No basta

Esa costumbre de decirles a los demás, con arrogancia, cómo tienen que actuar y pensar no es sana.

21 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

La semana pasada colgué en alguna de mis redes sociales una triste noticia que dio en su muro Patxo Escobar, un gran periodista y un gran tipo. La noticia es el cierre en Bogotá de un restaurante chapineruno y francés que era todo un clásico, La Table de Michel, reventado por el coronavirus. Y aunque se va para Ibagué, no deja de dar nostalgia ver la foto que puso Patxo con la casa de siempre ahora vacía y en arriendo.

La Table de Michel tenía varias virtudes, pero sobre todo la principal que debe de tener un restaurante, la comida. Sin delirios moleculares ni artísticos y sin poses revolucionarias ni faranduleras, ahí lo que servían era buena comida. Con música francesa de fondo, eso sí, nada es perfecto. Y el servicio ejemplar de los meseros y los dueños en un ambiente discreto y tranquilo, una verdadera desgracia su cierre.

A veces iba algún consejero de Estado o algún político de los años 80 del siglo pasado –el nudo de la corbata nunca miente–, pero de resto era muy apacible La Table de Michel, por eso a sus clientes nos duele tanto que se vaya. Al menos fue lo que sentí al colgar la foto nostálgica de Patxo Escobar, y fueron muchos los mensajes de tristeza que se iban sumando entre elogios, evocaciones y despedidas.

Pero entonces alguien me escribió ‘por el interno’, como se dice ahora, una persona a la que apenas si conozco. Me dijo que era el colmo que en medio de semejante pandemia yo estuviera lamentando el cierre de un restaurante (francés, además) como si de verdad fuera una tragedia. Me habló de los muertos y de los enfermos, de sus familias. Y claro, claro, claro, se despidió diciendo: “Qué falta de empatía la tuya...”.

No supe qué responderle, aunque aquí lo hago. Primero iba a suplicarle que por favor, en futuras ocasiones en que quiera reconvenirme, no use la palabra ‘empatía’: esa invocación devaluada y perversa, ese mantra hipócrita, esa tortura que se volvió. Además iba a decirle que el cierre de cualquier negocio sí es una tragedia para quienes viven de él, y que detrás de cada empleado o dueño hay una vida que se rompe cuando todo se acaba.

También quise decirle que no nos conocemos y que esa costumbre de ir por la vida creyendo que uno puede y debe decirles a los demás, con arrogancia, cómo tienen que actuar y pensar no es sana ni es buena ni es admirable ni es nada, es uno de los peores defectos del mundo de hoy. Porque además, y esta sí es mi respuesta, esa costumbre y ese defecto están haciendo de la Tierra un verdadero infierno.

Yo la llamo en latín la falacia del non sufficit: no es suficiente, nunca basta. Es una falacia lógica pero sobre todo moral que consiste en universalizar cada quien sus solidaridades y sus causas para imponérselas a los demás como si ellas fueran las únicas válidas y justas que hay. Las otras no, falta empatía. Y todos debemos revisar a diario si nuestra compasión coincide con los estándares decretados por la policía moral de turno.

Por eso es una falacia, porque al final siempre habrá una tragedia peor que las otras. Siempre. Y lamentarse por alguna de ellas implicará siempre la indolencia de no reconocer las demás. Siempre. ¿Quién determina entonces la legitimidad del sufrimiento? Yo creo que cada individuo en el mundo, cada quien, y eso es sagrado. Y también creo que objetar las solidaridades ajenas, en nombre de otras mejores, es una canallada.

Y pasa no solo con el sufrimiento sino también con la dicha, pues la policía moral se encarga de definir cuándo y por qué es válido alegrarse en medio de tantos horrores. “¿Se puede?”, hay que preguntar antes. “¿Les sirve?”.

Aunque yo sin preguntar sí digo que es una tristeza que se vaya La Table de Michel. Habrá otras tristezas, claro, pero esta también.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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