Ora y labora

Ora y labora

El trabajo implica un gran esfuerzo: una dicha o una maldición, según cada quien.

08 de mayo 2019 , 07:03 p.m.

El trabajo, lo que hace la humanidad para ganarse la vida ‘con el sudor de la frente’, como se dice siempre, suele tener dos interpretaciones contrapuestas, al menos en la tradición cristiana, para no irse tan lejos: una interpretación negativa y trágica, y además muy difundida, sobre todo entre algunos miembros de la clase trabajadora, la del trabajo como un castigo divino; y otra interpretación optimista, la del trabajo como una bendición.

La primera escuela, si hemos de llamarla así, acoge la voz autorizada de la Biblia casi desde el comienzo, pues en el libro del Génesis (3:17) nos dice Dios que le dijo a Adán: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan…”. Era su forma de castigarlos, a él y a Eva, por haber probado el fruto prohibido que les susurró la serpiente. Vino entonces la expulsión del Edén para que el hombre “labrara la tierra de la que fue tomado...”.

La segunda escuela, la del trabajo como una bendición, tiene abundantes fuentes bíblicas también –en los Salmos, en los Proverbios, en el Nuevo Testamento- pero tiene sobre todo un argumento de autoridad que le dio la teología protestante tanto calvinista como puritana, en la que trabajar es el mejor camino para congraciarse con Dios. O como dijo Tim Kreider: “Los puritanos se inventaron el trabajo como virtud cuando es un castigo”.

El dilema lo resolvió un joven que trabajaba en un alquiler de carros y quien decidió echar en el agua de sus colegas, sin que ellos lo supieran, dosis generosas de LSD.

Sea lo que sea, en ambos casos el trabajo implica un gran esfuerzo: una dicha o una maldición, según cada quien, pero algo que por sí solo se justifica y que no necesita ni más alicientes o celebraciones ni más padecimientos o privaciones. Trabajar es un verbo que se escribe siempre en gerundio: se está trabajando, para bien o para mal, y si no es así es porque uno o está desempleado o vive de la renta.

Es famosa, aunque discutida, la etimología latina de la palabra ‘trabajo’, que viene del ‘tripalium’: una especie de estaca multiforme, por lo general hecha de tres palos, de ahí su nombre, que servía para amarrar a los animales y que luego se usó para torturar a la gente. Por eso en el bajo latín se decía ‘tripaliare’ –‘tripalar’, sí– para emprender un suplicio. Es probable que hubiera otros usos de alcoba, pero ese es otro tema.

Lo curioso es que en el mundo contemporáneo se busca por todos los caminos no solo dignificar el trabajo, faltaba más que no, aunque es al revés porque el trabajo dignifica, sino hacerlo amable y plácido a toda costa, festivo, muchas veces como si se tratara de otra cosa. Eso ha producido tradiciones magníficas, pero otras funestas, sobre todo para quienes tienen un temperamento resignado, tímido, discreto, huraño o silencioso.

Entre las tradiciones funestas, para los que las odian, claro, están los llamados ‘procesos de socialización’: las convivencias, las fiestas de fin de año, las yincanas de oficina, el día del amigo secreto, la cada vez más opresiva e inevitable ‘pausa activa’: arriba, abajo, arriba, abajo. Habrá quienes digan que esos amargados preferirían seguir como en el siglo XIX, el colmo, aunque hay quien de verdad tiene suficiente con su trabajo y ya.

El dilema lo resolvió hace poco, en Arnold, Missouri, un joven que trabajaba en un alquiler de carros y quien decidió echar en el agua de sus colegas, sin que ellos lo supieran, dosis generosas de LSD. Los veía tan estresados y tensos que se le ocurrió esa brillante idea, después de cuya ejecución el ambiente laboral fue sin duda otro, quizás mucho mejor. Al menos más colorido, más vívido, más intenso. Eso por no hablar de la hora del almuerzo.

Y es injusto, porque una iniciativa que ya debería formar parte del plan de acción de las mejores oficinas de recursos humanos del mundo, le valió a su autor la cárcel y el despido.

Cuando han debido nombrarlo el empleado del mes.

catuloelperro@hotmail.com

Sal de la rutina

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