Aplausos a Érica

Aplausos a Érica

La pandemia da una oportunidad para que personas buenas brillen, y nos den esperanza a los demás.

26 de mayo 2020 , 06:16 p. m.

Después de décadas de mirar por encima del hombro con acomplejado clasismo a los aplaudidores de avión ahí me vi, aplaudiendo fervorosamente y con lágrima en el ojo cuando el piloto dijo “estamos entrando a espacio aéreo colombiano”. Una vez más, el maestro virus enseñándome humildad.

Fue todo muy intempestivo. Como todos los días, me levanté, me bañé, me tomé un café y empecé a teletrabajar mirando caras a través de mi pantalla. De repente, mi reunión fue interrumpida por una llamada de la consulesa de Colombia en Washington, Érica Salamanca. “Dos personas que viajaban en el vuelo de hoy a Bogotá parecen presentar síntomas. ¿Puedes estar en el aeropuerto en hora y media?”. Sin tiempo para meditar sobre el hecho de que mi buena suerte solo era posible por la desgracia de otras personas, empaqué en 30 minutos bajo una lógica de ‘piense qué le va a dar piedra haber olvidado una vez esté en Bogotá y deje todo lo demás’ y salí pitado para el aeropuerto.

Yo la había contactado una semana antes, cuando vi en la prensa que el Gobierno colombiano no permitiría vuelos internacionales hasta agosto. Por mi discapacidad necesito de una asistente personal y, con la cuarentena, mi asistente llevaba ya cuatro meses sin relevo, poniéndole el pecho a las balas. Extrañando a su familia y su vida en Colombia, pero mostrando muchísima valentía y generosidad para ayudarme a realizar todas las actividades de mi vida diaria. Esperar que aguantara hasta septiembre sería un abuso desde cualquier punto de vista. Así que era urgente devolvernos en un vuelo humanitario, y eso le dije a Érica. Ella lo entendió, pero me dijo que estaban llenos y aunque me daría prioridad, no alcanzaría al próximo. Sin embargo, se acordó de mí en ese momento de muchísimo estrés, me llamó y ahí estaba yo, pocas horas después, con mi asistente al lado, a bordo del vuelo más extraño de mi vida. No era su trabajo acordarse de mí. No me debe nada. Pero igual lo hizo.

No soy muy de sentimentalismos patrióticos. No extraño el ajiaco ni a la bandeja paisa. Me gustan, claro, pero si elegí vivir en otro país, fue precisamente para aprender de otras experiencias y evitar el aguardiente y la necesidad de poner 'Amarte más no pude' a todo volumen. Mi amor por mi país lo manifiesto más bien con mi trabajo.

Entonces, ¿por qué la lágrima y el aplauso? Creo que fue Érica. O el amigo que me llevó al aeropuerto, que no tenía que hacerlo, pero igual lo hizo. O mis jefes y mis colegas que hicieron en tiempo récord todos los trámites para que pudiera viajar y trabajar desde Bogotá. No tenían que hacerlo, pero igual lo hicieron. O de pronto la misma Nicole, mi asistente, que trabajó cuatro meses sin relevo y sin quejarse ni un solo día. Pensar en todos ellos y en todos los demás que se salen de su camino para que mi vida sea posible me pegó duro en el miocardio en ese momento y me monté sin ningún pudor en la euforia colectiva de ese avión que venía lleno de caras conmovidas que, aunque tenían máscaras, no ocultaban su dolor, fuera el que fuera.

Según la página web de la Cancilleria, a el día de hoy, unas 5.200 personas han vuelto al país en estos vuelos humanitarios y hay muchas más esperando. Es apenas lógico que las instituciones colombianas se muevan para repatriar a nuestros connacionales que muchas veces y por razones distintas están viviendo condiciones muy difíciles por fuera del país. Pero más allá de los lineamientos institucionales están los esfuerzos individuales. Las personas como Érica o los funcionarios del aeropuerto, o las azafatas y pilotos que arriesgan su vida haciendo su trabajo, o los individuos que trabajan en el Gobierno que adelantaron los trámites normativos. Mejor dicho, todas las personas alrededor del proceso que hace posible que no dejemos tirada a la gente que por cualquier motivo se quedó por fuera.

Siempre me ha gustado la gente que le gusta hacer su trabajo. No todo el mundo es así. La pandemia da una oportunidad para que todas esas personas brillen, y nos den esperanza a todos los demás. Más que nunca necesitamos esperanza. Entonces, vale la pena reflexionar sobre esto. ¿Cómo podemos trabajar en la empatía? ¿Cómo podemos aceptar el sacrificio de las tareas diarias con amor por el oficio? ¿Cómo desarrollamos compromiso y respeto por el trabajo digno? ¿Cómo podemos incluir a todas las personas en su maravillosa diversidad en lo pequeño y lo grande que hacemos? ¿Cómo podemos hacer para parecernos más a Nicole y a Érica? No sé las respuestas a estas preguntas. Pero, de pronto, podemos empezar por darles a todos las más que merecidas GRACIAS.

Juan Pablo Salazar
Consultor en temas de discapacidad del Banco Interamericano de Desarrollo. Las opiniones y puntos de vista proporcionados en esta columna son personales y no representan las del Grupo BID.

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