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Más bonita

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Entre otras, historia de un hombre ‘antivacunas’, cogido en la fila de vacunación por su esposa.

28 de julio 2021 , 08:00 p. m.

Lo que más nos gusta de los Juegos Olímpicos no es solo el deporte, que a veces parece ser lo de menos, sino la literatura: las historias que allí se escriben o se revelan y nos hacen llorar al mismo tiempo de alegría y de tristeza. El dolor de un pesista colombiano que pasó su vida en la miseria antes de bañarse de gloria; la leyenda de una ciclista austriaca a la que nadie conocía y que se ganó la medalla de oro.

En este último caso los detalles son enternecedores y épicos: Anna Kiesenhofer, una doctora en matemáticas y filosofía, llegó a Tokio casi por descarte, colándose apenas en el último tren. Tiene 30 años, una edad que ya a estas alturas de la vida, y en el ambiente precoz de los deportistas, parece la decrepitud. Y ganó con tanta holgura que la que llegó de segunda, una profesional, pensó que la ganadora había sido ella.

Pero de todas estas historias que tanto resuenan por estos días, la que más me conmovió es una que además no tiene nada que ver con los Juegos Olímpicos: me refiero a la de un pobre hombre en Brasil que en su casa se proclamaba fervoroso ‘antivacunas’, y por esa razón le prohibió a su mujer, en los términos más enfáticos, dejarse inocular con ningún ‘biológico’ contra el coronavirus.

Y hace unos días, lumbre de plaza y oscuridad de casa, el pobre brasileño decidió irse a vacunar, él sí, contra el covid, con tan mala suerte que lo hizo acompañado de su amante –se imagina uno los límites de su antivacunismo– y en la fila se encontró con su esposa, que por supuesto lo estaba engañando ella también, pues se iba a hacer inocular a escondidas. Un buen dilema ético: ¿quién era el traidor allí? ¿Quién le mintió a quién?

La respuesta a este dilema se resume en la paliza que la esposa engañada les dio a su marido infiel y a su amante, quienes sí pueden decir, con pleno conocimiento de causa, cuáles son los efectos colaterales de hacerse vacunar. Ahora: muy de malas también, hay que ser muy de malas en esta vida para que a uno le ocurra algo así. Lo increíble es que todo empezó porque la esposa infiel (a su manera) se iba a colar en la fila.

A un amigo muy querido de un tío, cuyo nombre omito para no causarle más problemas, le pasó hace años algo parecido pero muchísimo peor: se escapó a San Andrés con una novia que tenía, con tan mala fortuna que su legítima esposa veía siempre el programa Yo sé quién sabe lo que usted no sabe, del gran Alfonso Castellanos. Los que crecimos con ese docto programa ya estamos o deberíamos estar todos vacunados.

Pero el amigo de mi tío fue tan de malas que justo ese fin de semana en el que estaba en San Andrés escapado con su amante, también Alfonso Castellanos decidió grabar su programa allí. Lo hizo junto al mar, de bermudas y con su célebre corbatín. Un mes después, cuando se emitió ese capítulo, la esposa del amigo de mi tío no podía creer lo que veían sus ojos: su marido al fondo, caminando por la playa de la mano con otra mujer.

“No es lo que tú piensas”, debió de decirle él, es lo que siempre se dice, en vano, en esos casos. Pero nada como la historia de Alfredo Bryce Echenique, el gran escritor peruano, cuyo padre era banquero y también tenía, como se decía en la Lima de aquella época, ‘una querida’. Su mujer lo descubrió un día y lo confrontó; él le dijo: “Esta bien, la dejo. Pero en mi gremio tener querida es obligatorio. Mañana me sacan del banco...”.

Ante lo cual, por supuesto, la señora Echenique cambió de actitud y aceptó sin problema el argumento de su marido. Es más: alguna vez estaban los dos de vacaciones en una playa y se encontraron con un colega de él que iba no con su esposa sino con su amante. Los saludaron, se abrazaron.

Después la señora Echenique le dijo a su marido: “La nuestra es más bonita”.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

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