Dos masacres

Dos masacres

Aunque son casos muy distintos se deben rechazar por igual.

17 de agosto 2020 , 12:49 a. m.

Rechazo categórico, sin retóricas justificativas que pretendan construir explicaciones para lo que es inaceptable. Partamos de ahí. De dejar bien en claro que estos actos atroces no deben ser tolerados por nadie y que es una obligación de las autoridades esclarecer estos crímenes. Y con sentido de urgencia.

Dicho eso, aunque tienen en común las muertes en grupo, y por parejo deben ser capturados y condenados los autores, sean quienes sean, parece un error hablar de las dos masacres como si fueran una sola, o como si fueran parte de un mismo proceso. Los entornos son diferentes y mucho va de Samaniego a Cali en lo que toca con el contexto sociogeográfico.

De hecho, los primeros respondientes frente a estos hechos en Cali están en la Policía Nacional y les corresponde a ellos dar las explicaciones que están siendo reclamadas por los ciudadanos, en concordancia con los hallazgos de los investigadores.

En Samaniego, en cambio, el primer respondiente ha sido el Comando de la Tercera División del Ejército y su comunicado se refiere a “operaciones contra los diferentes eslabones de la cadena del narcotráfico” y a operaciones militares en una zona que se ha identificado como un corredor de narcotráfico, convirtiéndose en un azote para los nativos de la región.

En Cali, tras una larga reunión entre el ministro de Defensa y el alcalde en la tarde del viernes, en la que expresaron su compromiso de trabajo conjunto, parece que cada uno interpretara de manera muy distinta lo ocurrido. Mientras el ministro jugó sus cartas mostrando un inmenso operativo con anillos militares, patrullajes de la Armada en el río Cauca, pie de fuerza y despliegue de fuerza, el alcalde prefirió adoptar una postura sin aventurarse en hipótesis criminales y con una defensa cerrada de los jóvenes víctimas para pedir el esclarecimiento de la verdad.

Y el asunto va mucho más allá de una simple anécdota sobre estilos e ideologías distintas. Si la delincuencia común y las bandas de microtráfico tienen arrinconados a los habitantes en ese sector de Cali, para el esclarecimiento de esos crímenes luce innecesaria toda la parafernalia militar. Y que conste que ello no quiere decir que Cali no esté requiriendo apoyos nacionales de Ejército y Armada, así como refuerzos policiales. Claro que los necesita.

Tan inconveniente resulta adoptar a priori narrativas peligrosistas que criminalizan a todos los jóvenes de sectores populares, como dañinos resultan los discursos que niegan la problemática real de seguridad ciudadana en la zona. El mismo error se cometería si en Samaniego se niega la presencia del narcotráfico, incluyendo capos, sus auxiliares y lugartenientes, sus lavaperros y sus incestuosos contubernios criminales con las guerrillas, o si se justifican estos hechos tenebrosos por la presencia localizada de tales protagonistas criminales.

Aceptar retóricas que minimizan la gravedad de lo ocurrido es un grave error. El Estado tiene que redoblar su presencia en estas zonas; los órganos de investigación, acelerar el paso; las autoridades, proteger a la población indefensa; las entidades que proveen servicios sociales, redoblar sus programas; los gobiernos locales y nacional, cooperar armónicamente, y todos a una deben rechazar cualquier intento de implantación de justicia por mano propia.

La historia ya nos ha dejado dolorosas lecciones. Cuando se empiezan a relativizar las masacres, florecen todos las expresiones asesinas de la justicia por mano propia. Las guerrillas se vuelven cada vez más brutales; los narcos, cada vez más asesinos; los paramilitares, cada vez más sanguinarios; la delincuencia común, cada vez más salvaje, y algunos agentes del Estado, en contravía de las directrices institucionales, cada vez más letales.

La respuesta inmediata, además de las voces de repudio, debe estar en investigaciones rápidas, transparentes y concluyentes.

JUAN LOZANO

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