Messi y Procusto

Messi y Procusto

Un nombre culto y rebuscado para uno de los rasgos más antiguos de la especie humana, la envidia.

11 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Leí ayer en Twitter (porque los columnistas siempre estamos pescando temas en un balde, como Simón el Bobito sus pescados) una frase sobre el llamado síndrome de Procusto. La frase la retuiteó mi queridísima amiga Rosa Moreno, mi adorada mamerta, y la había transcrito alguien que la sacó de un artículo de El País Semanal, en Madrid, cuya autora a su vez había retomado ideas de otros artículos anteriores en otras partes.

Pero es lo de menos, pues internet y las redes sociales y las cosas que allí colgamos son un palimpsesto también: un texto que se va difuminando y que alguien vuelve a escribir sobre las huellas y los trazos del anterior, y el anterior, y el anterior. Y así sin parar: las frases y las noticias van de mano en mano, de boca en boca, hasta que es imposible saber bien quién las dijo primero, cuál es su origen.

En este caso se trata de un mito griego, el de Procusto, un ser vulgar y monstruoso, posadero del camino, que acogía a sus huéspedes en su cama y los obligaba a que cupieran en ella como fuera: a los que eran más grandes, les cortaba los miembros; a los que eran más pequeños, los estiraba a la fuerza hasta descuartizarlos. Como cuando De Gaulle vino a Bogotá y no cupo en ninguna cama, así.

Ese es el triunfo de los envidiosos y los mediocres, ese es el único talento que saben y pueden cultivar: el del fracaso ajeno, el de la caída de quienes vuelan más alto

En fin: durante décadas, la figura de Procusto y su cama sirvió para que los sicólogos y los sociólogos, y aun algunos físicos, ejemplificaran con ella la conformidad o la resignación ante un hecho dado: la forma en que una persona se adapta a las circunstancias sin pretender cambiarlas jamás, por ejemplo; o la forma en que una sustancia, en el caso de la física, se acomoda a su recipiente, un contenido a su continente.

Desde hace algunos años, sin embargo, se habla del síndrome de Procusto para referirse a quienes se ensañan con aquello que sobresale: lo que es más grande y mejor, lo que es excelente. Es una especie de nombre culto y rebuscado, este del síndrome de Procusto, para uno de los rasgos más antiguos y constantes y persistentes y universales de la especie humana, la envidia, el recelo, la mezquindad.

La costumbre de despreciar aquello que es excepcional y brillante; aquello que no merece el desprecio sino la admiración, el aplauso, la gratitud. Pero los espíritus pequeños y mezquinos, los más mediocres y opacos, justo por serlo, se dan cuenta muy pronto de las virtudes de los otros y en vez de celebrarlas las tratan de hundir y neutralizar, las desprestigian, intrigan contra ellas, cruzan los dedos para invocar su mala suerte.

Ese es el triunfo de los envidiosos y los mediocres, ese es el único talento que saben y pueden cultivar: el del fracaso ajeno, el de la caída de quienes vuelan más alto. Por eso, cuando se nubla la buena estrella de un talentoso, cuando su suerte parece contrariada y rota, el enfermo del síndrome de Procusto sonríe y se alegra: su rictus lo delata, la satisfacción del deber cumplido.

Pasa en todos los ámbitos: en el arte y la literatura y la música, en la ciencia, en la política, en la vida laboral, en el colegio. Pasa en el fútbol: hay que ver las patadas que algunos le dan a Messi, por ejemplo: ahí está, en todo su amargo esplendor, el síndrome de Procusto: la brutalidad de quienes tratan de cerrarle el camino, como sea, al genio. Ese es el destino de muchos troncos, dar leña; el fuego, la luz, los ponen otros.

¿Hay alguna cura contra este mal, algún antídoto contra este funesto síndrome? Por desgracia no, aún no. Aunque el mito de Procusto tiene un final feliz, cuando un día llega a su casa el héroe Teseo. Y en vez de quedarse él en la famosa cama, acuesta allí a su dueño y lo mete a la fuerza. Lo vence, lo mata.

Siempre llega el héroe a poner al mediocre en su lugar. Basta ver a Messi.

catuloelperro@hotmail.com

Empodera tu conocimiento

Más de Juan Esteban Constaín

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.