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Cuando gobierna un malandro

Cuando gobierna un malandro

Lo vivido en Arauquita prueba que el régimen venezolano se la jugó por sus aliados criminales.

Entre el extraño receso de Semana Santa con cara de tercer pico y los perturbadores aromas de la reforma tributaria que se está cocinando, para muchos ha pasado relativamente inadvertida la catástrofe humanitaria que ha ocurrido en la frontera colombo-venezolana.

Se calcula que más de 5.000 personas han salido huyendo de Venezuela, desde el estado Apure, y han ingresado a Colombia por Arauca, procurando salvar sus vidas ante los bombardeos y el brutal accionar de militares venezolanos contra los pobladores de la zona.

El sorpresivo accionar de la Guardia venezolana, habituada a tolerar que guerrilleros y narcos que operan en Colombia se paseen como Pedro por su casa en territorio venezolano, tomó desprevenida a la población civil. A fin de cuentas, ellos estaban acostumbrados a que en Venezuela fueran recibidos como héroes, los más tenebrosos capos de las guerrillas y las mafias colombianas. Entonces... ¿qué pasó?

¿Acaso le entró un repentino sentimiento de culpa al tirano y decidió contener la expansión del narco, del que tanto se han lucrado desde el ‘cartel de los Soles’? ¿Acaso rompió con el ‘cartel de los Soles’ y, tocado por las reflexiones eucarísticas de Semana Santa, procura deslindarse del narco como política de Estado?

Me pregunto: ¿será que un gobierno lleno de bandidos toma partido por unos bandidos, para defender a sus bandidos de otros bandidos, y actúa como un bandido más? A plomo limpio. También funciona con narcos. ¿Será que un gobierno lleno de narcos toma partido por unos narcos, para defender a sus propios narcos de otros narcos, y actúa como un narco más?

Las dimensiones de la tragedia humanitaria se incrementan cuando se conoce que son más de 1.200 niños que han llegado huyendo con sus padres, dejándolo todo atrás. Al régimen que martiriza a su país –ya está visto– parece interesarle más la buena salud financiera y militar de sus aliados de la narcoguerrilla colombovenezolana que la vida misma de sus connacionales.

Desde Colombia no nos podemos llamar a engaños. Es en ese entramado criminal en el que se produce la que ‘The New York Times’ (NYT) no ha dudado en llamar la mayor campaña militar en décadas. “Venezuela está llevando su campaña militar más organizada en años... el asalto –que comenzó con varios días de ataques aéreos que los expertos en seguridad describieron como el mayor empleo de capacidad militar venezolana en décadas– representa un cambio significativo... durante años, los funcionarios de Maduro han tolerado, y a veces incluso cooperado, con estos grupos armados... mientras movían drogas y otros contrabandos entre los países”, dice el NYT.

Algunos podrían decir, simplemente, que la sangrienta lucha que se está viviendo entre dos narcofacciones de las Farc en territorio colombiano se trasladó a Venezuela. Aunque territorialmente eso fue lo que sucedió, el asunto es mucho más complejo. Mientras en Colombia el Estado y la Fuerza Pública enfrentan a las dos narcofacciones, en Venezuela el Estado se asoció con un bando, y los enemigos de sus aliados se convirtieron también en sus enemigos. Y a sangre y fuego quedó demostrado.

La historia de Colombia está llena de ejemplos tenebrosos de lo que ocurre cuando funcionarios del Estado se asocian con unos criminales para enfrentar a otros criminales. Baste recordar la historia del cartel de Cali vs. el cartel de Medellín o la historia del paramilitarismo vs. las guerrillas.

En este caso, lo grave es que ya el malandro vecino se quitó el antifaz en materia de alianzas criminales y dejó absolutamente en claro que propende al mayor fortalecimiento logístico, el empoderamiento de cuadros y el multimillonario enriquecimiento de unas narcoguerrillas cuyo objetivo central es golpear con contundencia a nuestro país, su gente y sus instituciones.

Ojo con lo que viene.

JUAN LOZANO

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