El espíritu en las telas

El espíritu en las telas

La vestimenta podría tener también, y sobre todo, una función ‘espiritual’.

09 de octubre 2019 , 11:42 a.m.

Recuerdo que de niño detestaba ir con mi madre a comprar ropa, daba igual si era para su propia coquetería, si para escogerle a mi padre una vestimenta de trabajo adecuada, si se trataba de buscar el uniforme escolar de mi hermana o, incluso, si era para mí mismo, para el ‘estreno’. Odiaba ese tortuoso ir de tienda en tienda examinando pedazos de tela: que si esta franela no se estira, que si este pantalón es muy grueso, que si tal color es difícil de combinar, que si esto ya no se usa y aquello otro es lo que se usa, etc. ¡Lo odiaba! No es que considerara que la ropa no tuviera importancia, ¿cómo no va a ser importante si la mayor parte del tiempo, tanto en soledad como junto a otros, estamos vestidos? Por supuesto que la ropa amerita que le dediquemos buena parte de nuestro tiempo, sea escogiéndola –antes de adquirirla y antes de ponérnosla– o reflexionando sobre ella, que es lo que ahora hacemos. Lo que aborrecía con tal fervor de ir a las boutiques no era –o al menos eso me gusta creer– que se invirtiera tanto tiempo en ello, sino el criterio bajo el cual se emprendía dicha actividad. ¿Y cuál era ese criterio? Pues el más ‘natural’ (eufemismo de primitivo) de todos, el de cubrir nuestras necesidades: la comodidad (pensar en las condiciones climatológicas, por ejemplo), la aceptación laboral (que implica nuestra subsistencia) o vernos atractivos (correlato del deseo sexual y del más ‘natural’ de nuestros rasgos civilizatorios, la vanidad).

Se me ocurre que la vestimenta podría tener también, y sobre todo, una función, digámoslo así, ‘espiritual’. ¿No es acaso peligroso que esos trapos que usamos diariamente y que nos distinguen como seres civilizados no hagan alusión sino a necesidades primitivas? Recuerdo un pasaje de un tal Máximo de Tiro en el que se muestra que la vestimenta de los filósofos era ya un anuncio de su vida filosófica: Pitágoras, por ejemplo, que iba vestido de púrpura, color de los misterios, advertía así que portaba un saber divino; Sócrates, por el contrario, llevaba apenas un manto desgastado, que mostraba la humildad del que solo sabe que nada sabe; su discípulo Jenofonte iba siempre con uniforme de soldado, con coraza y escudo, representación de su filosofía combativa, y Diógenes, el cínico, que imitaba la apariencia de Hércules, indicaba que su filosofía era una dramatización de la virtud heroica.

Por otra parte, en el dandismo, que es la radicalización escandalosa de lo aquí dicho, el espíritu mismo se metamorfoseó en el atuendo usado. Quizás convertirnos en dandis sea demasiado (el heroísmo nunca ha sido cosa de nosotros, la mayoría), pero creo que de tanto repetir aquello de ‘no se juzga un libro por su portada’, nos hemos quedado sin saber qué leer, y que por creernos esa otra máxima que dicta ‘el hábito no hace al monje’, nos hemos quedado sin hábito, sin monje y sin nada.

Un dato curioso, que creo que no está de más agregar aquí, es que acompañar a mi madre a comprarme el disfraz para Halloween sí me llenaba de júbilo.

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