Primeras piedras

Primeras piedras

Ha vuelto ese método de la pedrea y la difamación, ahora en vivo y en directo, en las redes sociales

11 de septiembre 2019 , 07:09 p.m.

Uno de los rasgos esenciales de la historia como relato, y uno de sus principales problemas y encantos como ciencia social, es que se refiere por lo general a hechos y cosas que ya ocurrieron y están en el pasado: en eso consiste la historia, obvio; por eso tratamos de entenderla y la pensamos –la contamos–, porque con ella nos remontamos en el río del tiempo y descubrimos su curso, que llega hasta nuestro presente.

Con la historia se hace camino al andar, como en el verso de don Antonio Machado, pero yendo al revés, hacia atrás. En ese sentido podría decirse que ya sabemos lo que va a pasar: ya conocemos el desenlace de la trama, el final, pero nuestra meta son sus causas. El presente es como un pedestal que nos permite ordenarlo todo, entenderlo todo, juzgarlo todo, o eso creemos, porque ya todo ocurrió, y así es muy fácil.

Entonces, al mirar hacia atrás, al pensar y contar la historia, tenemos con nosotros las claves que nos permiten saber el alcance de un gesto que en su momento parecía insignificante y resultó definitivo, o viceversa. Cada hecho del pasado al que nos asomamos, desde el presente, tiene otro valor a la luz de lo que luego ocurriría, y que es lo que nosotros ya sabemos y nos hace ver el relato con un orden que en su día nunca tuvo.

Si pensamos por ejemplo en el nazismo, que es un caso histórico recurrente y famoso, conocemos ya su desenlace de horror e ignominia, su atrocidad. Y todos los gestos y hábitos que lo hicieron posible son para nosotros eso: un indicio claro y latente de lo que iba a pasar; una señal pequeña, tímida, que luego desembocó en el holocausto, la guerra, la degradación de la humanidad.

Vemos entonces lo grande: las banderas, el poder, la locura. La consumación de un destino, la historia, que ya nadie podía cambiar. Pero si nos devolvemos otra vez a los orígenes (como editando una película: suena la cinta mientras la llevamos hacia atrás), vemos de nuevo esos gestos germinales de los que nadie era consciente en su momento; nadie sabía entonces en lo que esos gestos iban a terminar.

Friedrich Reck-Malleczewen, un médico y magnífico escritor que llevaba un diario mientras Hitler ascendía al poder, o que más bien llevaba un diario sobre su vida que coincidió con ese momento de la historia, y lo refleja de manera espeluznante, cuenta allí que los primeros indicios del nazismo fueron tenues y en apariencia menores: los gritos en las calles se hicieron más frecuentes, las pequeñas agresiones se volvieron algo normal.

No eran todavía las hogueras, no había aún matanzas ni exterminio. No. Pero la hostilidad y el linchamiento, el espíritu de turba, se fueron adueñando de la calle. Lo que antes era imposible porque la cortesía o la civilización o la sensatez, o lo que fuera, lo impedían, ahora se fue volviendo más común. Ultrajar al prójimo, humillarlo, empezó a ser un gesto que muchos celebraban y consideraban lícito, bueno, necesario.

Ese es el origen más profundo del fascismo, que no es solo un movimiento político italiano sino toda una concepción del mundo: una forma de ser; un talante que florece por igual en la izquierda o a la derecha, en cualquier época, en cualquier lugar. Cuando las vías de hecho y el mesianismo, la barbarie, anulan la confrontación verdadera, la única que hay e importa, por dura y feroz que sea, la de las ideas.

En medio mundo, hoy, ha vuelto ese método de la pedrea y la difamación, el careo desvergonzado y vulgar, ahora en vivo y en directo, en las redes sociales. Y muchos políticos lo promueven y lo instigan; lo quieren, lo necesitan.

Son gestos en apariencia menores, quizás. Pero ojalá ningún futuro los vea como el origen de algo muchísimo peor. Ojalá.

catuloelperro@hotmail.com

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