Viviana la valerosa

Viviana la valerosa

Los abusos sexuales contra menores son una verdadera catástrofe social.

19 de julio 2020 , 10:17 p. m.

Que más de 60 niñas cada día sean sometidas a violencia sexual en Colombia es una cifra que nos debería llenar de vergüenza como sociedad y debería conducir a una revisión integral de las estrategias para prevenir estos delitos y castigar a los responsables.

Eso quiere decir que nuestra sociedad está tolerando estas conductas criminales y está conviviendo con los abusadores en todos los estratos de la vida colombiana. Con frecuencia, trata de simplificarse esta barbarie atribuyéndola a precarias condiciones de habitabilidad en viviendas de hogares de escasos recursos, donde padrastros, hermanastros, abuelos y otros parientes abusan de niñas indefensas en colchones comunes y camas francas. Nada más equivocado.

Ni es cierto que en todos los hogares donde las condiciones de habitabilidad son precarias ocurren estos actos atroces, ni mucho menos que este es un problema ajeno al estrato 6. Ni al estrato 5, ni 4, ni 3… ocurren actos sexuales abusivos contra menores de edad en el estrato 6, y en esos casos es pan de cada día el encubrimiento que termina premiando con impunidad social y penal a sus perpetradores.

Justamente por eso es que la denuncia pública reciente de la valiente Viviana Vargas ha sacudido tan profundamente los altos círculos sociales de Barranquilla y de Colombia. Porque le puso rostro al estrato 6. Porque, independientemente del derecho de defensa y la presunción de inocencia, recordó con su propio testimonio que esos actos infames se escudan en la inocencia de los niños y en su incapacidad para comprender lo que les ha ocurrido. La perversidad es doble. No solamente abusan del niño o la niña, sino que además los intimidan, los confunden, los asustan.

Al igual que en decenas de casos documentados de niños víctimas de sacerdotes, o maestros o mandamases pederastas, solo cuando pasan los años y tienen sus propios hijos, sienten y entienden la magnitud de la ofensa criminal que se cometió contra ellos. Y es ahí cuando toman la decisión de denunciar. Y de exponer públicamente su caso. Y de revelar, como Viviana y su familia, el nombre de quien fuera su depredador, a quien se le han abierto y se le mantienen abiertos todos los espacios para responder a los señalamientos y no ha querido hacerlo.

El caso de Viviana ilustra con toda claridad por qué es insuficiente la aprobación de la cadena perpetua para los violadores de menores si no se acompaña de una norma que consagre la imprescriptibilidad de esos delitos. El paso del tiempo no puede aniquilar la acción penal. El paso del tiempo no puede premiar a los violadores de menores. El delito es tan atroz y tan infame que ninguna figura jurídica, ni la prescripción ni un proceso de paz, señores de las Farc, puede acabar con los efectos jurídicos de estos delitos.

Y es que además de las acciones sistemáticas de grupos armados contra los menores, estamos en una verdadera emergencia nacional frente a la violencia sexual contra las niñas y los niños. La pandemia y su confinamiento derivado se han convertido en un escalofriante multiplicador de casos de agresión sexual contra menores.

De puertas para adentro de los hogares está ocurriendo una monstruosidad sin precedentes, y todos esos niños y todas esas niñas están conviviendo con sus victimarios, algunos sin entenderlo bien, otros comprendiéndolo mejor, algunos sin el conocimiento de sus mayores, otros con pleno conocimiento de sus mayores, en fin.

Los datos del trabajo del Dane con la Fundación Plan, publicados por este diario, no pueden pasar desapercibidos. Dicen que las niñas abusadas antes de la pandemia en un año eran cerca de 25.000, como toda la población de Tenjo, 62 cada día, 3 de cada mil. ¿A cuánto se ha disparado hoy? Da escalofrío de solo pensarlo. Acompañemos a todas las niñas y mujeres que quieren hacer estas denuncias y presionemos la acción de la justicia.

Como dice la gran Jineth Bedoya, no es hora de callar.

JUAN LOZANO

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