Un premio pestilente

Un premio pestilente

El fracaso diplomático del Grupo de Lima debe motivar un cambio de estrategia.

20 de octubre 2019 , 11:09 p.m.

Que Venezuela haya sido premiada con un cupo en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU produce indignación. Implica hacerles la venia y lavarles las manos, untadas de sangre, al régimen del dictador y a su séquito de bandidos, en una narcotiranía que ha convertido la violación sistemática de los derechos humanos en herramienta de asfixia democrática para garantizar su permanencia en el poder.

Demuestra qué tan bajo pueden caer algunas instancias dentro de Naciones Unidas, y, aunque no constituye mayor novedad la confirmación de que ese tal Consejo poco y nada ha servido a lo largo de su historia, esta elección se constituye en una verdadera bofetada contra todas las convenciones, los tratados y las normas internacionales orientados a proteger y garantizar los derechos humanos.

No será el régimen venezolano el primero entre los violadores de derechos humanos que alcanza un cupo en ese cuestionado Consejo ni el pionero en pretender usarlo para blanquear sus crímenes, abusos y excesos. Pero es, sin duda, el más descarado, el más cínico, el más canalla y el más desafiante, tal como lo demostró en su larga campaña internacional para asegurar los 105 votos que fueron suficientes para derrotar los 96 que conquistó Costa Rica en su corta campaña de doce días.

Amerita una reflexión profunda establecer cómo alcanzó más de un centenar de votos, propinándoles al Grupo de Lima, a Almagro, a Donald Trump y a la propia Cancillería colombiana un golpe brutal e infligiéndoles una derrota estruendosa.

Primero: se demuestra que el pretendido aislamiento de Venezuela en la comunidad internacional es mentira. Ni Maduro está aislado ni Maduro está solo. Está sancionado en Estados Unidos y descalificado por el gobierno Trump y el Grupo de Lima, pero no es un paria sarnoso con el que nadie quiere juntarse.

Segundo: se evidencia que Maduro ni está cayéndose ni está a punto de caer. Habrá Maduro para rato. Está atornillado adentro y acompañado afuera.

Tercero: se confirma que la estrategia cubana de encarnar la más radical postura antigringa resulta rentable en la comunidad internacional y que algunos le brindan apoyos firmes, aunque tengan que taparse las narices para ocultar su asco. Con tal de desafiar a Trump, de llevarle la contraria y de golpearlo, todo vale para algunos países.

Cuarto: se reitera que cualquier intervención militar de países extranjeros en Venezuela, y particularmente de Estados Unidos, despertaría una solidaridad de otras naciones y de algunas potencias, lo que podría convertir a Caracas en el epicentro de un polvorín global de incalculables proporciones.

Quinto: se magnifica el fracaso del Grupo de Lima en el propósito de explicarle al mundo la gravedad de lo que ocurre en Venezuela y los horrores de la dictadura. Es inaudito que entre tanto cacareo de reuniones estériles y tanto parloteo ante los reflectores, no hubieran sido capaces de diseñar una estrategia eficaz para enfrentar esa candidatura de Venezuela y derrotarla mediante una acción oportuna, concertada, articulada y eficaz.

Ojalá se aprenda de los errores y las circunstancias que condujeron a este pestilente premio que le han otorgado a Venezuela y, en lugar de quedarse en el coro de los lamentos proforma y los discursos rimbombantes, el Grupo de Lima corrija su rumbo y opte por una acción eficiente, realista y articulada que justifique su existencia.

Sexto: se profundiza la tragedia venezolana, pues el régimen encuentra un segundo aire internacional y, de paso, se agudiza la tragedia colombiana, que tendrá que seguir soportando el apoyo de Maduro a terroristas colombianos, el estímulo al mundo criminal del narcotráfico, las retaliaciones contra los opositores, la exportación del modelo vandálico de anarquía callejera y la inmigración masiva, que ya se cuenta por millones de venezolanos en Colombia y seguirá creciendo.

JUAN LOZANO

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