Suave y hermoso

Suave y hermoso

Jonathan Swift pensaba sus textos en función de las miserias que pudiera señalar de su sociedad.

29 de mayo 2019 , 09:44 p.m.

No deja de ser muy curioso, y muy revelador, que algunos de los autores más célebres de la literatura infantil, algunos de sus clásicos, fueran en realidad espíritus huraños y retorcidos que odiaban la especie humana –así, en su conjunto, y con toda la razón–, o al menos su versión latente y autoritaria, los niños. Porque además esos autores creían estar escribiendo cosas de y para adultos, sin pensar jamás en las manos en que iban a caer.

Fue el caso, por ejemplo, de los hermanos Grimm en el siglo XIX, cuya pasión real en la vida era la filología germánica, una ciencia del lenguaje llena de sutilezas y matices que al final terminaría siendo, en el colmo de la distorsión, uno de los fundamentos filosóficos del nacionalsocialismo, del nazismo. Lo cual tampoco era culpa de ellos dos, ni más faltaba, pues su obsesión había sido más bien la de descifrar todos los misterios de la lengua alemana.

Entonces hicieron lo que les dio más fama y más gloria y más importancia; que no eran sus mitologías, ni sus gramáticas ni sus diccionarios. No. Hicieron una recopilación de las historias populares e infantiles que circulaban de boca en boca y de mano en mano (y de siglo en siglo) en todas las regiones de Alemania, pero no porque les gustaran los niños, en absoluto, sino porque sabían que allí, en esas brasas, duerme la biografía de cualquier idioma.

En él sugiere –y aún más que eso– que una buena fórmula para acabar con el hambre en Irlanda y con las penurias de las familia que tenían niños pequeños era cocinarlos a todos

Esos son los 'Cuentos de los hermanos Grimm': unas historias atroces, muchas veces, llenas de avaricia, antisemitismo, antropofagia, lascivia y depravación. Solo que luego llegaron los dibujos animados, empezando por los de Walt Disney, para darle a ese edificante universo un tono de princesas, bosquecillos, ardillas y riachuelos. Eso por no mencionar que los hermanos Grimm vivían en franco concubinato, los dos, con una menor de edad.

Pero el caso que más me gusta e interesa, en esta materia, es el de Jonathan Swift, autor de los Viajes de Gulliver y una de las cimas de la prosa inglesa de todos los tiempos. Un espíritu crítico y mordaz como no había otro, además, que pensaba sus textos, incluido el de Gulliver, sobre todo ese, en función de las miserias que pudiera señalar de su sociedad: una sociedad dogmática, hipócrita, mezquina, estúpida. Una sociedad de homúnculos a la que había que parodiar.

Contra ese mundo se revolvió Swift (1667-1745) desde muy joven, primero en su natal Irlanda y luego, cuando quedó huérfano, en Inglaterra, donde se hizo sacerdote anglicano. Hipocondriaco, como toda la gente decente y enferma, fue también enamoradizo y melancólico: sus cartas de amor, que aquí estoy leyendo, son un tratado de filosofía y sensatez. En una le dice a una pretendiente: “La impaciencia es la norma del amante y de todo aquel que busque la desgracia”.

Swift, como se sabe, escribió un polémico y bellísimo ensayo llamado Una modesta proposición. En él sugiere –y aún más que eso– que una buena fórmula para acabar con el hambre en Irlanda y con las penurias de las familia que tenían niños pequeños era cocinarlos a todos: hacerlos parte de la dieta diaria de ese país tan cristiano, que así se iba a ver aliviado, de un solo golpe, de sus dos problemas más graves, el hambre y la pobreza.

A los 32 años, Swift registró en una notaría un documento solemne con el título de ‘Intenciones para cuando esté viejo’. Dice así: “No casarme con una mujer joven. No frecuentar jóvenes, a no ser que ellos lo quieran. No querer a los niños (no dejar que se acerquen). No contar una y otra vez las mismas historias a la misma gente. No ser codicioso. No recordar mi belleza ni mi fuerza ni mi suerte con las mujeres. No hablar mucho, menos de mí mismo”.

Y acaba: “No proponerme cumplir estas normas”. Jamás.

catuloelperro@hotmail.com

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