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Saber oler

Saber oler

La lectura es también, o puede serlo, una experiencia olfativa.

01 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Lo que a nosotros nos gusta es oler los libros; leerlos también, si se puede, pero ese es otro tema. Lo que queremos es catar su aroma y distinguir en él casi todo, desde la época y el lugar en que ese ejemplar fue publicado hasta el sabor del texto, por qué no. Para mí es un dogma que no estoy dispuesto a discutir con nadie porque no lo puedo ni siquiera explicar, pero estoy seguro de que el olor de los libros anuncia su calidad.

O por lo menos la conserva más que anunciarla: la guarda en nuestra memoria, que es el verdadero corazón, y allí se añeja y se decanta hasta que otra vez estemos ante ese olor único que nos devuelve de inmediato a la experiencia y el recuerdo de haber leído ese libro, como si lo que él contiene se despertara de nuevo y a través de los sentidos se nos volviera a revelar y a hacer presente.

No se trata de establecer comparaciones odiosas e inútiles, pero esa es una ventaja indudable que tienen los libros de papel sobre los libros digitales: el olor, la vida. Porque ya está más que comprobado, aun por la ciencia, que hay ‘dispositivos de la memoria’ que la activan y la desatan, verdaderos detonantes que la hacen funcionar más rápido y con mayor precisión y que la mantienen en pie incluso cuando ya se está difuminando.

Cuentan que García Márquez, ya presa sin remedio de la demencia y el olvido, esa peste del olvido que él mismo profetizó en Cien años de soledad, podía cantarse de memoria todos los vallenatos de su infancia y juventud y podía declamar sin titubeos todos los versos del Siglo de Oro. ¿De memoria? Pues sí: no es otra cosa la música, no es otra cosa la poesía. Y además son lo mismo.

Es lo que pasa también con ciertos sabores (no todos, claro que no, si no qué gracia) que nos devuelven de inmediato a nuestra infancia o algún momento de nuestra vida que se quedó allí alojado, para siempre. No lo sabemos, no somos conscientes de ello hasta que la lengua nos lo recuerda. Y entonces, de golpe, un solo mordisco o un trago nos devuelven en el tiempo y nos hacen vivir de nuevo, en la memoria, ese instante.

Es lo que muchos psicólogos y escritores y filósofos llaman el efecto o el fenómeno de “la magdalena de Proust”: ese pastel cuyo sabor suscita, en el narrador de En busca del tiempo perdido, todas las evocaciones y reflexiones que son, que constituyen esa novela inagotable y bellísima que se ocupa justo de eso, de la vida como un suceso literario que tiene sentido cuando la vemos por fin como un recuerdo, un relato.

Esa es una ventaja indudable que tienen los libros de papel sobre los libros digitales: el olor, la vida.

Es interesante porque en el español de América la magdalena se llama de muchas otra formas, creo, y ahora todo el mundo le dice cupcake, que es su nombre en inglés. Para nosotros en Colombia fue siempre el viejo ponquecito Ramo que no sé si exista todavía, y con el cual me pasa lo contrario de lo que estoy diciendo: su sabor es un recuerdo imborrable para mí, casi tanto como la proeza de poder comérmelo sin el papel que lo cubría.

Mejor dicho: ahora tengo clarísimo en la mente el sabor del ponqué Ramo, y hace años que no me como uno. Ese sabor es hoy para mí un recuerdo, basta cerrar los ojos. Pero nada como el olor para atizar el fuego de la memoria: nada como rastrear en él las huellas del tiempo pasado. Por eso la lectura es también, o puede serlo, una experiencia olfativa, no se nos olvida el olor de los libros que nos hicieron más felices.

Es porque saben –huelen– a vainilla, según leí en un artículo hace poco. El proceso químico de la descomposición y transformación del papel durante los años y los siglos hace que la lignina, una sustancia que está en la madera, produzca ese olor que combinado con el del pegante y el de la tinta, y el del tiempo, es irresistible.

Y eso es lo que queremos, por eso, oler libros.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

(Lea todas las columnas de Juan Esteban Constaín en EL TIEMPO, aquí)

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