Ciencia e independencia: ¿misión de sabios?

Ciencia e independencia: ¿misión de sabios?

Los científicos no son seres apolíticos. Y no deben serlo.

19 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Aunque este título se puede desarrollar de diversas maneras, se tratará aquí solo una de las preguntas que se le pueden derivar: ¿cuál es el rol de los científicos en los procesos políticos sociales?

Mauricio Nieto, historiador en la Universidad de los Andes, ha tratado ya con fundamento la dimensión política intrínseca de la ciencia: y lo hizo en torno al ejemplo de Francisco José de Caldas, un ilustrado local que publicó el Semanario del Nuevo Reino de Granada entre 1808 y 1810, años que signaron la crisis del imperio español. En dicha publicación científica, Caldas, un patriota en ciernes, buscó divulgar conocimientos útiles para la prosperidad del reino.

Pero, más allá de la política científica, debe considerarse hoy la participación partidaria de los científicos en calidad de seguidores de procesos sociales y políticos explícitos, ya no tomando las armas, como lo hicieron los miembros de la Expedición Botánica en la segunda década del siglo XIX, sino involucrándose en las elecciones y debates públicos del siglo XXI.

Los científicos –habitantes característicos de una torre de Babel metafórica que por lo general no se entienden entre sí, y son aun menos comprendidos por el resto– no son seres apolíticos: ya se dijo. Y no deben serlo: se debe insistir en ello.

Caldas mismo insistió en su propia importancia para una sociedad neogranadina que en los años de 1815 a 1819 volvió a reclamarse española. Su última carta manuscrita a Pascual Enrile, jefe de la escuadra de la expedición de pacificación de la Real Armada española, se abre con una súplica: “Un astrónomo desgraciado se dirige directamente a Vuestra Excelencia sin otro mérito que el saber que Vuestra Excelencia profesa las ciencias exactas y que conoce su importancia y su mérito. Esta es una ventaja para mí y, confiado en ella, ruego a Vuestra Excelencia preste por un momento su atención a un profesor desgraciado y afligido”. Algunos párrafos más adelante, después de disculpar su error al haberse dejado “arrebatar del torrente contagioso de esta desastrosa revolución”, le participó con algún detalle sus labores científicas en los años precedentes, antes de cerrar con una nueva súplica por su vida precisándole lo útil que le sería su conocimiento astronómico: “Señor, yo conozco la parte más sublime del pilotaje y en el primer viaje habrá formado Vuestra Excelencia un piloto que pueda servir a Su Majestad, con utilidad; tenga Vuestra Excelencia piedad de mí, téngala de mi desgraciada familia y sálveme por el Rey y por su honor”.

Por lo visto, Pascual Enrile encontró a Caldas absolutamente innecesario. Por esta razón, y por haber sido “Ingeniero General del Exército rebelde y General de Brigada”, Caldas fue fusilado al finalizar el mes de octubre de 1816, pocos días después de haber firmado su última carta, y meses antes de llegar al cenit del periodo que precedió a los sucesos que sellaron la independencia de 1819, cuando la Corona española falló definitivamente en su intento de restaurar y mantener la monarquía colonial.

Un sacrificio que se ha lamentado a la vez con la emoción y con la razón, pero que debe entenderse en función del necesario rol de los científicos en los procesos sociales, participando en sus diferentes dimensiones políticas.

Coda

Además de intentar responder la pregunta planteada, se podrían derivar al menos seis preguntas sucesivas a partir del título que abre esta columna del bicentenario: ¿cuál es el sentido de una misión de sabios en el año que se celebra, nuevamente, la independencia de Colombia? ¿Quién puede caracterizar de “sabio” a un científico? ¿Es sabio sentirse sabio? ¿En qué consiste realmente la sabiduría? ¿Cuál es la relación entre los tres descriptores titulares: independencia, ciencia y sabios? ¿Puede darse cada uno de ellos por separado, sin los demás? Preguntas todas necesarias, como lo son todas las preguntas siempre que se busca cerrar convenientemente una consideración científica: tanto como el arte consiste en imaginar individualmente lo que no se ha hecho, la ciencia consiste en imaginar entre todos, paso a paso, eslabón tras eslabón, lo que debe ser. Ambas dimensiones, el arte y la ciencia, representan importantes funciones sociales y tienen virtudes complementarias: la virtud de lo inútil y la virtud de lo útil: la de los encadenamientos heteróclitos y la de los encadenamientos lógicos.

Alberto Gómez Gutiérrez. Profesor titular del Instituto de Genética Humana en la Pontificia Universidad Javeriana.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

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