Que no nos pase

Que no nos pase

Pasa todo el tiempo en internet: que lo inesperado es siempre mejor que lo que uno buscaba.

12 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el príncipe, el maestro, que una de las formas más elevadas del conocimiento y la felicidad es la del conocimiento inútil, la curiosidad como un fin en sí misma, la pasión por saber y descubrir y atesorar cosas que en un principio parecen inservibles o insignificantes y que sin embargo nos regalan un placer culposo y descomunal: la alegría sola de encontrarnos con ellas, para qué más.

Ahora: ningún conocimiento verdadero es inútil o innecesario; la curiosidad como método científico –o como uno de sus fundamentos, al menos– nunca decepciona ni está mal. Y lo que Lampedusa decía lo decía de Sir Thomas Browne, un maravilloso autor inglés del siglo XVII que en sus tratados hablaba de lo que se le diera la gana, sin parar, con una prosa deslumbrante, mientras el lector jamás sale de su asombro y maravilla.

Esa es una de las mejores cosas de los archivos o las bibliotecas, por ejemplo, y es que uno por lo general entra en ellos buscando algo en concreto, y se le cruzan veinte o treinta descubrimientos distintos que además suelen ser mucho mejores y más interesantes que aquello por lo que llegó allí. Pasa también todo el tiempo en internet (ese gran archivo, esa gran biblioteca): que lo inesperado es siempre mejor que lo que uno buscaba.

Hace unas semanas me pasó que abrí el libro de Edward Gibbon sobre el Imperio Romano, 'Declive y caída del Imperio Romano', quizás el mejor libro de historia que se haya escrito nunca, y lo hice porque quería precisar unos datos que hay en él sobre el paso del cometa Halley en tiempos de Justiniano, en el siglo VI. Nunca llegué allí, sin embargo, porque como siempre pasa con Gibbon todo lo demás resultó mucho más interesante.

En especial la historia del filósofo Olimpiodoro de Tebas, gran escritor, alquimista, diplomático, historiador, quien ponía en su tarjeta personal una declaración de principios que hoy parecería absurda, casi una contradicción en los términos: “Profesión, poeta”. Pero además, y esto es lo mejor, adonde iba Olimpiodoro llevaba consigo un loro, del que dice Gibbon que cantaba en latín como un ruiseñor y en griego clásico también.

Pero la historia que me encontré ayer, en un periódico de 1922, es de verdad increíble; para mí lo sería si no la hubiera leído anoche mientras buscaba otra cosa. Es la historia, la noticia, de Arthur Whitney: un soldado neoyorquino herido en la cabeza durante la Batalla de Montfaucon, en la Primera Guerra Mundial, donde perdió la memoria. Y al regresar a su patria regresó como un hombre nuevo, pues no se acordaba de nada.

Se casó, tuvo hijos, se hizo policía. Y un día lo atropelló un camión y estuvo durante un mes en el hospital, en coma. Pero al despertar algo muy raro había ocurrido con él, y es que se acordaba de todo hasta el instante en que lo hirieron en la guerra. Recuperó la memoria, mejor dicho, su vida antigua y pasada con su otra esposa, la primera, y sus hijos, y lo que hacía antes de volver en blanco a su país.

Se despertó en una vida que no era la suya, rodeado por unos extraños: su nueva familia. Dice el periódico en el que leí esta historia que es el argumento perfecto para una novela o una película: “Las autoridades han hecho buscar a la primera señora de Whitney, víctima de este curioso caso de amnesia doble. Los médicos opinan que no se le podrá perseguir como bígamo, pero sí se preguntan si no está obligado a volverse mormón…”.

¿Qué pasó luego? No lo sé, ahí acaba la trama. Al menos por ahora, aunque ya estoy buscando más información sobre este pobre bínubo (acabo de encontrar esta palabra en internet) que de la noche a la mañana se despertó con dos mujeres.

Pero busco y busco y encuentro otras cosas, todas mejores. Suele pasar.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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