Mejor no

Mejor no

El mundo está lleno de gente que no sabe ni puede decir que no.

13 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Hablé ayer con un amigo que está metido hasta el pelo en un proyecto muy bueno, casi conmovedor. Le pregunté que cómo iba todo y me respondió que muy bien, que solo le falta la plata. Le dije que me parecía muy raro, pues en nuestra última conversación, hace no mucho, me había dicho que ya tenía quien le financiara parte del trabajo. Sus socios y mecenas le habían dicho que sí, ¿no?

Miré a mi amigo otra vez, estaba asintiendo con la cabeza, descorazonado. Me dijo entonces que ese es el problema en este país, y añadió que acaso el problema fundamental, el más grave de todos: que la gente no es capaz de decir que no; no sabe cómo hacerlo, le cuesta. Y por eso muchas veces termina diciendo que sí solo por una especie de innecesaria y absurda cortesía, con un gesto que no entraña ningún compromiso en absoluto.

La idea de mi amigo es que esos patrocinadores suyos, que por supuesto nunca lo fueron, habrían podido decirle desde el principio que no. Por las razones que fuera, además, nadie está obligado a dar una mano cuando no puede ni quiere, ni más faltaba. Pero por pena, por bobería, por intrascendencia, por creer que el momento nunca llegaría –un clásico–, por vergüenza, por lo que sea, le habían dicho que sí, que claro, “jajaja”.

Y ahora todo es un lío porque llegó el tiempo de concretar las cosas, me dice mi amigo, y no le pasan ni al teléfono. En vez de darle la cara y decirle que no, me insiste furioso, prefieren no contestarle, como si patearan hacia adelante, hacia el filo del abismo, el instante último en el que va a quedar muy claro que cuando habían dicho que sí, “jajaja”, en realidad no lo estaban pensando, ni sabían, ni querían ni les importaba. No.

Aunque también los entiendo a ellos, la verdad. Porque a mí me ha pasado eso (me pasaba, espero) toda la vida, y no había nada que me costara más trabajo, en muchas circunstancias, que decir que no cuando era lo que yo quería y debía. Me angustiaba, me daba lástima o pena, me enternecía, en fin: quedaba empeñado en empresas que se me volvían luego una tortura, una maldición, y todo por no saber decir que no cuando era.

Como le pasaba, si me permiten el ejemplo tan riguroso y elevado, casi filosófico, al Pitufo Palomo: el pobre y desdichado Pitufo (en la serie de dibujos animados) del que todos se aprovechaban porque jamás podía decir que no, nunca, y acababa metido en mil enredos y desastres y problemas por culpa de esa condición, esa enfermedad. Lo peor es que luego salía a deberles a todos los beneficiarios de su generosidad y estupidez.

Yo creía que era ese un problema sobre todo colombiano; uno de los peores, como dice mi amigo. Pero por azar me leí un viejo número, de septiembre del año pasado, de la revista alemana Focus, cuyo tema de portada lleva justo ese título: ‘El arte de decir que no’. Y lo que muestra el artículo, con cifras y estadísticas, con testimonios de expertos, es que el mundo está lleno de gente que no sabe ni puede decir que no.

Y eso no solo aquí, según la revista, sino también en Alemania, en los Estados Unidos, en todas partes: un verdadero desastre universal cuyas causas van desde la bondad extrema y el amor hasta el cinismo, la vergüenza o la desvergüenza, la falta de respeto o de oficio y la pura pendejada. Ayer le leí a Paulo Maurette una hermosa traducción de un verso de la Ilíada: “Les daba vergüenza decir que no, les daba miedo decir que sí...”.

Cuando debería ser al revés, hasta que aprendamos a decir que no sin miedo. O como lo dijo García Márquez una vez: “Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir que no cuando es no”.

Le pregunto a mi amigo si quiere que escriba la columna sobre el tema. Me dice que sí, “jajaja”.

catuloelperro@hotmail.com

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