Que se callen

Que se callen

En plena crisis los expresidentes se dedican a peleas personales que a nadie importan.

13 de julio 2020 , 12:29 a.m.

Tiene razón Álvaro Uribe cuando señala que Colombia vive una “etapa prechavista”. Se equivoca al atribuirla a una conspiración de la izquierda. Venezuela llegó al chavismo por la obsesión enfermiza de poder de sus expresidentes Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, quienes por más de 30 años dominaron el escenario político del país vecino, sin permitir el relevo generacional en su clase dirigente. Las circunstancias de nuestro país hoy son similares, con sus expresidentes dedicados a las rencillas personales y las vanidades del poder en medio de una grave crisis institucional, económica y social.

Alfonso López Michelsen explicó en una de sus originales frases el significado de los expresidentes para los ciudadanos: “Somos como unos muebles viejos, que nadie sabe dónde poner en la casa”. Hoy más que nunca, esa afirmación resulta cierta. Fue muy diciente, hace unas semanas, el rechazo unánime de la opinión cuando Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe salieron presurosos a respaldar a la Vicepresidenta por el episodio de su hermano condenado por narcotráfico. Los colombianos no quieren saber nada de sus expresidentes, y ellos se niegan a comprenderlo.

César Gaviria se lució con una carta dirigida al columnista Daniel Samper Ospina. Con una prosa confusa y poco elegante, señaló que “Fajardo trató al Partido Liberal como una hez”, antes de aclarar que no está buscando puesto para María Paz. Semanas atrás promovió una carta de parlamentarios liberales con el fin de eternizarse en la dirección de un Partido Liberal que agoniza en sus manos.

Andrés Pastrana en las últimas semanas se destacó por buscar el puesto de subdirector de la Policía Fiscal y Aduanera para su edecán. En ese trascendental empeño, ante su fracaso inicial, resolvió hacer acusaciones muy graves contra el general Buitrago, sin pruebas ni indicios. Cada determinado tiempo conocemos de sus quejas burocráticas, que la semana pasada fueron sobre la Procuraduría.

La última actuación pública de Samper fue un confuso trino alrededor de los condenables hechos en los que integrantes del Ejército colombiano se vieron involucrados en múltiples casos de abuso sexual. Se generó un fuerte enfrentamiento con su comandante, Eduardo Zapateiro, sobre una supuesta política oficial de entrenamiento en las Fuerzas Militares para esas conductas que obviamente fue negada por la institución y posteriormente aclarada por el propio expresidente. El daño ya se había producido.

El expresidente Uribe es el campeón indiscutible. Todos los días agrede y descalifica a sus contradictores políticos, al tiempo que se defiende de las investigaciones judiciales que cursan en su contra. Su conocido método es cuestionar las instituciones cuando no sirven a sus intereses. Los colombianos nos acostumbramos a escuchar a Uribe sobre manipulación de testigos, vínculos con ‘paras’, defensa de sus exfuncionarios investigados y ataques al “castrochavismo”. Insulta, vocifera, polariza, amenaza a su antojo.

En plena crisis sanitaria y económica por la pandemia, con el desempleo más alto en décadas, un peligroso endeudamiento, la caída vertical de los ingresos y un pesimismo generalizado entre la población, los expresidentes se dedican a sus pequeñas peleas personales, que a nadie importan, y a cobrar por ventanilla sus cuentas. El único que no ha cedido a la tentación es Santos, cuya última aparición fue para defender, junto con otros expresidentes del continente, la presidencia del BID para Latinoamérica. Parece ser el único que entiende que los colombianos estamos aburridos de los expresidentes. Ojalá no se deje torear.

Lo mejor que le podría pasar a Colombia sería que los exmandatarios suscribieran un pacto sagrado para retirarse todos de la política activa e hicieran votos de silencio. Los colombianos se lo agradeceríamos. Si no lo hacen, de pronto Uribe tendrá la razón.

JUAN FERNANDO CRISTO

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