Viejos oficios

Viejos oficios

Voceros de un mundo que sobrevive. Por eso hay que abrirles la puerta.

09 de octubre 2019 , 07:02 p.m.

Hace un par de días estaba tratando de empezar a escribir esta columna –la primera línea era otra, claro– y alguien timbró en mi casa. Vivo en un edifico viejo de esos que tienen el citófono al aire libre y cualquiera que pase por aquí, a cualquier hora, puede tocar donde se le dé la gana. Una vez un borracho estuvo timbrando durante horas en todos los apartamentos, a la madrugada, hasta que un vecino le gritó que estaba equivocado.

El borracho, con toda la razón, hizo cara de indignación, gritó “¡hijueputa!” y se fue. A veces pasa un predicador con un niño en una mano y la Biblia en la otra: ya en el barrio lo conocemos bien y nos le negamos por principio, cómo no. Y hay un despiadado personaje que siempre llega los viernes por la mañana y emite una sentencia brutal y duplicada: “Compro libros, compro literatura; compro libros, compro literatura…”.

Esta vez, sin embargo, la voz que me habló al otro lado del citófono, cuando le contesté, era muy conmovedora, la voz de un anciano. No le entendí muy bien lo que decía porque desde aquella madrugada funesta y obsesiva del borracho, lo juro, hay como una interferencia en todo el edificio, son los gajes del guayabo. Me asomé entonces por la ventana y lo vi: un señor mayor, en efecto, de sombrero y chaqueta de paño.

Mientras el afilador terminaba su trabajo, con inobjetable esmero, yo lo observaba maravillado, agradecido. No se merece menos quien es acaso uno de los últimos exponentes de su oficio

Salí a preguntarle qué quería, me contestó que estaba ofreciendo sus servicios como afilador de cuchillos. Me dijo que llevaba toda la mañana así, buscando dónde timbrar a ver si alguien lo necesitaba; pero en vano, añadió sonriente, resignado, parece que ya todos los cuchillos del mundo tienen el filo bruñido. Yo pensé en los míos, los de la cocina, y tampoco se me ocurrió que hubiera ninguno para darle.

Lo que sí tengo, le dije, es un cortapapel que nunca me ha servido para mucho: una pequeña espada de Toledo que hace años me regalaron unos amigos, pero con la que nunca he podido abrir nada, ni una carta ni un libro intonso. El filo es muy grueso, aunque bellísimo y esmaltado, y cuando uno trata de atravesar el papel con él no es un corte suave y preciso, como debería ser, sino forzado, lleno de pliegues y comisuras.

El afilador de cuchillos vio con pericia, con el ojo certero de un profesional, esa espada toledana. Sacó varias piedras que tenía en su maleta, escogió una. Y fue como un viejo ritual, eso era: el oficio prehistórico de sacarle filo a un cuchillo, nada menos y nada más, puliendo sus hojas. Hay sonidos que son un recuerdo de toda la humanidad, y ese del acero contra la piedra de agua, yendo y viniendo, una y otra vez, sin duda lo es.

Mientras el afilador terminaba su trabajo, con inobjetable esmero, yo lo observaba maravillado, agradecido. No se merece menos quien es acaso uno de los últimos exponentes de su oficio; una especie en vías de extinción. También hace años conocí a un calígrafo que vive o vivía de serlo, ojalá viva, aunque cada vez hay menos clientes para la buena letra. A él no le importaba, la suya siempre lo es.

El mes pasado leí en la prensa alemana la historia de Heino Fröhlich, un impresor que está vendiendo su negocio, en el cual lleva más de cincuenta años. Lo vende por un precio irrisorio pero con una sola condición, y es que quien se lo compre tiene que aprender a su lado, durante meses, los misterios de su profesión. Él sufre una enfermedad degenerativa que lo está paralizando y lo único que le importa es que no muera la tradición.

Quienes leen en papel este periódico lo hacen gracias a un sinnúmero de gente que trabaja en él. Yo no dejo de pensar en los linotipistas (gracias) y en el saber acumulado, e irremplazable, que vive en sus manos.

Voceros de un mundo que sobrevive. Por eso hay que abrirles la puerta, siempre. Y al borracho también.

catuloelperro@hotmail.com

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