Por favor no

Por favor no

El problema de Colombia, hoy, no es la Constitución.

27 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Ya sabemos que 1989 fue un año histórico y memorable, como suelen serlo todos, solo que unos lo son más que otros. Y ese sin duda lo fue: una especie de río que empezó a desbordarse muy lento, desde enero, hasta que fue un torrente, ya en noviembre, y el mundo entero lo vio por televisión, en vivo y en directo, segar a su paso certezas y sistemas que se creían eternos.

En Colombia, mientras tanto, zumbaban las balas y las bombas, el terror. Fue ese acaso el año más atroz de nuestra historia reciente, como lo ha contado, en un excelente y tenebroso libro que se llama así, 1989, María Elvira Samper. El país parecía –estaba– ahogado en su propia sangre; la noticia y el mito de su disolución final, sostenidos casi desde su fundación, fueron entonces más verosímiles e inminentes que nunca.

De hecho, por estos días se conmemoran dos aniversarios de ese macabro 1989: el de la bomba en el avión de Avianca, el 27 de noviembre, y el de la bomba en el DAS, el 6 de diciembre. En esa misma semana el presidente Virgilio Barco tuvo que sacrificar en el Congreso, como quien se corta una mano, el proyecto de referendo que su gobierno había presentado para tramitar por fin una gran reforma política.

La razón para esa decisión tan drástica fue a la vez vergonzosa e inobjetable: muchos de los congresistas de la época estaban pagados por el narcotráfico y le habían colgado al proyecto del referendo el mico de la prohibición de la extradición. Fue entonces cuando quedó en evidencia que el único camino para abrir el sistema, para transformarlo, era el de una asamblea nacional constituyente.

Una viejísima costumbre colombiana: crear problemas donde no los hay, como si así se resolvieran los que sí tenemos de verdad. Genial, brillante

¿Por qué? Porque ya estaba demostrado que la Constitución de 1886 era casi irreformable en la práctica; era imposible, al menos desde el plebiscito del año 57. Y porque las circunstancias suicidas del país, en ese momento, exigían un nuevo acuerdo sobre lo fundamental. La paz con el M-19, a punto de firmarse, también implicaba ese camino: el de una transformación verdadera y profunda de nuestra democracia; abrirle la ventana.

Así se consolidó el proceso constituyente de 1991, un consenso político como ha habido pocos en nuestra historia. Con un gobierno, y el que lo sucedió, que supo reconocer que hay momentos en los que los conflictos de la sociedad, y sus salidas, están por fuera del derecho, lo han desbordado. Entonces hay que crearlo de nuevo, volverlo a fundar. Pero también con una ciudadanía que salió a la calle y desde allí conquistó el cambio.

Claro: tanto la forma como el fondo de la Constituyente y la Constitución de 1991 se debaten mucho hasta hoy, y está bien que así sea. De eso se trata, para eso se hicieron. Y hay cosas que quedaron faltando, sí, y otras que sobran. Pero nadie puede negar el valor político y moral de lo que está allí escrito: su vocación pluralista y participativa; su garantismo, su apuesta por un Estado social de derecho. Qué más que eso.

Por eso resulta tan innecesario, justo ahora, proponer una nueva constituyente. Como si ese fuera un buen sucedáneo y remedio de la política –no lo es, no siempre–; como si la crisis estuviera allí, en las sábanas del enfermo, y no lo está. Y en vez de buscar que se cumplan las promesas fallidas del 91, que son muchas, hay quienes ventilan la idea absurda de cambiarlo todo otra vez.

Una viejísima costumbre colombiana: crear problemas donde no los hay, como si así se resolvieran los que sí tenemos de verdad. Genial, brillante. Porque el problema de Colombia, hoy, no es la Constitución; más bien al revés: en ella, en la del 91 y sus valores y su aplicación, hay suficientes instrumentos para salir de la crisis.

Lo otro puede ser el abismo: dañar lo bueno sin que cambie lo malo. Por favor no.

catuloelperro@hotmail.com

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