Sobre el gran Farah y el dopaje

Sobre el gran Farah y el dopaje

Creo en Farah y ahora no debemos dejarlo solo.

19 de enero 2020 , 11:35 p.m.

Creo en Farah. Creo su versión. Creo sus explicaciones. Me alegra y conmueve el apoyo ciudadano que ha recibido y aplaudo la solidaridad de su patrocinador, Colsanitas. Confío en que más temprano que tarde este episodio se supere y, a pesar de todo, espero que nuestro himno nacional retumbe en Tokio cuando se gane con Cabal el oro olímpico.

Por lo demás, espero que todas aquellas personas e instituciones que en este momento tan sensible le pueden dar una mano eficaz, lo hagan leal y decididamente. Lo merecen Farah, Cabal, el deporte y Colombia. Basta con repasar la carrera de Farah y con escuchar todos los testimonios de quienes han conocido de cerca su vida deportiva para entender que no existe absolutamente ninguna motivación posible para haber consumido esa sustancia.

Y no nos equivoquemos. El caso Farah no se agota en Farah, y pone de presente profundas preocupaciones que nos asaltan en campos muy diversos de la vida nacional que van desde el dopaje hasta la nutrición, pasando por la salud pública, la estrategia olímpica y la ganadería. Vamos por partes.

Arrancó por el camino correcto el ministro del Deporte, Ernesto Lucena, cuando decidió priorizar la agenda del dopaje en su gestión. Su primer viaje internacional fue a Montreal a visitar la Wada, Agencia Mundial Antidopaje, y se ha dedicado a lograr la recertificación de nuestro laboratorio, a sembrar una cultura integral antidopaje y a impulsar, en llave con el Congreso, una agenda legislativa necesaria para la recertificación.

En Colombia viene una camada espectacular de deportistas sobresalientes, con vocación de cosechar muchas medallas, en deportes altamente vulnerables y perjudicados por el dopaje, como el ciclismo. Es una prioridad estructural para el deporte colombiano enfrentar este asunto y evacuar discusiones pendientes. Aquí también hay de por medio una dimensión de salud pública que han venido planteando algunos expertos, entre ellos el reconocido César Augusto Londoño.

El caso Farah también obliga a reabrir las discusiones sobre la política nacional de nutrición y sobre la necesidad de conocer los procedimientos, prácticas y controles en toda la cadena de cárnicos. Tan necio como arrojar un manto de sospecha sobre toda la ganadería colombiana resulta negar que se requiere un diálogo franco sobre los insumos de nutrición veterinaria en Colombia, en esta y las demás cadenas, incluyendo la porcícola y la avícola.

Y esas no pueden ser charlas especulativas. Deben ser conversaciones serenas con base científica alrededor de razas, propiedades y climas. A fin de cuentas, se ha demostrado plenamente en muchos países que se puede llevar de la mano una devota promoción de la ganadería responsable y la industria de alimentos con un conjunto de buenas prácticas sobre insumos para proteger los derechos de los consumidores.

Lo que se abre para la buena ganadería colombiana, para los agentes de la cadena y comercializadores es una oportunidad para avanzar en la calidad del producto y en la construcción de confianza informada de los consumidores.

Para el mundo del deporte también hay una gran coyuntura para retomar con fuerza los principios tutelares de juego limpio, reglas claras y competencia ética. Estamos avanzando por el camino correcto. El deporte nos está brindando ejemplos alentadores, empoderamiento ético, razones para creer en nuestro país y en nuestra gente. El deporte está permitiendo que afloren las más altas virtudes de los colombianos.

Por todo lo anterior, apoyar hoy a Farah y seguirlo arropando adquiere un sentido profundo, casi transversal, en la sociedad colombiana que incluye premiar a quienes lo hacen bien, encarar con dignidad la adversidad, superar los obstáculos y derivar lecciones que impulsen las acciones necesarias para que el dopaje no enturbie este brillante itinerario que tiene el deporte colombiano por delante.

¡Adelante, Robert!

JUAN LOZANO

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