Mayoría gana

Mayoría gana

La aceptación de la voluntad popular siempre y cuando no haya en ella un disparo suicida.

15 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

La idea demagógica y antigua de que “la voz del pueblo es la voz de Dios” ha producido algunos de los peores desastres de la historia de la humanidad. Varias veces nuestra especie ha saltado al abismo con esa cita en la boca, al punto de que ya Alcuino de York, en el siglo octavo de la era cristiana, le rogaba a Carlomagno que se cuidara de usarla, pues quien lo hace suele estar loco de remate.

Sí: es también una frase que encierra y recoge, de alguna manera, el espíritu de la democracia moderna como una conquista política y cultural contra la tradición aristocrática y elitista del pasado: el triunfo de la opinión popular y mayoritaria por sobre las imposiciones cerradas, excluyentes y arrogantes de los dueños del poder, a los que la revolución, en buena hora, llegó para quitarles la cabeza. Cling, clang.

Esa idea, sin embargo, la idea de que las decisiones de los pueblos son sagradas e infalibles, inobjetables, desembocó en lo que algunos llaman “la democracia totalitaria”, la “dictadura de las mayorías”. Un concepto que sin duda ayuda a explicar muchos de los peores descalabros políticos del siglo XX, en los que el horror no hacía más que ganar elecciones.

Toda la teoría democrática contemporánea es un descomunal esfuerzo por lograr el equilibro entre las dos cosas, el triunfo de las mayorías y el respeto por las minorías.

Así que la voz del pueblo puede llegar a ser también la voz del Diablo: el viento que sopla y arde en un despeñadero sin salida, y cuya música, como en un cuento de espanto, va seduciendo a todos los que saltan allí, felices, con los brazos abiertos. Como quien salta a la hoguera y piensa que es piscina, y cuando se da cuenta ya es demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde; en esos casos, por lo menos, siempre lo es.

Y el peligro no se acaba, acecha. Y a pesar de todo la historia no ha podido desterrarlo, detrás de alguna esquina vuelven a asomar sus garras, su cola. Claro: toda la teoría democrática contemporánea es un descomunal esfuerzo por lograr el equilibro entre las dos cosas, el triunfo de las mayorías y el respeto por las minorías. La aceptación de la voluntad popular siempre y cuando no haya en ella un disparo suicida.

Lo cual está resultando cada vez más difícil, la verdad, porque esa manifestación voraz y demagógica del criterio mayoritario como el más válido y el mejor y el más certero y legítimo y el único que hay –casi como si fuera un desafío y una provocación–, esa manifestación tiene hoy un nuevo espacio para imponerse, el espacio de las llamadas ‘redes sociales’ y lo virtual: los likes, los ‘seguidores’, las ‘visitas’, el ‘tráfico’.

Son esos, entre otras cosas, los términos que se usan; son esos y hay más. Y con ellos se busca reivindicar el valor de lo que sea, desde un enfoque periodístico hasta un cantante sin voz y sin talento, desde una opinión hasta un infundio, a golpe de mostrar su éxito y su impacto desde el punto de vista cuantitativo. Como si la cantidad de gente que se ocupa de algo fuera, por sí sola, la prueba de sus méritos y su calidad.

Cuando muchas veces es al revés; no siempre, pero muchas veces sí lo es. Lo decía Adlai Stevenson cuando le prometían que los inteligentes iban a votar por él, entonces contestaba desconsolado: “No me sirve: yo necesito una mayoría”. Es lo que necesitan muchos hoy también, una mayoría: esa especie de monstruo caprichoso y voluble, huidizo, variable, inasible, arrogante, exigente, tiránico. Indeterminado, ahí está el problema.

“Pero tiene cuarenta millones de visitas”, me decía ayer un amigo cuando discutíamos sobre una maligna canción (a mí me lo parece, al menos) con la que él buscaba torturarme hasta que yo le viera todo lo bueno que tiene, nada. Así se lo dije luego de varias horas de padecimientos. Me dijo entonces eso, que tiene cuarenta millones de ‘visitas’.

Con razón, pensé, mientras mi amigo la ponía de nuevo.

catuloelperro@hotmail.com

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