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Votos o ‘likes’

Votos o ‘likes’

Si los influenciadores se consideran los políticos del mañana, deben alejar su discurso del odio.

15 de noviembre 2021 , 09:55 p. m.

La política ha muerto. Ahora es un concurso de popularidad.

No veo otra forma de definir lo que nos ofrece el menú político de Colombia para este 2022, cuando muchos candidatos se mueven según las tendencias, los ‘likes’ y los retuits; mientras que otros, sin siquiera haber pisado las calles de un barrio popular o las veredas de algún municipio alejado, ya se ven a sí mismos como los representantes necesarios de una Colombia olvidada hace bastantes lustros por los políticos tradicionales.

Que al candidato del Centro Democrático lo eligen a través de unas encuestas. Ahí tienen la prueba: esto no se trata ni de ideas, ni de concepciones de país. Todo es un concurso de popularidad.

Que la lista al Congreso del Pacto Histórico va a tener a actores e influenciadores como protagonistas. Ahí tienen, esto no tiene nada que ver con propuestas para un país mejor, sino una competencia de popularidad entre aquellos que lograron los discursos más efectivos (¿y populistas?) a través de sus redes sociales.

Estamos en el peor de los escenarios porque cuando se trata de un concurso de popularidad y no de una propuesta política para salir del abismo en el que estamos, los resultados no pueden ser nada buenos. Solo les pido que recuerden quiénes eran los más populares de su curso en tiempos del colegio. ¿Los que tenían mejores resultados en las clases? ¿Los más aplicados y con respuesta a los problemas que planteaban los profesores? ¿O eran más populares aquellos que no se destacaban por sus buenos resultados, pero que sí lograban llamar la atención de los demás por cualquier razón distinta a lo que académicamente se esperaba?

Estamos en el peor de los escenarios porque cuando se trata de un concurso de popularidad y no de una propuesta política para salir del abismo, los resultados no pueden ser nada buenos

Es claro que Colombia necesita un cambio político importante. No podemos seguir en las mismas manos que han negado al país la posibilidad de una regularización de las plataformas digitales para el transporte. No podemos seguir en las manos de quienes no son capaces de reconocer que tienen un exceso de vacaciones en comparación con todo el resto de trabajadores del país. No podemos seguir en manos de los que se reeligen una y otra vez a punta de votos comprados. No podemos seguir con unos congresistas que creen que las curules se heredan de padre a hijo o de esposo a esposa. No podemos seguir en manos de los Anatolios y los Pulgares, sin embargo, ¿votar por actores e influenciadores no es repetir el pecado, solo que cambiando las caras?

Aquellos influenciadores que hoy posan de ser la panacea para el cambio político nos van a garantizar independencia en sus votaciones, ¿o al igual que Anatolio votarán ‘sí’ cuando alguna voz desde la cima de sus partidos les diga que así lo tienen que hacer porque es lo que se necesita? ¿Aquellos influenciadores que hoy agitan las banderas de un cierto partido lo hacen por convicción propia o porque han construido su fama y popularidad a punta de discursos de otros que replican cual loritos en sus publicaciones de redes sociales?

Poco de novedoso tiene que unos y otros se hayan hecho populares construyendo sobre la base del odio a quien piensa diferente. Con insultos o señalamientos basados en menospreciar al otro. O, peor aún, diciendo que no pueden siquiera compartir un espacio con su contrincante porque lo consideran indigno.

Si los influenciadores de hoy se consideran los políticos del mañana, deben empezar por alejar su discurso de los mensajes de odio que nos han llevado hasta el punto en que nos encontramos ahora. Claro, son esos mensajes extremos los que dan los ‘likes’ que necesitan, pero les pregunto: ¿Colombia necesita más y más odio? ¿O debemos dar un paso hacia el escucharnos para resolver nuestros problemas y nuestras diferencias juntos?

JUAN PABLO CALVÁS
En Twitter: @juanpablocalvas

(Lea todas las columnas de Juan Pablo Calvás en EL TIEMPO, aquí).

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