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Un líder infalible

Un líder infalible

Es en el entorno político donde esa figura tóxica y nociva sigue causando los peores estragos.

08 de diciembre 2021 , 10:14 p. m.

De las atroces y absurdas leyes e imposiciones del nazismo hay varias que hoy parecen más bien las de una vulgar opereta, porque eso fue también ese horror. Recuerdo algo que alguna vez leí en un libro de Friedrich Torberg, creo, la historia de un amigo suyo en Alemania que era manco de los dos brazos y tuvo que sacar un salvoconducto, que siempre llevaba colgado del cuello, para justificar por qué no hacía el saludo romano.

Ese saludo se lo copió Hitler a Mussolini y en Alemania llevaba su nombre: ‘el saludo de Hitler’, la mano derecha levantada hacia adelante. No hacerlo ante el líder podía acarrear severas sanciones, por eso quienes carecían de brazos, o aun solo del brazo derecho, tenían que someterse al humillante trámite de sacar un permiso para exculpar su incumplimiento de la ley. O eso es lo que contaba Friedrich Torberg de su amigo alemán.

También imperaba en la Alemania del nacionalsocialismo un principio político, jurídico, moral y militar, ese sí muy documentado y estudiado, que era el de la ‘infalibilidad del líder’, el llamado ‘Führerprinzip’: la idea de que el líder no solo nunca se equivoca sino que su voz iluminada está por encima de cualquier crítica y razonamiento. “El líder habla, nosotros seguimos” era el lema de tan macabro ideal.

Un ideal que no se inventaron los nazis y que había postulado antes, entre otros, el conde de Keyserling, un filósofo estonio de origen germánico, magnífico escritor, que decía eso: que en la vida hay seres superiores que vinieron al mundo a mandar y a exigir pleitesía, y que por su talento y por sus luces había no solo que permitírselo sino acatar sin reparos su voluntad y su autoridad, su acción providencial.

Esa era una teoría elitista en la que coincidieron muchos autores de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: la idea desquiciada y obscena, surgida del terror a las masas y a la revolución y del desánimo colectivo en Europa después de la Primera Guerra Mundial, de que pronto iba a llegar una renovación espiritual de la mano de los mejores hombres: los grandes conductores que vendrían a darle un nuevo brío a la decadente sociedad occidental.

Pero como tantas veces ocurre, la teoría es el preludio del infierno y ese principio de la ‘infalibilidad del líder’ desembocó en el nazismo: la sublimación monstruosa del culto a la personalidad, la propaganda, la concentración de todo el poder en un solo hombre, cuyo destino se fundía con el de su pueblo hasta crear un sistema represivo en el que los mitos más necios, como el de la raza, terminaban por justificar los crímenes que fuera.

Ese concepto del ‘líder infalible’ ha sido analizado luego en muy distintos ámbitos, en particular el laboral, para plantear los problemas y tensiones que puede haber entre la autoridad y la legitimidad de un jefe, por ejemplo, y la capacidad crítica de sus subalternos. ¿Dónde están los límites del mando? ¿Cómo compaginarlo con el trabajo en equipo? ¿Cuándo el culto a la personalidad de los superiores arruina la suerte de toda una organización?

Pero es en el entorno político donde la figura tóxica y nociva del ‘líder infalible’ sigue causando los peores estragos. No hasta llegar al extremo oprobioso del nazismo, no todavía, por suerte, pero sí es una figura que cada tanto, en muchas partes, reaparece con los más variados ropajes ideológicos y personales. Al final se trata siempre del mismo fenómeno, el de la tentación totalitaria. ¿Cómo detectar esa tentación antes de que sea demasiado tarde?

¿Cómo conjurar a tiempo su perversa sombra que aliena aun a los que parecían más sensatos? Es muy difícil, ya se sabe.

Pero si una causa (una cauda, con su caudillo) se vuelve indigno rebaño, lo más probable es que vaya camino del abismo.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

(Lea todas las columnas de Juan Esteban Constaín en EL TIEMPO aquí).

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