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Señoras y señores

Señoras y señores

Esa es la edad de quiebre, sin duda, los 40 años. Ese día dejamos de ser jóvenes para siempre.

04 de agosto 2021 , 08:03 p. m.

Al mundo le está pasando algo muy grave, y es que los jóvenes dejamos de serlo. Nos despertamos un día –ayer nomás– y nos dimos cuenta de que ya no somos lo que fuimos durante toda la vida, los jóvenes. Nos parece inconcebible: nos miramos al espejo y somos los mismos pero ya no somos iguales. Nuestra alma sí, quizás, sentimos que por dentro nada ha cambiado. Pero la imagen que vemos es la de un señor o una señora.

Esa sola categoría, la de ‘señor’ o ‘señora’, fue siempre para nosotros un mantra lejano e invocatorio: algo que les decíamos a los viejos, allá ellos, pero que nunca nos imaginamos que un día nos cupiera y alguien nos lo fuera a enrostrar como si nada. Mi hermana dice que ese fue el primer momento de su vida en que se sintió vieja de verdad: un día que un niño dijo “esa señora” y se refería a ella.

Un amigo dice que él está tan viejo (tiene 60 años) que no se está volviendo un señor sino una señora, y así se siente cuando se asoma en su reflejo: el pelo, las manías, la papada, las obsesiones, los resabios: todo le confiere un aire matronal que además le encanta, porque es como si ese fuera el estado natural de su edad de ahora, que para mí alguna vez fue tan lejana que parecía más una abstracción, una cifra absurda e imposible.

Dentro de menos de veinte años yo tendré la edad de mi amigo, y ahora sé que veinte años no son nada y se consuman (y consumen) como un chasquido. Me acuerdo de lo que una vez dijo Javier Marías, y es que cumplir 40 años le dio durísimo, casi lo acaba. Pero además le ocurrió algo que nos ocurre a todos los que pasamos por allí, y es que luego cumplió 45 años y seguía diciéndose: “¿Cómo es posible que yo tenga 40 años?”.

Esa es la edad de quiebre, sin duda, los 40 años. Ese día dejamos de ser jóvenes para siempre, dígase lo que se diga. Hasta los 39 uno como que está todavía del otro lado, sigue siendo lo que era. Es una ilusión y una tontería, sí; por eso mismo es tan bella y tan cierta y sobre todo tan necesaria. Pero las cuatro décadas se nos vienen encima como un vendaval, de la nada, y luego es ya todo distinto.

Cuando uno es joven tiene dos certezas inamovibles, entre otras: la primera, que nunca antes en la historia también había habido jóvenes; y la segunda, que la juventud es eterna. Por eso nos producían tanta inquietud (ahora sabemos que era nostalgia) las fotos juveniles de nuestros mayores: verlos allí casi como contemporáneos nuestros, a través del tiempo, nos parecía un anuncio y una confirmación aterradores de la vejez.

Durante décadas (casi tres, para ser exactos; pero creímos que no tendrían fin) oímos hablar de nosotros como “los muchachos”. Ahora somos nosotros los que hablamos de otros así, ¿a qué horas pasó todo? Yo solía decir que crecer es darnos cuenta de que ya no somos Kevin Arnold sino la voz que lo recuerda. Un amigo me dijo el otro día con absoluta resignación: “Yo ya soy el papá de Kevin Arnold”.

Mi generación fue la de los jóvenes; como todas, solo que no lo sabíamos. Y ahora dejamos de serlo. Y en este caso creo que dos cosas nos abrieron los ojos y nos pusieron los pies sobre la tierra: el covid, para empezar, y luego la vacuna contra el covid. Sentir que estábamos en la edad de riesgo fue un golpe inaceptable, casi tan grave como el virus mismo, y ver a nuestros contemporáneos en la fila de la vacuna fue un espejo brutal e inapelable.

Yo fui metido a viejo desde chiquito así que dejar de ser joven no me ha parecido tan grave ni tan malo. Por el contrario, me siento cada vez más cerca de la edad que siempre creí y quise tener y que es la de muchos de mis amigos más cercanos y vitales: 80 años. Ellos saben quiénes son.

Pero igual me siento raro, distinto. Quizás son cosas de muchachos.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

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