Cuatro setenta y nada

Cuatro setenta y nada

Vergüenza nacional que un tema crucial se maneje con desdén y negligencia.

03 de febrero 2019 , 11:41 p.m.

Mejor nos habría ido si la vieja Adpostal hubiera mandado en burro la carta hasta Washington. Ya el burro estaría llegando. O si hubieran enviado un marconigrama. Y de haberse presentado algún problema, por lo menos el burro algo rebuznaría, digo, o cuando menos soplaría, como mi amigo el Burro Mocho.

Pero aquí, salvo rebuznos de odio de extremos enfrentados en las redes sociales por este nuevo episodio de opereta, esta es la hora en la que no sabemos por qué diablos se perdió la bendita carta. 4-72 enmudeció, y todos sus funcionarios, que deberían dar explicaciones, parecen haberse contagiado de un virus despiadado y progresivo que en sus primeras etapas se manifiesta por la emisión de disparates; luego, por las disfonías; posteriormente, por las temibles afonías que abren la puerta al mutismo severo antes de que todos desaparezcan.

Lo que hasta ahora, varios días después, se sabe produce indignación profunda. Y, salvo que se trate de una conspiración criminal que se devele pronto –lo que francamente dudo–, estamos frente a un episodio antológico de negligencia corporativa digno de hacerse con la máxima estatuilla en los premios Carroña, que desde hace varios años se entregan en nuestro país.

Dice el informe de ‘Semana’: “La empresa 4-72 ha dado explicaciones reservadas según las cuales tuvo fallas logísticas. El paquete estuvo trabado varios días en Bogotá, dio vueltas en el área de detección de explosivos y después terminó en Panamá, en la filial con la que trabaja la empresa colombiana al distribuir remesas internacionales. Y allí, el viaje de la carta rogatoria se estancó por la congestión en el centro logístico, sin que nadie lo advirtiera oportunamente”.

Todo, de locos. O de ineptos. ¿Por qué “explicaciones reservadas”? Deberían ser públicas. ¿Qué originó las fallas logísticas? ¿Por qué el paquete estuvo trabado “varios días” en Bogotá? ¿Es que acaso no hay protocolos de envíos ni trazabilidad de la correspondencia confiada a 4-72? ¿Por qué dio vueltas en el área de detección de explosivos? ¿Cuántos días o semanas se toman allá para hacer una prueba de explosivos que toma minutos? ¿Por qué la enviaron a Panamá? ¿Por qué toleran que esté congestionado el centro logístico y no toman acción? ¿Y en ese centro en Panamá también son mudos, pues nadie habló? ¿O son ciegos, pues nadie vio la carta? ¿O tontos, quizás? ¿O perezosos? ¿O negligentes? ¿O todas las anteriores?

Sin embargo, a pesar de lo dicho, es claro que los únicos responsables de este enredo no son los de 4-72. Las cosas por su nombre. Todo empieza cuando la JEP –institución a la que respeto– decide autoproclamarse instancia en el proceso de extradición y pide unas pruebas que, en mi opinión, no le correspondía pedir, lo cual dilata el asunto, lo hace más complejo y les da pie a sus malquerientes para llenarlo de dañinas suspicacias. Con lo que obra en el expediente le basta y le sobra a la JEP para establecer lo de su resorte.

Luego, la JEP envía su comunicación, al parecer erradamente, a entidades que a su vez decidieron que no tenían la competencia para adelantar el trámite de marras, que era algo tan sencillo como enviar una carta. La Fiscalía así lo advirtió, y la Cancillería, a su turno, lo despachó con vientos frescos para donde sus colegas del Minjusticia con un taquito de fantasía empaquetado en un combito lavamanos que incluía desentenderse por completo del tema, como si la extradición de Santrich fuera un asunto menor. Y cuando el trámite llega a Minjusticia, la huérfana misiva emprende su trasiego por el hueco negro hasta los confines del olvido y la vergüenza.

Ahora lo único que falta es que la JEP diga que sus términos se vencieron por causa de este sainete, que no hay ninguna prueba contra el angelito y que le permitan volver pronto y en libertad al Congreso, donde la patria lo requiere. Ya veremos.

JUAN LOZANO

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