Pintar la pared

Pintar la pared

Esas huellas y esos indicios vienen desde el pasado lejanísimo y se funden con el presente.

18 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

La especie humana progresa no solo hacia adelante –muchas veces camino del abismo, pero esa es otra discusión– sino también hacia atrás, hacia el pasado. Cuanto más avanza, mayor es también su conocimiento sobre lo que la precede, sobre aquello que dejó a sus espaldas. Como si cada nuevo paso que da lanzara haces de luz que van iluminando el camino ya recorrido. Luz, más luz.

Lo que quiero decir es que nada tiene más futuro que la historia; la historia o el conocimiento histórico, digamos, la historia como una disciplina intelectual y un arte y un saber. Nada tiene más futuro que el pasado y las posibilidades de interpretarlo y entenderlo cada vez mejor, con más certeza y claridad. Esa es un idea maravillosa del progreso, cuando lo medimos en lo que hemos aprendido y descubierto de nuestra remota antigüedad.

¿Qué tan remota? Pues se supone que mucho, muchísimo; cada vez más. Ayer leí, por ejemplo, que en la isla de Célebes, en Indonesia, unos arqueólogos encontraron una pintura rupestre que podría ser el testimonio más antiguo del arte figurativo de la especie humana. Es una escena de cacería, hasta donde se ve, con búfalos y jabalíes y pequeños hombres que los acechan. Fue pintada hace 44.000 años.

Como dice en alguna parte el poeta Roberto Juarroz: “Dios creó al hombre porque le gustan las historias”

Y 44.000 años son muchos más, por lo menos 10.000 más, que los que tienen las pinturas rupestres figurativas más antiguas que se conocían hasta hace una semana. En el caso de este nuevo descubrimiento de Célebes, han dicho los arqueólogos que lo hicieron, se trata también del hallazgo de la ‘pieza narrativa’ más antigua de nuestra especie: la historia más vieja que hayamos contado aquí, por ahora.

Un arqueólogo inglés, Alistair Pike, publicó hace un par de años una investigación sobre una serie de pinturas rupestres en España; otras muy distintas de las famosas de la cueva de Altamira, de las que dijo Picasso, según dicen, que todo lo que se había pintado luego era una mala copia. Lo interesante de esa investigación de Pike es que demostraba que quienes habían hecho esas pinturas eran neandertales, no homo sapiens.

Algo así también concluyó Dirk Hoffman, un físico alemán que en realidad se ocupa de la prehistoria, y quien sostiene que los primeros creadores de belleza, y no solo de utensilios prácticos, eran estos hombres de Neandertal que antes parecían tan primitivos, valga la expresión. Pero es en ellos donde está la invención de lo humano: la búsqueda de lo sublime como un fin en sí mismo.

Aquí en Colombia se acaba de publicar un libro maravilloso de Carlos Castaño-Uribe sobre el arte rupestre del parque natural de Chiribiquete, protegido por la Unesco como patrimonio de la humanidad. Se llama Chiribiquete, la maloka cósmica de los hombres jaguar y es un descomunal trabajo que combina el rigor académico con la sensibilidad para adentrarnos en la comprensión, hasta donde ella es posible, de ese mundo sagrado.

Un mundo que además todavía está allí, y eso es lo más conmovedor, en una continuidad histórica y ritual que hace todavía más difícil pero también más hermoso el trabajo del arqueólogo. Porque esas huellas y esos indicios, como decía Carlo Ginzburg, vienen desde el pasado lejanísimo y se funden con el presente, sin que se pueda saber siempre cuándo ocurrieron esos pasos.

También el pasado de América, o lo que hoy llamamos así, nuestro pasado, se va ensanchando y enriqueciendo cada vez más. Me acabo de dar cuenta de que he usado demasiado esta expresión, “cada vez más”, pero así es. Y en relatos como el de Chiribiquete, amenazado por la violencia más que por el tiempo, laten las claves para entenderlo mejor.

Como dice en alguna parte el poeta Roberto Juarroz: “Dios creó al hombre porque le gustan las historias”.

catuloelperro@hotmail.com

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