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Reforma de locos

Reforma de locos

Menos mal aplazaron la radicación de algunos esperpentos tributarios, incluidos en el proyecto.

Con espíritu caritativo y solidario, los miembros del Gobierno deberían acompañar al equipo económico a salir de este complicado momento que viven y deberían brindarles afecto y compañía para que puedan regresar, sin mayores traumatismos, a la realidad colombiana desde el mundo paralelo al que los transportaron los fantasmas de la pandemia y las cuentas fiscales.

Aunque la política no les interesa y han demostrado que los tiene sin cuidado quién gane la próxima elección presidencial, lo cual es propio de algunas tecnocracias, justo es decir que en ese equipo hay gente inteligente y estudiosa.

Pero a ratos parece que en este grupo algunos hubieran perdido la razón. Se advierten cuatro síntomas alarmantes.

Primero. Parecen haber perdido la memoria y haber olvidado que ellos mismos fueron artífices de una estrategia para normalizar unos capitales a los que ahora pretenden imponerles un régimen semiexpropiatorio mediante un gravamen permanente del 3 % anual. Ese es, a grandes números, el mismo promedio del Estado chavista venezolano que en 30 años terminará por arrebatarles sus bienes a muchos empresarios.

A este grupo parece habérsele olvidado que su jefe, el presidente Duque, prometió en campaña defender la iniciativa privada y reducir las tasas impositivas. Y al parecer se les olvidó también que prometieron enfrentar con contundencia el Estado derrochón, pues hasta el momento brillan por su ausencia las acciones radicales y profundas proyectadas en el tiempo en favor de la austeridad para evitar el desbordamiento del tamaño del Estado.

Segundo. Varios de ellos parecen tener también una distorsión cognitiva. La reforma que están proponiendo sugiere que están de acuerdo en que el Estado de derecho se convierta en un “Estado ladrón”, según el término acuñado por Carlos Lemos hace unas tres décadas. El “Estado ladrón” es, por ejemplo, el Estado que les roba a los pensionados.

Y es que hay varias maneras de robarles la pensión a los pensionados. Una es atracarlos a la salida del banco después de cobrar la mesada. Otra es no pagarles la mesada. Y otra es ponerles un impuesto, después de que ya tienen un derecho adquirido. El efecto es exactamente el mismo en los tres casos: quitarles la plata de su pensión.

Urge una reforma pensional que resuelva graves problemas de equidad en el sistema pensional, nadie lo duda. Pero no pueden suplir a punta de tributos inconstitucionales la reforma al régimen de pensiones que no han sido capaces de sacar como lo manda la Constitución.

Tercero. Parecen colectivamente tener un síndrome de negación. El diagnóstico no es sencillo porque las señales son ambivalentes, pero, aunque no lo digan, ni quieran decirlo, la reforma propuesta niega la existencia de una clase media que no es suficientemente pudiente como para aguantar una mayor carga tributaria, ni suficientemente pobre como para recibir subsidios. Lo grave de esa negación es que será precisamente ese grupo, sufrido, esforzado y sin margen de ahorro, al que le van a pegar más duro con la reforma al régimen del IVA.

Cuarto. Hay quienes lo llaman delirio de persecución, pues, a juzgar por sus comportamientos, parece que se les aparecieran espantos encarnados en implacables economistas neoliberales que los someten a una especie de juicio final macroeconómico ante las agencias calificadoras de riesgos, a quienes, más bien, deberían advertirles que una reforma equivocada puede (I) incendiar un país que tiene una chispa prendida a flor de piel, (II) bloquear un incipiente proceso de reactivación de la economía y el empleo y (III) generar una estampida de capitales e inversionistas extranjeros y nacionales.

Con profundo respeto, creo que se están equivocando en materia grave con esta reforma de locos. La única buena noticia es que aplazaron su radicación y pueden corregirla y afianzar sus propósitos económicos y sociales. Todavía están a tiempo.

JUAN LOZANO

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