Ver el bosque

¿Qué quedará en el futuro de todo el ruido y el desgarramiento de nuestro presente?

11 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

La historia solo se comprende del todo con el paso del tiempo, y a veces ni siquiera así. La masa informe de sus hechos adquiere claridad cuando ya son relato y evocación: cuando ya ocurrieron, cuando su contorno definitivo se hace visible con la distancia. El presente es una lupa que aumenta su propia textura y magnifica todas sus fibras; el futuro, la historia por venir, es un catalejo que lo va poniendo todo en su lugar.

Por eso no hay que fiarse tampoco en exceso del sentido que suele tener para sus contemporáneos la historia, pues muchas veces, no siempre, hay un error de cálculo y de percepción: lo que en su día pareció muy grave y trascendental resulta que con el tiempo no lo fue tanto, y muchas cosas que parecían insignificantes o incluso inexistentes quizás después se revelan como una verdadera tragedia universal. No se sabe, hay que esperar.

Por eso se suele abusar tanto y con total impunidad y largueza del adjetivo ‘histórico’, asignándoselo a todo, muchas veces con más entusiasmo o ingenuidad que don profético y acierto: la historia agita su guadaña sin concesiones ni cursilerías, y lo que les parece ‘histórico’ a quienes así lo llaman se borra por lo general muy pronto, se diluye en el olvido o la intrascendencia, se difumina para siempre.

Basta leer, por ejemplo, las cartas de alguien hace un siglo, sus cartas o su diario personal: la percepción de ese presente allí escrito y ya vuelto historia y memoria nos conmueve y nos deja ver una cantidad de preocupaciones y juicios que con el paso del tiempo, luego, parecen absurdos, desmedidos. Cada quien pertenece a su época (faltaría más que no) y la ve más grande y más grave de lo que en realidad es.

Siempre recuerdo las cartas que alguna vez leí de Antonio José Caro, un delicioso personaje bogotano que vivió en Europa a principios del siglo XX. Era hijo de don Miguel Antonio Caro, el político más importante y sabio de la historia de Colombia; al menos eso aseguraban sus contemporáneos. Antonio José, en cambio, era lo que entonces se llamaba un ‘tarambana’: un espíritu ligero y festivo, un ingenio de salón.

Pobre Antonio José, sobre el que alguien tendría que escribir algún día una novela: naufragó en un vapor, el Monserrat, cuando regresaba a Colombia para gerenciar este periódico, que en sus manos también habría naufragado, todo hay que decirlo. Porque el delfín era noble y divertido pero un desastre para lo práctico, aunque fuera ingeniero, y su aversión a la realidad quedó más que probada como cónsul en París y en Londres.

Allí escribió sus mejores cartas, hoy conservadas como el tesoro que son en el archivo del Instituto Caro y Cuervo. Un testimonio revelador de la Europa que fue a la Primera Guerra Mundial, ese abismo visto con los ojos de un bogotano brillante y desastrado que lo iba contando todo como si estuviera todavía en La Candelaria. De hecho su alma seguía en alguna esquina de la Plaza de Bolívar mientras el mundo se le caía encima en París.

Y en una carta, escrita el día en que empezó la guerra, la ‘Gran Guerra’, les dice Antonio José Caro a unos primos suyos en Bogotá: “Esta será la guerra más atroz que verán los siglos; pero nada se compara con la jaqueca que anoche tuvo mamá...”. Ahí está la historia, entre la lupa del presente que lo magnifica todo –todo: lo que de verdad es grande y lo que no– y el catalejo implacable del futuro, con el que por fin se ve el bosque.

¿Qué de lo que hoy nos parece tan ‘histórico’ lo será de verdad? ¿Qué quedará en el futuro de todo el ruido y el desgarramiento de nuestro presente? Es difícil intuirlo con certeza, más en una época, como la nuestra, tan dada a la sobreactuación.

Quizás en cien años lo descubramos. No se sabe, hay que esperar.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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