¡Dejen trabajar, dejen trabajar!

¡Dejen trabajar, dejen trabajar!

El Estado debe dejar de acosar y asfixiar a quienes quieren trabajar honradamente.

22 de septiembre 2019 , 10:44 p.m.

Clamor, exigencia, reclamo, todo eso entraña la voz de quienes quieren hacer empresa en Colombia pero se estrellan contra muros de indolencia, tramitomanía y burocracia, y repiten, a modo de letanía y mantra, dejen trabajar, dejen trabajar, dejen trabajar.

En efecto, eso fue lo que ocurrió en la exitosa asamblea anual de Fenalco, ‘La fuerza que une’, el gremio más grande de Colombia en número de afiliados, que sesionó hace tres días en esperanzadoras jornadas en Neiva, con la presencia de todos sus capítulos que cubren la plenitud de la geografía nacional y abarcan desde el más modesto tendero hasta las grandes superficies en varias decenas de sectores que representan todos los productos y servicios que los seres humanos consumen desde que nacen hasta que mueren.

Los comerciantes colombianos, con su testimonio de lucha, optimismo y perseverancia, constituyen un motor de progreso, bienestar y crecimiento de Colombia. Sin importar qué tan duras sean las tempestades, cada mañana abren sus establecimientos al público y sacan a relucir todas sus virtudes. Pero desde hace mucho tiempo vienen agobiados con una catarata creciente de exigencias absurdas, requerimientos, formularios, declaraciones, impuestos, contribuciones, tasas, pagos y trámites que los agobian y los azotan.

Es como si, no obstante todos los propósitos expresados de dientes para afuera, el Estado se empeñara en demostrar que es mejor ser informal que formal, que es mejor pasarse por la faja las normas que cumplirlas, o, peor aún, que es tan caro, tan engorroso, tan dispendioso, tan complicado y tan hostil cumplir con las normas que la informalidad paga.

A pesar de los esfuerzos sinceros del presidente Duque y de su buen ministro de Comercio, es tal la arquitectura kafkiana del absurdo regulatorio montado a lo largo de las décadas que las campañas sensatas de reducción de trámites se vuelven a estrellar una y otra vez con una maraña normativa, unas burocracias depredadoras y un Estado inconexo y anárquico incapaz de articular esfuerzos entre los distintos niveles territoriales.

Por eso siguen cayéndoles como chulos a los comerciantes formales, cada uno para llevarse su pedazo, los representantes de las entidades nacionales, de las entidades departamentales, de las entidades municipales y hasta de organizaciones como Sayco Acimpro.

Como si lo anterior fuera poco, el exceso de trámites, papeleos y documentos convierte a los comerciantes en presa fácil de extorsiones de funcionarios corruptos que terminan convenciéndolos, calculadora en mano, de que resulta más barato pagarles una comisión a los pícaros de escritorio que cumplir a cabalidad con las normas vigentes.

¿Por qué no unificar declaraciones y calendario tributario para los impuestos nacionales, departamentales y municipales? ¿Por qué no extender y hacer eficiente el famoso monotributo incorporándole otros pagos para facilitarles la vida y la contabilidad a los comerciantes pequeños? ¿Por qué no manejar con la lógica de ventanilla única todos los trámites municipales?

¿Por qué seguir abriendo ventanas para estimular amenazas de sellamientos, cierres y suspensiones de licencias de los establecimientos de comercio? ¿Por qué no habilitar más registros y servicios en línea para todos los trámites?

¿Por qué no apostar con audacia a un régimen sencillo de cobro, fiscalización y pago de las obligaciones de los comerciantes? ¿Por qué condenar a los comerciantes a que una parte sustancial de sus márgenes de utilidad se tengan que destinar a tinterillos, tramitadores, facilitadores e intermediarios dedicados a hacerles vueltas inútiles?

El ejemplo que está dando el Mincomercio lo deberían seguir gobernaciones y alcaldías: es la hora de pensar no en la comodidad de la burocracia, sino en el pellejo del ciudadano.

¡Dejen trabajar!

JUAN LOZANO

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