Burradas que matan

Burradas que matan

Cero tolerancia con la irresponsabilidad y la negligencia.

28 de junio 2020 , 11:49 p.m.

Lo que se logró con la estricta cuarentena puede perderse entre rumbeaderos prohibidos, fiestas clandestinas, galleras ilegales, moteles disfrazados, amanecederos encaletados y parrandas desenfrenadas.

Alcaldes empeñados en sus ferias y fiestas, puñados de jóvenes rebeldes e impacientes, deudos que convierten los sepelios en focos potenciales de la pandemia y unos incrédulos que no quieren entender que el coronavirus es altamente contagioso, que no hay vacuna, que no hay ningún tratamiento certificado y que puede matar, nos ponen en peligro a todos. Los muertos en el mundo ya sobrepasan el medio millón y en Colombia, de cerca de 100.000 personas que se han contagiado, han muerto ya casi 3.000.

Cuando todavía retumban las imágenes de las peligrosas aglomeraciones del día sin IVA, que deben evitarse el próximo viernes, bastan unos ejemplos para entender la gravedad de lo que ocurre. En Natagaima, Tolima, decenas de personas salieron a las calles a celebrar el San Juan; en Codazzi, César, y Dibulla, Guajira, cortejos fúnebres musicalizados estremecieron a los vecinos; en Kennedy, Bogotá, en una de las zonas de mayor índice de contagios, encontraron en una gallera a 31 personas en estado de alicoramiento, apostando y bebiendo.

En Cali fue necesario crear un grupo élite para desactivar las fiestas clandestinas. El puente anterior fueron intervenidas más de 220 fiestas y en fines de semanas recientes se ha llegado hasta 270. Entre ellas, la del barrio Paso del Comercio mereció especial atención por tratarse de una muy concurrida fiesta sexual.

En Barranquilla, ciudad con una dramática situación frente al coronavirus, multaron a la funeraria que prestó sus servicios para un autodenominado sepelio carnavalero que desembocó en rumba callejera. En Medellín, la carroza fúnebre de un señalado criminal fue acompañada por una multitud a pie, en carros y en ruidosas motos de alto cilindraje.

En Medina, Cundinamarca, un preso trasladado con libertad condicional, portador de coronavirus, recorría las calles del municipio como Pedro por su casa, y en Ubaté una reclusa, contagiada también, y trasladada al municipio con el beneficio de casa por cárcel, organizó una super parranda en su casa con decenas de personas.

En la Comuna 13 de Medellín, ante la dificultad para asistir a un balneario, adecuaron una volqueta como piscina; en Cartagena allanaron 330 fiestas clandestinas y las autoridades auxiliaron a un menor, herido con arma de fuego mientras bebía junto con sus padres. En Cúcuta, las autoridades han encontrado muchas parejas en un motel de Boconó. En la cancha del polideportivo de las Orquídeas decenas de personas se congregaron para ver una final de fútbol. En fin.

Así no hay cuarentena que valga y pierden todo sentido el sacrificio económico y la pérdida de empleos. El Gobierno, los alcaldes y gobernadores tienen que hacer lo suyo, pero si la ciudadanía no actúa con responsabilidad, todo será en vano.

Las autoridades deben aplicar las sanciones más severas y no pueden seguir pintadas en la pared, siendo objeto de burlas y agresiones. En varios de los casos reseñados hay delitos de por medio. Se deben imponer sanciones económicas y exigir su cobro. Y ha llegado la hora de la máxima responsabilidad individual, del autocuidado, de la protección extrema de nuestra propia vida y de las vidas de los seres que amamos.

Aunque ni siquiera con la mayor precaución podremos estar 100 por ciento exentos del riesgo de contagio, cada uno de nosotros tiene que ser, con devoción, el primer respondiente de nuestro propio cuidado. Solo así, entre un ejercicio firme de la autoridad y una mayor responsabilidad individual y social, para bajarle velocidad al contagio podremos comenzar a torcerle el pescuezo a la pandemia.

JUAN LOZANO
En Twitter: @JuanLozano_R

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