Manos atrás

Manos atrás

Creer que la salvación está en quien nos gobierna, como si allí hubiera magia, es una idiotez.

16 de octubre 2019 , 07:01 p.m.

El historiador francés Marc Bloch, que era judío y brillante y que murió fusilado por los nazis en 1944, escribió un libro muy famoso que se llama Los reyes taumaturgos, un verdadero clásico sobre la costumbre que había en la Edad Media de atribuirles a los reyes poderes curativos, la capacidad de sanar imponiendo las manos. Era como si una vez al año se diera ese milagro colectivo; el monarca representaba la salud, la salvación.

Entonces el pueblo enfermo y adolorido, devorado por toda clase de plagas, que en esa época no eran pocas, desfilaba delante de su rey, quien oficiaba el ritual sagrado de imponerles las manos a los leprosos y a los apestados, a las víctimas de la escrófula, el escorbuto, la viruela, el fuego de San Antonio, el mal de San Vito, el tifo, el priapismo, el carbunco, la erisipela, la rabia, la soberbia y en ocasiones extremas el amor, que era incurable.

El estudio de Bloch es en realidad un ensayo magistral de historia y antropología que, con el pretexto de las supersticiones medievales en Francia y en Inglaterra, sobre todo allí, se ocupa también de un fenómeno antiquísimo y al parecer eterno de la especie humana: el del poder como un acto de fe; el del embrujo y la maravilla, y la inconsciencia, que produce en los pueblos la figura de quien los gobierna y los manda.

Otro autor que a mí me fascina, Manuel García Pelayo, mucho menos célebre que Marc Bloch, también escribió algunos libros fundamentales y hermosos sobre el mito del poder y sobre los rituales y los símbolos que lo definen, aún hoy. Porque no se trata de un pasado superado y cumplido, para nada, y es más bien como si reviviera con cada nueva escena del mismo relato ancestral: la misma historia siempre, no importa cuándo.

El fervor político de muchos –muchísimos, demasiados, todos– es el del pensamiento mítico y religioso: la alienación por un partido, un líder, una ideología

También Napoleón Bonaparte, como si fuera un ‘rey taumaturgo’ del Medioevo, imponía manos, y sus seguidores estaban convencidos de que así se curaban de toda suerte de males y desgracias; no era cierto, claro que no, pero a nadie allí le importaba: la fe en el Emperador era más grande que la realidad; la fe de un súbdito no conoce dudas ni vacilaciones, su adhesión al señor lo vuelve el militante de una iglesia. Eso es, una religión.

Una amiga muy querida me regaló hace un tiempo largo un libro aterrador y aleccionador a la vez (cuántos adjetivos, qué horror). Se trata de una recopilación de las cartas que durante años el pueblo alemán le enviaba a Adolfo Hitler, de hecho el libro se llama así: Cartas a Hitler. Y hay en él de todo, por supuesto: postales, peticiones, reclamos, elogios, delirios, panegíricos, poemas, son lo peor, los poemas.

Pero en ese libro hay sobre todo mucha fe: la de quienes le escriben a su caudillo porque creen en él; lo adoran. Y no es que estén engañados, no. No es que haya habido un intento doloso de unas mentes superiores y perversas por “engañar al pueblo”, como tantas veces se dice. No, no. Esa gente quiere creer eso, así piensa, así siente. ¿Es gente que quiere estar engañada? Quizás, pero no con ingenuidad ni inocencia.

Y vuelvo a decirlo como una pura reflexión en voz alta: eso no ha cambiado ni cambiará, el fervor político de muchos –muchísimos, demasiados, todos– es el del pensamiento mítico y religioso: la alienación por un partido, un líder, una ideología. Y en nuestro tiempo, además, sin la grandeza ritual y estética del pasado; una fe sin belleza, sin misterio. Pero el hábito prehistórico sigue allí: la imposición de las manos, el mito del poder.

Creer que la salvación y la cura están en quien nos gobierna, como si allí hubiera magia, quienquiera que sea, es una idiotez. Inevitable, sí, pero lo es.

Aunque la idea no es que cualquiera nos ponga la mano, tampoco. La idea no es quedar peor.

catuloelperro@hotmail.com

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