Mundos para lelos

La realidad se volvió, ahora sí, un relato partidista y sectario, un acto de fe y a veces de mala fe

18 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Quizás en el futuro haya algún historiador que sitúe el origen de nuestra época (esta de ahora) en la polémica que se desató hace unos años en el mundo entero sobre el color verdadero de un vestido de mujer azul y negro o blanco y dorado. Es más: todavía no está resuelto el asunto, en absoluto, y basta invocarlo para que resurjan de nuevo los partidos encarnizados, las facciones y los bandos, los dos equipos a muerte.

Ese vestido –yo lo veo azul y negro, pero en fin– simboliza mejor que nada el espíritu sectario y fanático de estos tiempos: la propensión de la gente a tomar partido, a militar con furia y ceguera en cuanta causa aparezca de pronto y sirva muy bien, de inmediato, al propósito de que nadie se quede sin opinar y sin sentar su posición, como si fuera una obligación tenerlo todo siempre tan claro y además proclamarlo a los cuatro vientos.

Me dirán que exagero y está bien, lo acepto: la humanidad siempre ha sido dada al sectarismo, la cacería de brujas, el ensañamiento, la vocación gregaria y de turba y de partido. Aunque también en esto exagero, y así al infinito. Solo que ahora, con el espejo de internet y las redes sociales, esos rasgos se notan mucho más, allí se multiplican y se riegan como fuego en un trigal. No hay minuto en la red sin su respectiva pelotera.

Pero entonces digamos que el vestido de la discordia y la polémica filosófica sobre sus verdaderos colores simboliza otro rasgo aún más profundo y revelador de nuestra época, el de la realidad como una opinión. ¿La realidad? Ahí está el problema: que ese viejo concepto dejó de existir; que ya casi nadie cree en él como un hecho más o menos tangible y comprobable y aceptado por todos.

Claro: tampoco es fácil hablar de la realidad como algo único y absoluto. La filosofía, que empezó por ahí, lleva milenios discutiendo ese problema; ese ha sido uno de sus temas esenciales en la historia, quizás el más serio de todos. Y un gran novelista, Vladimir Nabokov, decía que la palabra realidad no tenía sentido si no iba escrita siempre entre comillas: así de caprichosa y subjetiva la veía él, así de hermosa y brutal.

Resolver ese debate es muy difícil, casi imposible, mucho menos en una columna de periódico. Pero digamos que, para efectos prácticos, la humanidad creyó siempre en una ‘realidad’, así con las comillas de Nabokov. Una realidad que era un consenso, una serie de evidencias y datos más o menos irrefutables y reconocidos por todos. Tanto que la locura consistió toda la vida en salirse de ese consenso; esa percepción general e inevitable.

Y lo que caracteriza a nuestra época es que ese consenso se acabó, no existe ya. La realidad se volvió, ahora sí, más que nunca, un relato partidista y sectario, un acto de fe y a veces de mala fe, un discurso arbitrario. Y las redes sociales son el camino por el que esas realidades paralelas se engendran y se difunden, se legitiman, se imponen entre sus seguidores, que así, inmersos en la turba, se sienten justificados.

Lo que hace décadas habría sido un delirio de unos pocos orates, hoy puede volverse, sin problema, un fenómeno masivo y multitudinario que distorsiona la idea misma de la realidad en millones de personas. Y como se trata de un ciclo perverso y voraz, un monstruo que se alimenta de sus propias entrañas, muchos medios de comunicación ven allí su última oportunidad para sobrevivir.

La caja de resonancia del absurdo, eso son esos medios. Pero su relato de las cosas se vuelve un referente y un oráculo –un imán– para quienes creen en él y lo asumen como la verdad revelada aun cuando sea una idiotez o una infamia.

Sin el consenso de la realidad es imposible el consenso de la democracia. Por eso la locura es el fascismo de nuestro tiempo.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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