Nuevos milenaristas

Nuevos milenaristas

Increíble que se hable tanto de los millennials y tan poco de los ‘milenaristas’, que son peores.

13 de mayo 2020 , 08:06 p.m.

Se le atribuye a Sócrates, nada menos y nada más, esa frase sabia y famosa que debió de pronunciar con un pedacito de pasto en la boca: “Solo sé que nada sé...”. Un amigo solía decirla mucho, por dárselas de ingenioso, hasta que otro le respondió: “Sí, pero es que usted exagera”. Lo cierto es que Sócrates tampoco la dijo así, no con esas palabras exactas, pero sí más o menos: “No lo sé, y tampoco creo saberlo”, también dijo.

Al final esa frase se volvió un lugar común: un mantra que ha ido atravesando los siglos sin que a nadie le importe que Sócrates hubiera dicho eso o no, aunque sí lo dijo, no así pero lo dijo, y que luego todos sus comentadores, desde Cicerón o Diógenes Laercio hasta Nicolás de Cusa y Sócrates el futbolista, qué coincidencia, resumieron con esa fórmula que ya nadie va a cambiar: “Solo sé que nada sé”.

Porque es una frase muy buena que sí anuncia el principio de la sabiduría: la duda ante las propias certezas, la difícil humildad ante lo que uno cree conocer ya para siempre y sin fisuras y que quizás es una equivocación o un error o una noción parcial e incompleta. Eso es lo contrario al dogmatismo y la arrogancia de los posesos de sí mismos que ignoran la crítica y la vacilación.

Lo hemos visto en esto del coronavirus, que es algo en lo que nadie sabe bien casi nada: ni los científicos, ni los políticos, ni los periodistas ni los ciudadanos; nadie. Aunque cada día que pasa, obvio, sabemos y entendemos un poco más de todo, y la ciencia ilumina nuevos pliegues de la pandemia y quizás la sociedad va aprendiendo más cómo lidiar con ella y cómo mitigar sus efectos desastrosos.

Pero el mundo va a tientas todavía, dando palos de ciego con su linterna. Y el que crea saber con seguridad qué va a pasar en el futuro es porque no ha entendido nada. Sí sabemos, por ejemplo, que los países que están hoy en manos de funestos demagogos viven una catástrofe sin atenuantes. Como para volver a decir aquí la frase de Céline: “Felices los que fueron gobernados por el caballo de Calígula”.

Hay un caso polémico que es el de Suecia, que para muchos es un ejemplo y para otros, entre los que me cuento (esta es una columna de opinión), es quizás un error. Con esa tasa de mortalidad, al día de hoy, cuesta mucho verle las virtudes al ‘modelo sueco’. Pero nada se sabe bien todavía, y esa discusión parcial de cifras, intuiciones y argumentos no se puede volver una disputa religiosa de verdades reveladas y dogmas inamovibles.

Aunque ese parece ser el signo de nuestro tiempo, el fanatismo. Y toda causa se vuelve pronto parroquia, iglesia, secta: no hay quien no lleve una tea en la mano. Esto es cada vez más como el año 1000 descrito por Rodolfo el Calvo: pestes, delirios, desastres, flagelaciones, predicadores (y feligreses) de una sola idea. Es lo que luego se va a llamar el ‘milenarismo’: los temores del fin del mundo en la Edad Media; los temores y su promesa.

Claro: vivimos tiempos que parecen únicos, como todos, tiempos que estimulan la reflexión, el pensamiento, el miedo, la creatividad. Y es una maravilla que todo el mundo pueda pensar y decir lo que quiera, por qué no, de eso se trata también. Pero hay quienes exageran: ayer veía las manifestaciones que hacen en Alemania o en Estados Unidos contra el ‘distanciamiento social’ y la cuarentena. ¡Manifestaciones!

Gente con banderas y pancartas, gente contorsionándose en defensa de su libertad aun por encima de su salud (complejísimo dilema, entre otras cosas). En vez de arengas la cosa es con toses fingidas y escupitajos: ¡Viva el coronavirus! Es el año 1000.

Increíble que se hable tanto y tan mal de los millennials y tan poco de los ‘milenaristas’, que son mucho peores.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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