Tutaina con tapabocas

Tutaina con tapabocas

Debemos ser disciplinados para poder celebrar la Navidad sin poner en peligro a quienes queremos.

07 de diciembre 2020 , 01:21 a. m.

Ni la lectura del benignísimo Dios de infinita caridad, ni la nanita nana, nanita ea ni la burra que va hacia Belén, rin rin yo me remendaba, yo me remendé, yo me hice un remiendo, yo me lo quité, podrán ser iguales este año. Nada podrá ser igual porque el covid sigue entre nosotros, porque no se ha ido y porque permanece rondando cada esquina recordándonos lo frágiles y vulnerables que somos.

Y aunque para muchos la Navidad es época de recogimiento y reflexión, en nuestra fiestera Colombia “llegó diciembre con su alegría, mes de parranda y animación”. El burrito sabanero, en poderosa llave con La víspera de Año Nuevo o el Arbolito de Navidad arrancan desde temprano a sonar en las emisoras, en las radiolas de los más viejos e incluso en los play-lists de los más jóvenes, invitando, cómo no, a pasar con un guaro cada oración en el país de las novenas bailables.

Pero este año la cosa debe cambiar. Sobre todo porque no se pueden correr riesgos. Porque tenemos que poner a prueba nuestra máxima disciplina para poder celebrar y gozar la Navidad sin poner en peligro a quienes más queremos, a quienes más amamos.

Las tentaciones en diciembre son muy grandes. Los abrazos que nos guardamos, los besos que no nos dimos, las celebraciones que aplazamos, los encuentros que cancelamos por causa de la pandemia conforman un sobregiro afectivo que quisiera cobrar intereses de mora cada día. Pero no podemos bajar la guardia. No podemos abandonar los cuidados.

Diciembre no nos confiere ninguna licencia para permitir en estas fechas lo que ha estado proscrito desde que se nos vino encima el covid. Las malas prácticas que multiplicaban contagios antes multiplican contagios en Navidad. Las buenas prácticas que prevenían contagios antes previenen contagios en Navidad.

La temporada decembrina será, entonces, nuestra prueba de fuego para sortear con éxito este complejo 2020, desafiante, impredecible, doloroso, angustioso, pero también profundamente revelador de nuevas oportunidades. En efecto, en medio de tantos quebrantos, si algo le queda a nuestra especie humana de este tránsito pandémico es la revalorización de lo que verdaderamente importa, de lo que no es fugaz, de lo que no es espejismo, de lo que no aparece y desaparece súbitamente.

Parece que algo aprendimos a valorar de verdad a nuestras personas más queridas y lo que representa el privilegio divino de poder compartir con ellas o cerca de ellas los caminos de la vida, a desprendernos de lo que no es esencial para aferrarnos más a lo que nos dicta el corazón, a agradecer cada día que vivimos para hacerlo intensamente, pues cada jornada que pasa es una que no volverá; a no dilapidar nuestro tiempo porque no sabemos cuánto nos queda y a compartirlo en función de lo que nos hace felices.

Todos esos aprendizajes nos indican que podemos gozar fraternalmente esta temporada de diciembre y elevar nuestro espíritu para disfrutarla al máximo sin necesidad de incurrir en actos temerarios, en encuentros inconvenientes o en aglomeraciones peligrosas. No obstante, las primeras señales de diciembre vuelven a prender alarmas, pues la necesidad de reactivar el comercio y la economía, que nadie discute, no se está compaginando muy bien con los esquemas de responsabilidad colectiva requeridos. Los contagios han vuelto a subir, las muertes diarias no bajan y en algunas ciudades las ucis vuelven a coparse.

Por eso, todos tenemos que evitar en este diciembre que nuestros deseos contenidos y refrenados de celebración nos conviertan las festividades en sepelios y los sepelios en festividades que pueden desembocar en nuevos sepelios. Es hora de poner en práctica todo lo aprendido y disponernos para celebrar una Navidad biosegura que nos proteja la vida para que tengamos por delante muchas navidades más cuando toda esta pesadilla haya quedado atrás.

JUAN LOZANO

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