‘Forza’, Alex

‘Forza’, Alex

Para él, convertido en símbolo de lucha ante la fragilidad de la vida, la palabra ‘lástima’ no cabe.

22 de junio 2020 , 11:25 p.m.

A la entrada de la villa de atletas de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Londres 2012 había una enorme estatua en bronce de Ícaro, adornando la plaza de banderas. Habría sido más acertado, tal vez, escoger una escultura del poderoso Hércules o del valiente Aquiles, por ejemplo, para representar los valores que todo atleta debería recordar de camino a su competencia definitiva. Pero los ingleses escogieron a Ícaro. ¿Por qué? No hay referencias de que el tipo fuera particularmente atlético. No venció a ningún Minotauro ni le cortó la cabeza a ninguna Medusa. Si cualquier cosa, se lo juzga por imprudente al volar muy cerca del sol con sus alas pegadas con una cera que se derritió, tras lo cual cayó al mar, muerto. Y, entonces, ¿por qué ese símbolo, en ese lugar, en ese momento?

Los atletas de alto rendimiento son personajes muy particulares. Nos inspiran porque sus historias se construyen de arquetipos con los que nos conectamos desde un nivel muy profundo ya que representan el ‘deber ser’ de la vida. Nacen en un entorno que no tiene nada particularmente especial, aceptan el llamado a una aventura, reciben la ayuda de algún mentor o talismán, hacen un sacrificio importante, vencen y regresan covertidos en algo más trascendente. Más o menos así se puede contar la historia de James, Nairo, Martina Navratilova o Mohamed Alí, y resuenan emotivamente en todos nosotros porque son los mismos pasos que debemos seguir si queremos darles propósito a nuestras propias vidas. Como el arte, logran conectarnos con alguna energía mística que no es posible explicar en palabras.

Ahora, dentro del universo de estas historias están las de los atletas con discapacidad. Inspiran aún más porque, desde la construcción cultural en la que vivimos, su sacrificio es superior. En el ‘normal’ occidental aún es cierto que no poder ver, tener síndrome de Down o andar en una silla de ruedas son características de un ‘otro’ que es indeseable y difícilmente puede relacionarse con la excelencia deportiva. Por eso son historias más heróicas: además de vencer a sus rivales, también deben vencer barreras en el entorno y en las actitudes. Eso no significa que el rol de las personas con discapacidad en general sea inspirar a las personas sin discapacidad. Pero, individualmente, sí existen muchas historias extraordinarias y fascinantes. Y es por eso que los Juegos Paralímpicos, donde se fabrican, son una herramienta de transformación social tan poderosa. Equivalente al ‘gay parade’, es un espacio donde se celebra la diversidad, se exhibe sin ningún complejo y se le pone en la cara a un mundo que no le gusta mirar lo que no entiende. Nada como el deporte para poner en el foco las particularidades de la funcionalidad. “Miren lo que soy y miren lo que puedo hacer. Acostúmbrense”.

Ahora, dentro del universo de historias de atletas paralímpicos está la historia de Alex Zanardi.

Fue piloto de carreras en la F1. Años después, en la Cart tuvo un accidente devastador durante una competencia en Lausitzring (Alemania). Después de un largo proceso de rehabilitación, salió del hospital caminando con piernas prostéticas, volvió a la misma pista donde se había accidentado y terminó las vueltas que le faltaban. Una victoria simbólica. Pero la sed de victorias reales lo seguía quemando por dentro y por eso aprendió a usar una bicicleta manual. Entrenó más y mejor que los demás, se aguantó el dolor en los brazos y las ampollas en las manos y después de un tiempo logró el honor de ser convocado a la selección que representaría a Italia en Londres 2012. Sabía muy bien lo que quería y la ejecución de las pruebas fue impecable. Se ganó dos medallas de oro, una en la contrarreloj y otra en la ruta.

Hay que ver la cara que hizo en el podio mientras sonaba el himno de Italia, que él hizo sonar para todo el mundo gracias a su determinación y a su trabajo bien hecho. Cualquiera sentiría que sus deudas con la vida quedarían saldadas en ese momento. A su manera, había dejado atrás un momento muy difícil de su vida, era otra persona. Pero Alex no es cualquiera. La compañía íntima del sufrimiento a la que se somete cualquier ciclista de rendimiento ya era parte de su rutina y por eso volvió a competir en Río 2016 y volvió a ganarse un oro en la contrarreloj y una plata en la carrera de pelotón, justo en el día en que se cumplían 15 años de su accidente en Lausitzring. Cualquiera pararía ahí y sentiría que ya es más que suficiente. Pero Alex no es cualquiera. Su sed seguía y a los 53 años puso los ojos en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Seguro pensó que le quedaba una última bala. La pandemia aplazó el evento para el próximo año, pero él decidió no perder el tiempo y continuó entrenando. El viernes en la tarde, en una competencia de preparación, iba bajando por una loma y un camión que venía subiendo lo arroyó.

“Todos los números están bien, pero neurológicamente no es posible hacer una evaluación”, dijo el doctor Oliveri, quien operó al campeón paralímpico. “Lo estoy tratando porque vale la pena tratarlo, ser optimista o no es inútil en este momento. ¿Qué pasa si tiene un daño permanente? Estas son hipótesis que no tienen sentido, no podemos saber cómo será la prognosis mañana, en una semana o en dos”.

Algunas versiones dicen que él invadió el carril. Otras, que la carrera no cumplía con estándares básicos de seguridad vial. Lo cierto es que hoy, una vez más, Alex se debate entre la vida y la muerte en una UCI. Me da lástima por su familia, por la gente cuyas vidas él tocó y por todo el Movimiento Paralímpico. Pero para él, echándose al hombro en este momento toda la incertidumbre del mundo; convertido en símbolo de lucha ante la fragilidad de la vida; profeta con acciones que muestran una ruta hacia la trascendencia; para él, efímero pero enorme, la palabra ‘lástima’ sencillamente no cabe.

Recordé esta mañana el poema que estaba escrito en el pedestal de la estatua de Ícaro en Londres:

My Audacity Was My Joy,
Not My Disaster,
I reached A Glory Higher Than Olympus,
My Fall Was Worth The Flight.


JUAN PABLO SALAZAR

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