Desprestigio generalizado

Desprestigio generalizado

Los colombianos no están creyendo en nada ni en nadie. Peligrosa situación.

08 de septiembre 2019 , 09:59 p.m.

Por el filo del precipicio transita Colombia, con un desprestigio generalizado de sus instituciones. Son dramáticas las cifras del último estudio de Gallup, recién salido del horno (Gallup Poll n.º 132, agosto de 2019).

Para citar solo algunos ejemplos, la Iglesia católica llega a su punto más bajo en cerca de 20 años (precario 51 % de imagen favorable). El Congreso, a uno de sus más altos registros de desfavorabilidad (75 %). Las Fuerzas Militares, a 58 % de favorabilidad, la marcación más baja en cinco gobiernos, por debajo, incluso, de la registrada durante el escándalo de los ‘falsos positivos’. La Policía Nacional sigue con un inquietante desfavorable de 52 %, por encima de un 43 % favorable.

La Corte Constitucional, a diferencia de lo que había sucedido a partir de su creación, lleva desde el segundo gobierno de Santos cargando con una imagen negativa que se ubica en 53 %, con un 36 % favorable. Por su parte, la Corte Suprema de Justicia, que tiene imagen negativa desde el 2012, registra una imagen desfavorable del 62 %, contra un escaso 28 % favorable. Y en el sistema judicial en su conjunto, el desfavorable está en 79 % versus un microscópico 15 % favorable. Casi lo mismo que los partidos políticos: 79 % desfavorable, 14 % favorable.

La clase empresarial colombiana, por su parte, no registraba marcaciones más bajitas desde 2002 (49 % favorable contra 42 % desfavorable), y frente a los medios de comunicación, las épocas en las que su imagen favorable rondaba el 80 % parece cosa del pasado. Hoy, el asunto es a otro precio. Su imagen favorable es de apenas 51 %, contra un alto desfavorable de 45 %.

Aquí no queda títere con cabeza. Parece caldo de cultivo para locos mesiánicos, para habilidosos populistas, para prestidigitadores de las extremas –o de la izquierda o la derecha– que con verbo encendido pretendan sacar réditos políticos de un panorama en el que la gente no les cree a los jueces, ni a los políticos, ni a militares, ni a los gobernantes, ni a los sacerdotes ni a los medios de comunicación.

Es un camino hacia el imperio de la anarquía, de la confusión, del desánimo, de la maledicencia, los odios, las iras y los desengaños. Así es como llegan al poder tipos como Maduro/Chávez o Daniel Ortega y como retornan figuras nefastas como el combo kirchnerista, que ya está acariciando el poder en Argentina.

Y no se trata de lanzar voces apocalípticas, de caos o destrucción. Tampoco, de instaurar una retórica llorona sobre lo mal que estamos, ni de miedo sobre un tenebroso futuro. Muy por el contrario. Escribo esta columna convencido de la capacidad de Colombia para remontar este momento y superarlo con esfuerzos colectivos, exigencias ciudadanas, respuestas institucionales y madurez democrática.

En cada estamento hay que sacar las manzanas podridas. Y freír los peces gordos. Y rectificar caminos. Sin vacilación. Llámense cura pederasta, senador ladrón, militar torcido, policía corrupto, empresario serruchero, juez untado. Una mezcla de repudio social, resortes éticos del sector y acciones judiciales individualizadas eficaces para que no se manchen los honestos resulta imperativa. Los buenos son más, y hay que mostrarlos, estimularlos, premiarlos y convertirlos en modelos por seguir.

Necesitamos promover y visibilizar los buenos ejemplos. Y promover las reformas estructurales retenidas frente a la justicia y el sistema político. Y se debe buscar una articulación de líderes virtuosos, mirando hacia el futuro, en los diferentes campos de la vida colombiana para identificar causas colectivas orientadas a proteger el bien común.

Este estudio, el más serio en su género, que se aplica con metodología constante en Colombia desde hace muchos años y llegó a su entrega #132, es un potente campanazo de alerta de tsunami, huracán y terremoto. Todavía estamos a tiempo. Y todos tenemos algo por hacer.

JUAN LOZANO

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