Política limpia, con P mayúscula

Política limpia, con P mayúscula

Los cargos públicos no pueden convertirse en el botín de corruptos.

07 de julio 2019 , 11:21 p.m.

Cuando un candidato compra un voto prostituye la política y se prostituye a sí mismo. Renuncia a que la fuerza transformadora de las ideas, los sueños y las convicciones se convierta en el motor de la búsqueda de apoyos democráticos para alcanzar una posición de representación y disponer del poder necesario para transformar las realidades hostiles en beneficio de la sociedad. De eso debería tratarse siempre el quehacer político: de buscar limpiamente la legitimidad popular, para trabajar en beneficio del pueblo.

Cuando la actividad política pierde el foco y se concentra en beneficiar a los políticos y no a la gente, cuando el bienestar de los jefes políticos se convierte en la razón de ser de los procesos electorales, la política se vuelve una pestilente máquina de gestión de intereses particulares, y los cargos de representación dejan de ser espacios enaltecedores de servicio al prójimo para convertirse en un botín.

Para hacerse con el botín, como en cualquier banda delincuencial, los políticos que así proceden compran votos, hacen trampa, alteran resultados, cometen delitos porque cada peso que le meten a la campaña es un peso que invierten para robárselo luego, multiplicado mediante una gama amplia de triquiñuelas criminales montadas alrededor de los dineros públicos.

Hasta el cansancio hay que repetirlo: las campañas caras son sinónimo de corrupción, las campañas que compran votos preparan a sus candidatos para robar, las campañas que reciben aportes turbios responden con procedimientos turbios y tarde o temprano terminan traicionando al pueblo.

Ese sentido utilitarista de la política, esa búsqueda desaforada del beneficio individual del dinero, del lucro, o también de la vanidad del poder y sus lisonjas, impide que el bien común sea faro y guía de las decisiones de muchos gobernantes y corporados. Por eso, tanta gente del común, tantos ciudadanos de a pie dejaron de creer en la política.

Y por eso, con excepciones, la ‘clase política’ se convirtió en camarilla odiada por la gente, que no solamente ha dejado de sentirse representada en esos mal llamados líderes sino que, además, los odia y los desprecia. Generaliza peligrosamente. Les quiere dar su merecido. Los quiere fuera del poder. Los quiere despojados de sus privilegios.

Cuando las sociedades han llegado a esos grados de desesperación con sus gobernantes y congresistas, muchas cosas han pasado: desde revoluciones, revueltas, estampidas hasta constituyentes, golpes de Estado y advenimientos populistas. Unas reacciones virtuosas, otras tortuosas. Algunas veces para bien, otras para mal. Una verdadera lotería. Y Colombia ha estado bien cerquita. En estas condiciones, el cambio de las reglas electorales que convirtieron la política en negocio es un imperativo nacional.

‘In memoriam’

Jaime Posada Díaz

Escribo esta columna para rendir un homenaje a un colombiano excepcional, caballero virtuoso de la política, el servicio público, los medios y la academia. Al enterarme de su muerte pensé en sus enseñanzas para enaltecer la política, para luchar por ideales superiores y para trabajar en la construcción de un país mejor.

Jaime Posada se desempeñó con transparencia y eficiencia en todos los cargos que ocupó. Ministro. Gobernador. Senador. Fue colaborador de esta casa editorial, presidente de la Universidad de América y presidente de la Academia de la Lengua hasta su muerte.

Fue mi jefe y mi maestro. Lideró siempre con el buen ejemplo de su vida fructífera, de su cultura inmensa y de su generosidad intelectual y humana. He llorado su partida. Abrazo a los suyos con todo mi afecto.

JUAN LOZANO

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