Yo el supremo

Yo el supremo

Decían que un meteorito vendría a destruir la Tierra; ya vino, es la especie humana.

05 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Hay quienes dicen que ‘Supermán’ López tenía que ser sancionado por darle unos coscorrones al advenedizo que se le atravesó en la penúltima etapa del Giro de Italia y lo tumbó de la bicicleta. Y sí: que lo sancionen, pues ha debido darle más duro. Con los pedales, si hubiera sido posible, con el sillín. No hay derecho a que un idiota de cachucha arruine así un momento para el que su protagonista estuvo entrenándose durante un año entero, o más.

Aunque esta frase me deja un nudo en la garganta, porque quizás ese de la aparatosa y ridícula caída era el ‘momento’ para el cual se había estado entrenando durante un año entero, o más, el pobre ‘Supermán’ López. Esa escena es más parecida a la vida, más reveladora, que cualquier otra: el ciclista que sube, el idiota que corre. Cada cual en lo suyo. Hasta que un misterioso azar los junta; la mano negra del destino los tumba a ambos.

Claro: el advenedizo de gorra no lo hizo a propósito; no fue un acto doloso y premeditado de su parte, pobre, no fue una conspiración. Lo cual es mucho peor, qué horror, porque entonces se trata de una idiotez espontánea y sin grandeza: un gesto inconsciente y festivo de quien no calcula, ni por un segundo, los alcances que él pueda llegar a tener. Es un tránsito lamentable de la insignificancia al desastre, del anonimato al fin del mundo.

Es la premisa del humanismo llevada a sus peores y más grotescas consecuencias: el hombre como medida de todas las cosas

Por eso esa escena me pareció también un símbolo muy elocuente del mundo de hoy, en el que cualquiera se vuelve muy rápido, y muchas veces sin ni siquiera merecerlo, el protagonista de las cosas, el centro de atención. Cualquiera se atraviesa en la carrera y cree que ese es su derecho; cualquiera lo arruina todo mientras se toma una selfi y una cerveza, “¡digan güisqui!”. Y existe la creencia absurda de que así debe ser, de que eso está muy bien.

Y no, no lo está. Las peores tiranías de la historia, desde el nazismo hasta el régimen del terror cuando la Revolución Francesa, nacieron de una idea desmedida y zalamera de la humanidad, de la multitud, del ‘pueblo’ como árbitro natural y protagonista inequívoco y único de todo. Esa tragedia se ha multiplicado en nuestro tiempo bajo el estímulo narcisista de las ‘redes sociales’, donde cada quien cree ser –y lo es, que es mucho peor– el centro del universo.

Es la premisa del humanismo llevada a sus peores y más grotescas consecuencias: el hombre como medida de todas las cosas. Pero no el hombre en tanto que individuo y creador, no, ‘Supermán’ López, digamos. Más bien el hombre del que hablaba Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: un sujeto multitudinario, colectivo y dictatorial; sumido en la turba para actuar desde allí. Vanidoso y vacío, repetido en mil caras que son siempre la misma. Un emoticón.

Leí hace poco que un famoso youtuber español fue multado y proscrito de internet por hacerle una broma a un mendigo: le dio unas galletas con crema de vainilla que en realidad era dentífrico. La obsesión por los likes y los seguidores; la presión para hacer y decir cosas cada vez más innecesarias y estúpidas con tal de que muchos las aplaudan. En Varsovia, hace una semana, una influencer de 17 años arruinó una estatua de más de dos siglos por hacer un video jocoso.

Pero la imagen más brutal de todas, por estos días, es la del monte Everest a punto de descongelarse por el calentamiento global, la polución y la basura. Mientras, una larga romería de turistas lo sube feliz y sin oxígeno, muchos de ellos muriendo en el acto. Hasta la cima, “¡digan güisqui!”. La humanidad ya hizo trancón en el Everest, ya hay fila allí también. ¿Pero dónde no la hay hoy, qué lugar está a salvo? Ninguno.
Decían que un meteorito vendría a destruir la Tierra; ya vino, es la especie humana.

catuloelperro@hotmail.com

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