Navegación de altura

Navegación de altura

A los líderes les cabe un deber histórico, que es el de saber intuir bien para dónde van los vientos

13 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Hay días, la verdad, en los que el mundo da náuseas y mareo, ganas de vomitar. Ahora que lo pienso, y lo escribo, me encanta que el español haya conservado el origen antiguo de esas dos palabras, su sabor a sal. Porque la palabra griega naûs quiere decir barco o nave, como la nao de los portugueses; y náuseas era lo que sentían los navegantes apenas entraban al mar: el mareo es el oleaje en el alma y en el cuerpo.

Se le olvida a uno con frecuencia, siempre, que la Tierra es una gran bola de aire, fuego, agua y tierra que gira sobre su propio eje, atraída y a la vez repelida por el Sol, su mejor estrella, que entonces la obliga a rodearlo sin parar; dándole vueltas y dando vueltas, eso es la humanidad, ese es el viaje en el que está desde que lo empezó, hace ya varios millones de años. Vivimos borrachos, menos mal.

Pero hay días en los que pasa tanto aquí adentro, días de tormenta, que es como si el mundo empezara a girar aún más rápido. Como si el tiempo se acelerara, que es la figura que suelen usar los historiadores y los filósofos de la historia para hablar de los grandes acontecimientos: escenas y momentos trepidantes que se desbordan, que rompen la aparente quietud de la rutina y la tradición. Se pica el mar.

Siempre está pasando algo, claro, no hay día en que la historia no ocurra. Pero a veces eso que ocurre se vuelve la erupción de un volcán: el síntoma y el signo de un proceso que quizás se había estado fraguando allí durante años, o siglos, y cuya fuerza incontenible lo saca de su cauce; y arrasa con todo a su paso. El sismógrafo de la historia la va midiendo en una línea continua y estable. Hasta que ocurre el temblor, entonces se enloquece.

¿Es posible predecir algo así? De atrás para adelante, sí. Parece una respuesta estúpida –y lo es–, pero ella resume muy bien la misión del historiador, del que dijo Goethe que era un “adivino del pasado”, un profeta y un vidente de lo que ya ocurrió. Porque desde la distancia del tiempo cumplido, desde el futuro, las cosas se pueden ver y descubrir y entender mejor. Ahí está todo el reporte sismográfico, no sus fragmentos.

Pero en cambio a los líderes les cabe un deber histórico, acaso el único que de verdad tienen, que es el de saber intuir bien para dónde van los vientos, el signo de los tiempos. No tanto lo que va a pasar como lo que está pasando; adivinar el presente, para seguir con la frase de Goethe, interpretarlo con acierto. El líder es un navegante de altura: uno que mira al firmamento, que es un mapa, para saber dónde está su barco.

Una de las cosas más aleccionadoras, ahora que se cumplieron los treinta años de la caída del Muro de Berlín, es recordar las frases y la actitud de los dirigentes de la RDA antes de que el sistema se les viniera a todos encima, en mil pedazos; antes de que esa pared que simbolizaba su poder y su infamia los aplastara a ellos también, esa pared cuya sombra dividió la vida de una ciudad entera por casi treinta años.

Arrogantes y ciegos, los dirigentes de la RDA se negaron a reconocer lo que estaba pasando, lo que iba a pasar. Muchos dicen que era imposible hacerlo, leer las señales de ese destino que estaba por consumarse allí, sin remedio, ese proceso más que un destino; otros, en cambio, sostienen todo lo contrario, es decir, que era imposible no aceptar que ese proyecto político y económico había fracasado de manera ruinosa.

Lo cierto es que es en los momentos de gran agitación cuando se prueba la pericia de quienes mandan, su verdadera condición, la pasta de la que están hechos. Ese es el gran tema hoy en todo el mundo.

A ver si hay navegación de altura y no solo mareo. Ojalá.

catuloelperro@hotmail.com

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