Otros tiempos

Otros tiempos

Después de los tiempos de la peste vino el Renacimiento, y eso vale la pena recordarlo hoy.

25 de marzo 2020 , 07:38 p.m.

El domingo pasado, en medio de esta cuarentena casi planetaria a la que nos tiene sometidos el funesto coronavirus, mucha gente salió de sus casas desde el computador o la tableta o el teléfono. Yo entré a Facebook por la tarde y era una escena casi surreal: Andrés Calamaro hacía karaoke desde su estudio, en piyama; Chick Corea tocaba el piano, lo hizo durante tres horas desde su habitación.

Es como si todo el mundo quisiera participar de esta conversación global nacida de la peste; como si cada quien quisiera hacer su aporte, el que sea, para sobrellevar de la mejor manera, entre los que más podamos, este encierro inesperado que nos cayó como un verdadero cataclismo. A todos, a la humanidad. Por eso decía William Ospina el domingo pasado: quizás nunca habíamos estado más juntos, ahora que nos toca estar separados.

Y hay quienes enseñan idiomas en vivo y en directo, hay instructores de aeróbicos que hacen sus rutinas desde la cama, hay cocineros que dan recetas a control remoto, hay sicólogos (y hasta siquiatras, incluso curas) que atienden a sus pacientes por internet. Escritores que hablan de libros con quien los quiera oír en el ciberespacio, cantantes que dan conciertos desde el baño, médicos que tranquilizan a la gente por mensaje directo.

Es como una nueva versión, solo que masiva, en toda la Tierra, del 'Decamerón', el libro de Giovanni Boccaccio que recrea el paso letal de la peste bubónica (la Muerte Negra) por Florencia en 1348. Entonces siete muchachas y tres muchachos se encerraron en una villa afuera de la ciudad, que estaba en cuarentena, para contarse historias y librarse de la muerte. “Canto y cuento es la poesía”, decía Machado, y es refugio también.

Las consecuencias de la ‘peste negra’ en la Europa del siglo XIV fueron muchas y trascendentales, con decir nomás que la población se redujo a la mitad. Se aceleró el proceso de consolidación del Estado fuerte y central (no en Italia, porque el Papa nunca quiso, hasta 1929) y se exacerbó el odio contra los judíos, acusados de manera infame de ser los portadores de una plaga que nacía de la picadura de las pulgas de las ratas negras.

Pero también hay historiadores que señalan un hecho indudable y complejo, y es que después de los tiempos de la peste vino el Renacimiento: la época dorada –una de ellas, al menos, y acaso la mejor– de la civilización europea; el maravilloso proyecto cultural del ‘humanismo’. Claro: las causas y las razones de ese proceso fueron muchas y muy variadas, pero la peste y sus efectos son una de ellas, y eso vale la pena recordarlo hoy.

Porque también estamos asistiendo, como se ha dicho ya hasta el cansancio, a una transformación radical del espíritu humano; sus hábitos, sus certezas, sus valores. Y por primera vez en la historia (ahí sí) dentro de la perspectiva alucinante de estar todos conectados en todas partes, contándonos en vivo y en directo lo que va pasando, mientras nos enfrentamos a cosas que nunca nos tocaron desde hace por lo menos 70 años, o más.

Hay, ojalá, una irrupción renovada de la solidaridad como el valor supremo de nuestra especie. Y hay una reivindicación de la ciencia y de lo público, tras décadas de desprecio demagógico de sus conquistas. Y debería haber, por esta única vez, mientras sobrevivimos, una renuncia colectiva a las empresas mezquinas del odio y la vanidad, las disputas de secta y de partido, las obsesiones lugareñas de los que solo quieren verse el ombligo.

No es fácil y estamos aterrados, pero hay que tener fe (sí). Y hacer cada quien lo mejor que pueda, y ayudar todos a que este horror deje de serlo pronto.

Para sentir otra vez, como escribió Octavio Paz, “el olvidado asombro de estar vivos”.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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