena parte de las iteraciones posibles sobre la independencia, con su pompa y su pretensión histórica, terminan siendo, paradójicamente, ahistóricas. El vestuario puede ser cuidadoso, las locaciones, puntillosamente escogidas, los personajes llevar barrocos nombres y apellidos y hasta los datos históricos resultar correctos. Pero tal empeño se desvanece con lo acartonado de los diálogos, con el flojo esfuerzo para encontrar los conflictos y dramas de cada momento. Terminan asfixiando con el ropaje de lo ‘histórico’ las obsesiones, tormentos y deseos de ese terreno desconocido al que llamamos pasado.

Al restringirse al libreto de una historia primaria dejan de lado posibilidades narrativas que permitirían imaginar coyunturas y momentos históricos con mayor libertad.

Se dice, también, que es necesario ponerle algún picante para hacer atractivos tiempos que parecen más bien aburridos y desprovistos de potencia dramática. Así, por ejemplo, La Pola enmarcaba el conflicto principal de la telenovela como un amor imposible entre “una hermosa y altiva mestiza” y “un educado joven de la alta sociedad”. Es una lástima que el único picante posible sea el de imponer aparentes dramas sentimentales a la extraordinaria y compleja experiencia humana que significó el desmoronamiento monárquico en tierras americanas.

El gran dilema (y problema) es que el pasado parece sospechosamente familiar, como un presente disfrazado con pelucas, rubores y trajes de época. Pocas, muy pocas veces, las producciones nos muestran que debajo de pelucas y trajes pomposos se esconden sensibilidades, conflictos y tensiones que ponen en riesgo la fácil economía del elogio, la pompa y el acento peninsular.

Si algo nos enseñó Betty la fea es que el drama y el índice de lo telenovelable no se encuentra por fuera ni es accesorio a la vida de sus personajes. Todo lo contrario: es en la textura misma de las vidas humanas, con su carga de conflictividad, empatía y ambigüedad, que las tensiones propiamente históricas emergen. Extraordinarias producciones terminan reproduciendo lugares comunes sobre las independencias o mostrando facetas ‘íntimas’, ‘no contadas’ de los sospechosos de siempre. El problema no es solamente histórico, sino dramático, en un siglo como el XIX que está repleto de historias precisamente dramáticas. Claro está, es preciso escucharlas con atención para capturar lo que de humano tienen, lo que de dramático habita en ellas. De lo contrario seguiremos reproduciendo, con disfraces elaborados y locaciones extraordinarias, esquemas que nada aportan, ni a lo dramático ni a lo histórico.

Ojalá la imaginación histórica (televisiva y cinematográfica) sea fecunda en los próximos tiempos para que podamos encontrar grupos de creación y producción que iluminen las tensiones, deseos y obsesiones (todas ellas realmente dignas de dramas y puestas en escena múltiples y sucesivas) de los conjuntos humanos que nos han antecedido.

Realmente lo necesitamos para dejar de repetir las letanías de las novelas históricas, ya tan viejas y repetidas, pero también tan aparentemente nuevas y juveniles.

Franz Hensel
Profesor de la Universidad del Rosario

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