Más tiranos

Más tiranos

La historia toda, sin duda, es una sucesión de gente enloquecida con y por el poder.

12 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Jacob Burckhardt, el magistral historiador suizo que escribió como nadie sobre el Renacimiento italiano, decía que en esa época la tiranía fue también un arte, igual que la pintura, la escultura o la poesía. Por eso, justo por eso, le gustaba tanto relatar y recordar las vidas desmesuradas, los excesos y delirios, los dichos de esos déspotas que gobernaban desde la locura sin que a sus pueblos pareciera molestarles. Al revés.

Uno de esos tiranos se llamaba Pandolfo Petrucci y gobernaba en Siena, cuenta Burckhardt, y tenía la feliz costumbre, cuando llegaba el verano, de subir con sus esclavos al monte Amiata y les hacía cortar gigantescas piedras y luego lanzarlas al vacío solo para ver si le caían a algún desdichado que estuviera pasando por allí. Era su siniestra demostración, y usurpación, de lo que es el destino. Entonces reía a carcajadas, sin parar.

Otro de esos tiranos, Ercole d’Este, hizo que toda la ciudad de Ferrara se vistiera de terciopelo negro el día en que murió su hermano, Borso, que así se llamaba. Pero no solo tenían que guardar luto los pobres ferrarenses, no. Además debían fingir que lloraban sin consuelo; lanzarse al piso dando alaridos de pesar cuando pasara a su lado algún delator, pues la orden era que el que no lo hiciera debía ser lanzado al foso de los leones.

Sí, ya lo sé: no solo el Renacimiento fue pródigo en casos así. La historia toda, sin duda, es una sucesión de gente enloquecida con y por el poder, desde Nerón hasta Silvio Berlusconi, digamos. Incluso hay quienes sostienen, no sin razón, que el poder es en sí mismo una forma incurable de locura. Codiciarlo, extrañarlo cuando se pierde, obsesionarse con él: he ahí los síntomas principales de ese mal tan antiguo como la especie humana.

Ese es, parece ser, ojalá que no, el destino de las democracias en nuestro tiempo: la tiranía de nuevo; la locura o la estupidez como programa de gobierno.

Y aunque por un momento, desde mediados del siglo XX, pareció que la política se había vuelto en general, con sus debidas excepciones, un oficio serio y predecible, institucional, acartonado, casi normal y técnico –eso es, se había vuelto una técnica–, asistimos ahora al resurgimiento de la tiranía en todo su esplendor y toda su fuerza, la tiranía tal como la concibe y describe Burckhardt en sus magníficos libros sobre el Renacimiento.

Claro: es muy distinto porque no estamos en el Renacimiento, ni hay arte como el que había entonces, ni existen hoy esos genios universales del siglo XV, en fin. Pero el cuadro clínico sí es un poco ese: el de una gente que está llegando al poder, cada vez más, o cada vez más cerca, en muchas partes a la vez, con el delirio por ideología, el delirio y el absurdo y la necedad y el desprecio manifiesto por los datos elementales de la realidad.

Y eso, que antes era aterrador o alarmante, al menos evidente, se está volviendo la norma, lo normal. Por eso las caudas políticas, sin importar el tinte ideológico de quien las lleve de cabestro hacia el abismo, su líder, el que sea, son cada vez más como sectas religiosas y enceguecidas a las que no les importa nada sino solo repetir su letanía y su relato: asumir que su visión del mundo, a cual más desquiciada, es la única que hay.

Ese es el otro rasgo de la tiranía: no siempre la fuerza, no siempre el despotismo pero sí la impudicia, la desvergüenza, prescindir de las formas y de la razón. Eso, mientras el pueblo aplaude y celebra; el pueblo que ahora es iglesia, grey, rebaño, procesión. Y un sutil giro de tuerca hace que el mundo quede bocabajo, y lo que antes parecía escandaloso, inaceptable, ridículo, se vuelve el curso natural de todas las cosas.

Ese es, parece ser, ojalá que no, el destino de las democracias en nuestro tiempo: la tiranía de nuevo; la locura o la estupidez como programa de gobierno.

Y tiran rocas desde lo alto. Oigan la risa.

catuloelperro@hotmail.com

Sal de la rutina

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