Todo allí

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“La causa del Cauca es la de todos”, dijo Obando en 1860. Y lo es hoy también.

06 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Lo único bueno que tiene la tragedia atroz que está viviendo el Cauca, mi departamento, si es que algo de bueno tiene esa tragedia, es que parece que por fin el resto del país se está dando cuenta, ahora sí de verdad, de que allí, en ese olvidado pedazo de tierra en el sur de Colombia, está el nudo gordiano, el centro de todos nuestros problemas como sociedad. Y si el Cauca no se salva, lo demás tampoco lo hará.

Así ha sido casi siempre en la historia de Colombia, además, y esa especie de ‘república independiente’ del sur, con todos sus enmarañados conflictos de clase y de raza, los conflictos por el poder y por la tierra, que es una redundancia, ha sido también el punto de partida de nuestras guerras más terribles; el origen, desde la independencia, de los desafíos más profundos a la construcción de un Estado que funcione en este país tan diverso.

Es una gran paradoja que han señalado quienes han estudiado el tema: la de la importancia política, cultural y económica que el Cauca tuvo durante el periodo colonial, y la de su indudable declive, hasta caer casi en la insignificancia, durante la república, sobre todo después de la segunda mitad del siglo XX. Un departamento que cuando fue Estado soberano en 1863 colindaba con el Ecuador, Brasil y Venezuela.

Colombia es un país que tiene más territorio que Estado. Y eso, en términos históricos, ha significado siempre que distintas formas de la ilegalidad y la violencia ocupen el espacio, llenen los vacíos

Pero la sola enunciación de esta paradoja es también su explicación, porque la historia del Cauca es la de una sociedad que perteneció, y pertenece, al orden colonial, cuyas estructuras señoriales de dominación y de exclusión se quedaron ancladas en su pasado ideal y eterno, “nostálgico pozo de olvido”, mientras la modernidad las dejaba al margen o las usurpaba en su versión más violenta y corrupta. Eso es lo peor, ahí está el problema.

Porque en últimas, ahora que estamos en el año del bicentenario, se supone que ese era también el mito de la independencia y la proclamación de la república: el del ‘Progreso’ (así en mayúsculas); el del desmonte del viejo orden para imponer un modelo, más allá de todo lo que uno lo pueda criticar, que era el de la democracia, el liberalismo y el capitalismo: la modernidad, mejor dicho. La modernidad.

Ese modelo tuvo aquí, en el siglo XIX, distintas expresiones, muchas de ellas exitosas aunque no menos contradictorias y opresivas: la del latifundismo industrial en el Valle del Cauca, por ejemplo, o la de la llamada ‘colonización antioqueña’. Eso, mientras se iba dando la difícil empresa de la invención de un Estado democrático y de derecho; la invención de la nación. Y el Cauca se quedó por fuera de esa historia. No atrás, afuera.

Con sus élites pauperizadas y anacrónicas, cerradas, incapaces y desdeñosas de una modernidad que sin embargo, y quizás por eso mismo, jamás llegó. Y abajo, bullendo como un volcán, los conflictos étnicos de los pueblos indígenas y negros que habían soportado, de maneras muy distintas y complejas, esa estructura de la hacienda y la minería. Y los conflictos de clase, los conflictos políticos y sociales. Una bomba.

Colombia es un país que tiene más territorio que Estado. Y eso, en términos históricos, ha significado siempre que distintas formas de la ilegalidad y la violencia ocupen el espacio, llenen los vacíos. La maldición del narcotráfico no ha hecho más que inundar esa estructura; adueñarse de ella. Y donde más conflictos hay, donde más zonas grises se abren entre la Constitución y la realidad, entre la ley y la vida, peor es su estela de muerte.

Es lo que ha estado pasando en el Cauca. Pero desde hace mucho, además, muchísimo: desde hace décadas, solo que cada día es y será peor. Y hay que hacer algo, porque ahí se juega la suerte de Colombia.

“La causa del Cauca es la de todos”, dijo Obando en 1860. Y lo es hoy también.

catuloelperro@hotmail.com

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