Todo un complot

Todo un complot

Mucha gente se resiste a que las cosas sean como quizás son. Algo más debe de haber, imposible.

20 de mayo 2020 , 07:51 p.m.

El periódico alemán 'Die Zeit' le dedicó su edición de la semana pasada al tema casi risible aunque también aterrador de las teorías de la conspiración y el síndrome del complot: la costumbre tan común, en tanta gente, de creer solo en explicaciones absurdas y truculentas para todo lo que ocurre en la realidad. Y cuanto más absurdas y truculentas sean esas explicaciones, mejor.

Se trata de un fenómeno antiguo como pocos, presente en todas las culturas: el fenómeno del misterio y el secreto; atribuirles a fuerzas innombrables y maquiavélicas, invisibles, implacables, la decisión y la voluntad de todo lo que pasa en el mundo. Umberto Eco lo dijo en una brillante conferencia del año 2015: las teorías de la conspiración son puro hermetismo de manual, puro esoterismo.

Se supone que Hermes Trimegisto –de ahí el adjetivo de lo hermético, hoy aplicado a los yogures y las papas fritas– fue un dios y un personaje mitológico que además escribió unos libros en cuya sabiduría recóndita había que iniciarse como en una secta y una religión, una doctrina mistérica. La suya fue una figura clave cuando se encontraron la cultura egipcia y la cultura griega, y su nombre se volvió el símbolo de lo esotérico y lo oculto.

Desde entonces, desde la Antigüedad, el hermetismo ha sido un método y una tradición: una forma elevada y cifrada del conocimiento, para algunos, sí, pero también, para otros, la obsesión recurrente de querer rastrear siempre, en todas las cosas, un doble fondo y un conjunto de razones y motivos misteriosos y oscuros (oh) que las explican y les dan sentido más allá de lo evidente.

Insaciables grupos de poder, exclusivas cofradías, fraternidades internacionales o interplanetarias o intergalácticas: las almas conspirativas siempre tienen una razón revelada para explicarlo todo. Ellas sí saben lo que nosotros no; ellas guardan información privilegiada, algún libro que cuenta la verdad de las cosas. Los Masones, los Rosacruz, los Templarios, los Illuminati: “Vengan a ver yo les cuento lo que nunca les han dicho...”. Oh.

Y en tiempos frágiles como este del coronavirus, por supuesto, el espíritu del complot se exacerba y se sale de madre; aún más, que ya es mucho decir. Y todos los exabruptos circulan de mano en mano, de teléfono en teléfono, las teorías más absurdas, las explicaciones más descabelladas. Mucha gente no quiere creer en lo normal, mucha gente se resiste a que las cosas sean como quizás son. Algo más debe de haber, imposible que no.

Es el mismo principio que Coleridge les asignaba al arte y la ficción, el principio de la ‘voluntaria suspensión de la incredulidad’: dejarse llevar por el relato, creer en él. La literatura es un acto de fe. Solo que en las teorías de la conspiración es al revés, pues quienes se aferran a ellas descreen de todo y lo consideran prosaico, indigno, engañoso, ingenuo. Todo, salvo el delirio. Eso sí tiene sentido, eso sí es creíble.

En su magnífica conferencia decía Umberto Eco que el ‘complotismo’ y el ‘conspiracionismo’ (llamémoslos así) son un delicioso divertimento desde el punto de vista histórico e intelectual, como un objeto de estudio. El problema es cuando su lógica retorcida se masifica y se vuelve una fuente permanente de información y debate, como ha pasado en el mundo de hoy con las llamadas ‘redes sociales’.

Entonces el sentido de la realidad se distorsiona y ya muchos no creen en nada sensato o verosímil, y ni siquiera en nada verdadero, porque la presunción es siempre la más siniestra: qué nos están ocultando, quién nos lo está ocultando. ¡Cuidado!

Decía Oscar Wilde: “El hombre puede creer en lo imposible pero no en lo improbable”. Ahora ya cree en todo, solo si es absurdo.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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